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Trabajos premiados en el concurso
convocado por ei ''Centro
de Instrucción"
Obra publicada á expensas
de! H. Concejo Provin-
cial de Arequipa.
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AREQUIPA
TIP. DÍAZ.— SAX FRANCISCO 22
1909
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'Causas pop las cuales, Arequipa, hacia
fines del siglo dieciocho y principios
del diecinueve, produjo, su coni-
plejidad de condiciones, tantos
hombres ilustres-'*'
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Vsí? ^^)? 'S^v'^^^'W^ í^"^.s^mí?U '^(T :3%MT^ 'df^'^m
La sociología, ciencia nueva, no bien
sintetizada todavía, pero cjue habrá de
ser fecunda, ha llegado hasta nosotros.
Nuestros jóvenes, hijos de su siglo,
nutridos con la savia de los ideales
inodernos, han hecho un ensavo de
estudio sociológico, indagando las causas
del florecimiento de nuestra sociedad en
una época de evolución. — A nuestro juicio,
han salido airosos en el ensayo. Leed
este folleto, y encontraréis en él, trabajo
mental substancioso, serio, propio de
inteligencias cultivadas con método.
Provocóse ]3or el Centro de Instruc-
ción un certamen informativo (Permítase-
nos reemplazar con estas dos palabras cas-
tellanas la de etiquete usada para el
objeto) con el tema siguiente: "Causas
por las cuales Arecjviipa á fines del siglo
XYIII 3^ principios del XIX produjo, en
lY
complejidad de condiciones, tantOvS hombres
ilustres." — Como se ve, había en el tema
propuesto marcada tendencia sociológica.
No se perseguía un fin únicamente histórico:
se trataba de inquirir un fenómeno social.
La labor era harto compleja: precisaba,
mediante datos históricos, rehacer una
época 3^ analizar las causas étnicas y las
condiciones morales, intelectuales y físicas
del medio para inducir metódicamente la
conclusión. El motivo del certamen,
entrañaba, pues, una cuestión sociológica
de no escasa importancia.
En nuestro concepto, el tema no esta-
ba del todo bien planteado: había en él una
afirmación que carecía de base científica.
En efecto, no se ha demostrado — por más
que sea una presunción aceptada general-
mente— que, en aquella época, hubiese un
notable florecimiento de hombres ilustres.
Pero, ya que así se ha propuesto la
información, no hemos de insistir en
comentarla, limitándonos á declarar que,
para nuestra opinión, en varios de los
trabajos presentados, principalmente en los
cuatro qne obtuvieron el premio, que son los
que en este folleto se publican, se ha
estudiado, conforme á su índole científica,
el tema del certamen.
No creíamos — debemos decirlo con
franqueza — que en nuestra juventud
hubiese ya surgido el verdadero concepto
del estudio; pero el certamen de que nos
venimos ocupando es una revelación
satisfactoria. Hay en este folleto valioso
acopio de datos históricos, conocimentos
poco comunes de ciencias filosóficas y
sociales, criterio metódico 3^ sereno, salvo
algún prejuicio que no nos detendremos
á detallar, y mejor que todo esto,
apreciación propia, es decir, aplicación
inductiva de los conocimientos adquiridos
al estudio de un hecho social. En cuanto
á la forma, es, por lo general, adecuada
al objeto. Se ha empleado un estilo sobrio,
no ageno á la lógica, encontrándose frases
nutridas y correctas, que más parecen
propias de escritor avezado que de jóvenes
principiantes.
No es nuestro propósito hacer un
estudio crítico de este folleto: quédese
esa labor para c[uien tenga más sólidos
conocimientos en la materia y mejor
disposición para la crítica. El que estas
líneas escribe, si gusta de la apreciación
franca, no se aviene con los dogmatis-
mos rigoristas que entrañan siempre pre-
juicios.
Hecha la anterior salvedad, hemos de
dejar constancia de que ha sido muy grata
la impresión que nos ha dejado el certamen.
— También aquí, en nuestro medio incipiente,
ha3' 3^a inteligencias jóvenes que trabajan
3^ que han revelado que las ideas
YI
adquiridas no deben ser sólo un lujo mental,
sino que deben utilizarse, como provechosa
energía, para la propia observación en
la sociedad en que se vive. Este es el
verdadero concepto del estudio, y en tal
sentido deben tomarlo los que á él dedican
su existencia.
Altamente meritorio es dedicarse a los
trabajos mentales en un medio como el
nuestro. Hay aquí carencia casi absoluta
de datos y de elementos; no tenemos
maestros, si se atiende á la verdadera
acepción del vocablo, porc[ue no es el maes-
tro aquel que da una lección más ó menos
deficiente, sino el c[ue sabe fortalecer la
inteligencia, enseñando á discurrir con
método; nuestra herencia científica es harto
pobre y desordenada, y, en nuestro país
embrionario, no pueden esperarse tampoco
muchos estímulos. Además, nuestra educa-
ción, falsificada en el fondo y en la forma, no
prepara la inteligencia. Sabido es cjue
aquí, desde el hogar hasta la Universidad,
hay empeño en form^jr al hombre para
que brille, no para que trabaje. Se
necesitaría una pluma dura, hiriente 3^
sin convencionalismos para hacer el análisis
de nuestro concepto educativo. — No es
esta la ocasión de tratar este problema,
C[ue tan hondos reflejos tiene en todas
las manifestaciones de la vida social y
que es, seguramente, la causa que trae
YII
á nuestro x3ueblo vacilante 3^ desorien-
tado.
Urj algo más que debe anotarse
como dato sociológico en el certamen cj[ue
ha dado origen á este folleto: un principio
de evolución en la juventud estudiosa.
Hasta hace poco tiempo — fruto de nuestras
aberraciones pedagógicas — creíase aquí
que el estudio tenía por objeto esencial
conquistar la fama de ilustración y de
talento. La ciencia y el arte consistían en
aprender, no siquiera en asimilar, unas
cuantas ideas, frases más bien dicho, sobre
todo género de conocimientos y en el más
abigarrado desorden. Con el título de doc-
tor, se otorgaba la patente de suficiencia;
con un discurso de frases hechas, un
artículo injurioso en el diario ó un verso sin
poesía, estaba hecha la reputación de
talento. Nuestro medio, imaginativo, casi
infantil, se holgaba en gran manera con
su inmensa falange de letrados 3^ de
intelectuales, cre^^endo, con la buena fé más
candorosa, que estábamos en el país
privilegiado del talento. No hemos de
negar nosotros que lo ha^-^a, que la materia
prima sea buena; pero la falsificación del
concepto de intelectualidad, produjo en nues-
tras sociedades una derivación vanidosa j
pueril al principio y altamente nociva
después. Precisa, estimular la reacción
contra la mentira convencional. Basta va
Yin
de imposturas: el talento que no produce,
no es talento.
Hemos afirmado que había un princi-
pio de evolución intelectual favorable en la
juventud. Los estudios insertos en este
folleto y algunos masque hemos visto publi-
cados, comprueban nuestra afirmación. Se
advierte ya que empezamos á reflexionar
en serio, que se estudia y se asimila,
que, si no nos hemos curado del hipo de
notoriedad, como diría un ilustre esta-
dista contemporáneo, al menos, la pro-
ducción intelectual se ha hecho más pro-
vechosa y más fecunda y el medio, an-
tes tan dócil, se muestra hoy inás des-
confiado y exigente. Esto no quiere de-
cir que hayamos avanzado mucho: esta-
mos todavía muy al principio. Hace fal-
ta perseverancia, mucha perseverancia j
algo también de abnegación. La vida
mental es vida de sacrificio, no de hol-
gura.
Permítasenos todavía una aprecia-
ción desagradable: encontramos contra-
producente y muy digno de censura el
hecho de que, en los comienzos de una
evolución c[ue podríamos llamar sensata,
se abuse tanto de la palabra intelectual.
No debemos usar el título antes de me-
recerlo. La intelectualidad no es tina pa-
labra: debe ser un hecho de fácil compro-
bación. Algo más: la verdadera intelec-
IX
tualidad, propia de los pueblos viejos 3^
altamente civilizados, sólo puede apare-
cer excepcionalmente entre nosotros. Es
peligroso, pues, que nuestra imaginación,
propensa siempre á alucinaciones enfermi-
zas, tome por su cuenta esta nueva orien-
tación de la juventud, como 1103^ se esti-
la decir. No debemos olvidar que el sen-
tido común es la base sobre la que des-
cansa toda intelectualidad seria, que es
como el lastre que sostiene el equilibrio
del navio; y el sentido común — doloroso
es decirlo — ^no está completamente forma-
do entre nosotros. La demostración la
tenemos á diario en nuestras intransigen-
cias religiosas y políticas y hasta en el
desorden 3^ en los apasionamientos pue-
riles de nuestro modo de ser privado.
Nuestro pueblo no está, pues, regido to-
davía por el gran regulador de las socie-
dades: el sentido común.
•íf
Para el que escribe estas líneas ha
sido un honor presentar al público este
folleto, que si hoy vale ya mucho, está
llamado á ser provechosa fuente de infor-
mación en el porvenir. Escrito por jóve-
nes muy jóvenes, revela, sin embargo, in-
teligencias levantadas y conceptos moder-
nos sólidamente adquiridos, 3^ tiene, por
su índole y por el objeto que estudia,
grata significación para el observador de-
sapasionado.
*
Al terminar estas apreciaciones, nos
hacemos esta pregunta: ¿Dará motivo
el certamen de que nos hemos ocupado
para creer que la nueva generación ha va-
riado de rumbos definitivamente j que
podemos esperar de ella reflexión, traba-
jo y energía mental? — Cualquier respuesta
sería prematura. La evolución, si la hay,
debe producir fruto; y, por lo tanto, só-
lo se comprobará con el mejoramiento
de nuestra sociedad del porvenir.
No obstante, debemos dejar cons-
tancia de que es honroso que los jóvenes
estudien y analicen nuestro medio, aquí
donde los hombres tan poco trabajo han
hecho en ese sentido.
Arequipa, Noviembre de 1908.
J. M. Polar,
g^lbürlo Saltóji ^atíáa
(Trabajo que obtuvo el primer
premio)
Discurso preliminar
LEÍDO EN LA REPARTICIÓN DE PREMIOS
La verdad de los tiempos que fueron
llega hasta nosotros en los rayos de luz
de la tradición y la historia. El presente
por excepcional que sea, no aparece en la
vida de los pueblos de modo repentino:
es la evolución del pasado la sensación de
los que somos 3' la preparación de las
que vendrán.
Conocer, pues, la tierra en que vimos
el primer día de sol, es no sólo derramar
nuestra imaginación ardiente sobre el
panorama hermoso que nos rodea, con-
templar nuestras montañas gigantes 3^
orgullosas de ceñir diademas formadas
con copos de blanca nieve: embelesarnos
en ese cielo limpio y azul que semeja un
santuario inmaculado donde retoza la luz
en íntimo consorcio con el perfume de las
flores; deleitarnos con la exuberancia del
prado, que la soplo de la brisa ondule
rítmicamente 3^ revienta en espuma de
azahares que se transforman luego en
abundante y sabrosos frutos; descubrir
los encantos de este nido suave don-
de se actirrucan la ternura y el arrojo; y
admirar las glorias contemporáneas y los
triunfos de la inteligencia y el corazón;
es no solo todo esto sino, también remon-
tarnos, siguiendo, paso á paso, cada una
de los etapas de nuestra existencia de
aj^er.
Por eso los que aman la tierruca,
para conocerla honda, muy hondamente
estudian la tradición, devoran anhelantes
las páginas de la historia, gozan con las
goces pasados, sufren con los pasados
sufrimientos y veneran las reliquias viejas
que son timbre de honor de las almas
jóvenes.
Las reglas de conducta de los pue-
blos de hoy están encerradas en el cofre
C|ue guarda la vida de las generaciones que
nos precedieron.
Después de estudiarla así, ¿Cómo no
amar esta tierra, que parece la cuna de la
gloria?... Ella se recuesta dúlcemete en las
faldas del coloso, que la arrulla con sus
mugidos 3^ la mece con sus sacudimientos
titánicos Ella, seductora siempre, en un
principio fué la Villa-hermosa; 3' después,
como defendía con heroísmo la causa del
— 3 —
Rey, mientras estuvo bajo su égida protec-
tora, se llamó Muy noble j muy leal.
Porteriormente, cuando el Cuzco dio el
grito de independencia; en aras de uno
de los ideales más sublimes la libertad,
sacrificó al pedazo más tierno de su corazón,
el mártir de Humachiri.., Desde entonces
Arequipa llora con los yaravíes y protesta
enérgicamente con los himnos triunfales de
de Bonifaz.
Sus hombres, dispuestos siempres á
defender la ley, no se sabe si admiraron
más con el poder de su vasta inteligencia,
ó con el empuje de su esforzado brazo.
Esta Heroica Ciudad de los Libres es
un relicario en donde la patria ha deposi-
tado, para estímulo de sus hijos, dos
enseñas gloriosas, y en donde la naturaleza
ha hecho derroche de sus tesoros más
preciados: el valor y el talento.
Conocer á Arequipa es amarla y
leer su historia enorgullecerse: es Ella hija
legítima de la Nación Peruana, grande
y heroica en el infortunio, generosa 3^
noble en la victoria: Grau y Bolognesi se
formaron, sin duda, en el mismo molde
donde se vació el alma de nuestro pueblo!
Para conmerorar el dia en que la
libertad recibió el óleo de nuestra sangre;
ese dia que tuvo efervescencias de combate
y halagos de esperanza; esa fecha me-
morable, en que se hundió el despotismo,
--4 —
levantándose sobre sus ruinas el augusto
templo del derecho; ese momento sublime,
en que se apagaron los ecos lúgubres de la
esclavitud, al vibrar las notas arrancadas
al corazón libre y patriota; se han
organizado fiestas en las que palpitan
el entusiasmo de la lucha y la veneración
de los que heredamos las conquistas de
Junín y de Ayacucho: en cada peruano
coexisten gratitud para los de a3^er y
confianza en los de mañana!
Marchamos ele frente al porvenir, al
amparo de la justicia, guiados por el
ideal de la grandeza, y resueltos á adquirir-
la, si no por la fuerza da las metrallas, por
el trabajo del músculo y la pujanza lumi-
nosa del cerebr.o Así lo ha con prendido
un núcleo de nuestra juventud, y ha
promovido un torneo intelectual, que es la
mejor ofrenda que puede depositarse en
los altares de esta Patria que en dias de
amargura vertió dos lágrimas que son la
cristalización de sus sacrificios y nobleza,
3^ que se conservan intactas, libres de
influencia extraña allá en el Sur, en la
tumba de ese anciano de alma gigan-
te que quemó hasta ^'e7 último carta
c/20".
TJna contestacioD
Para resolver F enquéte, generalmente
se ha buscado un factor de naturaleza
desconocida, que, en época determinada,
produio gran numero de talentos notables,
j que después desapareció, quizá para
siempre....,
Se k lia buscado, con empeño ha-
ciendo concurrir todas las energías para
sorprenderlo y divulgarlo; pero todo ha
sido inútil, no se le ha podido hallar,
porque no existe.
Reducido á la nada ese ente misterio-
so, 3^ desaparecido el natural prejuicio que en
pos de sí arrastrara, no es imposible aven-
turarse en la resolución del problema, que
es, en último análisis, una ley étnica, natu-
ral y lógica.
Propuesta la cuestión en estos tér-
minos: ¿porqué causas, produjo Arequipa,
desde fines del siglo XYIII hasta mediados
_ 6 -
del XIX, hombres ilustres y numerosos?
contestamos sintetizando en cuanto nos sea
posible la respuesta: entre otras muchas,
por dos principales: una fundamental y
decisiva, el cruzamiento de razas; y otra
ocasional, la instrucción puesta en auge
desde 1788.
Descomponiendo la segunda parte del
problema, del modo siguiente: ¿fueron
verdaderamante ilustres los hombres de
esa época? ¿Cual es la razón por la que
ahora no los hay? Decimos: sí lo fueron,
y su celebridad es el merecido premio otor-
gado por la posteridad al verdadero ta-
lento; y la falta de éste en los actuales
tiempos, es más aparente que real; si bien
es cierto que vSe observa un tentie debili-
tamiento, debido, entre otras causas, á las
convulsiones sociales y á las estrecheces
del medio.
Para llegar á estas conclusiones, es ne-
cesario: primero, estudiar la raza y descu-
brir las leyes que la rigen; segundo, ave-
riguar si es susceptible de mejoramiento,
y el modo y forma de realizarlo; tercero,
hacer la aplicación de los principios sen-
tados, deduciendo que el cruzamiento ha
sido la causa creadora de nuestra intelec-
tualidad; cuarto, que la intrucción contri-
buyó á su desarrollo y le dio ocasión para
brillar; quinto, evidenciar la celebridad de
nuestros hombres; y sexto, manifestar las
- 7 -
causas por las que ahora parece concluida
nuestra edad de oro intelectual.
Empecemos.
Todos los seres dotados de vida cum-
plen fatalmente las leyes de la naturaleza:
nacen, se desarrollan y desaparecen, hun-
diéndose en el ocaso grandioso de lo des-
conocido. Todos ellos, mientras existen,
pasan por tres etapas: la infancia, con
sus travesuras y alegrias, la juventud,
con sus ilusiones y esperanzas, con su vi-
gor y fecundidad; y la edad senil, con
sus reflexiones tristes y su agotamiento
creciente.
La raza, conjunto de seres organi-
zados, procedentes del mismo origen, cuan-
do constituye Estado, forma un solo
cuerpo moral, que tiene un alma única
y grande, en la que depositan los indivi-
duos todos sus ideales y en la que ca-
da uno moldea sus aspiraciones, senti-
mientos, hábitos y carácter. Esa alma
grande y única es la resultante en el concur-
so de hombres que persiguen un solo fin; y,
á la vez, causa de sus orientaciones, por-
que ella los impulsa, los informa y les im-
prime nuevos rumbos en el extenso campo
de la vida. Veamos cómo.
En la formación de los pueblos, el con-
— 8 —
tingente del carácter individual, las creencias
religiosas, que dependen de éste, lo mismo que
las costumbres y las instituciones sociales,
se reúnen, se confunden y dan como expo
nente el carácter nacional; pero, en un pueblo
ya constituido, se observa un procesó con-
trario, que tiene como punto de partida
éste carácter, que imprime su sello en las
instituciones, en las costumbres, en las
creencias y, por último, como se lia dicho
en el carácter del individuo.
Perfilada el alma nacional decide de
todos los destinos, es la corriente incon-
trastable que arrastra todas las opinio-
nes. Por esto, las que no están confor-
mes con ella, cuando quieren luchar, más
tardan en su intento que en ser venci-
das.
Las opiniones individuales, conside-
radas aisladamente, son como gotas in-
significantes que se pierden en el inmen-
so mar de la opinión pública. EvSta co-
hesiona y unifica los elementos indepen-
dientes y constitutivos del pueblo; ele-
mentos que se dividen el trabajo para
atender á las crecientes y complejas ne-
cesidades del progreso.
Y, así como los organismos adquie-
ren 3^ pierden moléculas, el Estado, ó la
raza que lo forma, adquiere j pierde in-
dividuos; 3^ se renueva, se desenvuelve 3'
se agita, 3^ esta agitación constante, 3'
— 9 -
este torbellino de actividad es lo que
constitii3^e su vida.
Pero, á través de esta mudanza in-
difinida, constante 3^ armónica, perdura
un principio que es la base de la estabi-
lidad, unidad é identidad; y ese principio,
es el alma del pueblo. Si la esencia de
los organismos consiste en la reunión ín-
tima y natural de entes informados por
una sola fuerza de vida, la raza, que se
compone de hombres enlazados por vín-
culos estreclios y múltiples, y que obede-
cen á un solo espíritu, es, pues, un or-
ganismo perfecto, sujeto á las le^^es de
nacimiento, desarrollo y declinación.
II
La historia de la humanidad nos
presenta, en cada una de sus páginas, la
sucesión de pueblos que desaparecen des-
pués de haber llegado á su mayor apo-
geo.
Las razas, abandonadas á sus pro-
pias fuerzas, se desarrollan, cumplen su
misión y ceden el campo á nuevos orga-
nismos, pictóricos de vida, que á su vez
mueren después de enaltecerse, dejando
en sus despojos, gérmenes de otra raza
que se levanta para morir también. En
esta cadena inarrancable de la existen-
cia, cada raza es un eslabón necesario
— 10 —
para llegar al fin. Los pueblos que no
avanzan en el progreso sirven de unión
á los que alcanzan mayor prestigio.
Los retrocesos son la acumulación de
nuevos alientos y energías que sirven pa-
ra dar vigoroso empuje en el camino
largo del perfeccionamiento; y la reacción
es condición necesaria en el adelanto de
la humanidad. Así se cumple la le3^ uni-
versal; pero, dentro de ella, caben inmen-
sas y múltiples modificaciones que obe-
decen á la inteligencia del hombre, la
cual las crea arrancando secretos á la
vida, aprovechando de las fuerzas natu-
rales, de los elementos que la rodean 3-
de todo un cúmulo de circunstancias, que
hábilmente combinadas, producen efectos
sorprendentes.
Si nos detenemos á contemplar que
la ciencia modifica los seres inferiores,
mejora sus condiciones, alarga su vida y
los hace rendir frutos superiores á los
que libre y espontáneamente producían;
no podremos dejar de admirar cuanto
puede el pensamiento, que todo lo abar-
ca y lo comprende. Este poder de la
inteligencia humana, no se ha detenido
en el mejoramiento de seres faltos de ra-
zón, sino que se preocupa también de
las razas superiores. Hizo sus primeros
ensayos desgajando las yemas de un ve-
getal para unirlas á otro que debía co-
— 11 —
mullicarles nueva savia, 3' así obtuvo re-
sultados provechosos. Después, querien-
do vigorizar las bestias que le eran úti-
les, mezcló la sangre de las unas con la
de otras de mayor pujanza y de mejores
cualidades, 3^ alcanzó por este medio el
fin que apetecía. Y hoA^ que hemos
avanzado un paso más en el laberinto
de la civilización, ¿qué es la inmigración
fomentada por los gobiernos, sino el me-
joramiento de la raza humana por la
inoculación de nueva sangre?
El pueblo es un gran árbol, dotado
de aptitudes para crecer, j desarrollar-
se; llegada la primavera, se reviste de
encantos, de flores, de promesas, que
más tarde se transforman en dulces rea-
lidades, en sabrosos frutos, que sacan el
sabor de la tierra en que se alimentan.
Esta se llama entre los hombres el me-
dio ambiente. La naturaleza, siempre
joven \^ vigorosa, deja en libertad á to-
dos los seres, j éstos se envejecen y se
gastan; haj^, pues, necesidad de ayudar-
los 3^ renovar su sangre, lánguida unas
veces, inficionada otras, cuando nó con
las enfermedades del vicio, con las debi-
lidades naturales de la vejez.
Para dar nuevos impulsos de vida,
deben buscarse otros pueblos, otras ra-
^as, robustas y sanas, para fundirlas en
moldes viejos: así se renueva una exis-
_ 12 ^
tencía que estaba próxima á desaparecer.
La renovación es el gran secreto de la
vida. Maupas dice: ^'al cabo de un
gran número de generaciones, se hace ne-
cesario un rejuvenecimiento; y, si no lo
hay, viene fatalmente la degeneración".
Pero esta fusión de las razas, ¿tiene
sólo importancia fisiológica ó también psi-
cológica? Basta estudiar el proceso de la ge-
neración para dar uua respuesta satis-
factoria. Partiendo ele los seres ínfimos,
encontramos Cjue éstos se reproducen por
división, de un modo idéntico, y siendo
unos, la continuación de los otros. Weis-
man cree que en la naturaleza, los pro-
tozoarios ó unicelulares son los únicos
seres inmortales. Su generación se efec-
túa así: crece uno de ellos y se divide en
dos ó más organismos, todos exactamente
iguales al primero de que proceden.
En los organismos perfectos el pro-
ceso es diferente. Concurren los dos sexos,
y cada uno de ellos trasmite al ser ge-
nerado sus cualidades orgánicas. Por
eso el descendiente es de la misma espe-
cie que sus generadores j tiene con ellos
muchas semejanzas, perceptibles á la sim-
ple vista.
Las notables desemejanzas que
también se observan entre padres é
hijos, tienen su explicación clara y racio-
nal. Los seres superiores poseen dos cía-
— 13 —
ses de células: germinativas 3' somáticas.
Las primeras vSon la continuación del
protozoario, que se reproduce sin variar,
sin sufrir modi^cacióu alguna: son la ba-
se fundamental de la herencia y de la
especie; son la especie misma, cristaliza-
da en su ser infinitamente pequeño. Las
segundas, varían, permanecen idénticas
en igualdad de circunstancias, se multi-
plican, mueren 3^ se suceden indefinida-
mente, durante la vida del individuo ó
de la raza, siendo la causa de algunas
semejanzas 3' de la diversidad de cuali-
dades que diariamente se ven.
La herencia es un hecho innegable,
3^ ''se produce porque un tejido de cons-
titución molecular determinado, se tras-
mite de una generación a otra". Las es-
pecies se conservan por la herencia, 3" las
razas, simples variaciones de la especie,
que se modifica profundamente, debibo á
la influencia de varias causas, se conser-
van también por ella, por la herencia.
Esta, seg*un Ribot, ^'es la le3^ biológica
en virtud de la cual todos los seres do-
tados de vida, tienden á reproducirse en
sus descendientes". La escencia de la vi-
da, la constitución orgánica, la forma
de la materia, los sentidos, las faculta
des generatrices; en una palabra, todo lo
que el hombre es, como materia viva, lo
trasmite por herencia.
- 14 —
Las percepciones, que son hechos
mixtos, fisiológico-mentales, se trasmiten
también, porque el principio vital es uno
é indivisible. No hay un principio que
anime á la materia y otro al espíritu.
Los órganos son indispensables para que
el alma viva y progrese en el mundo.
Broca y otros antropólogos han
observado que la inteligencia de las ra-
zas está en razón directa del volumen, ó
número de circunvoluciones cerebrales.
Las razas caucásicas tienen cerebros más
voluminosos, que las negras, africana y
australiana, inferiores en inteligencia. Se
ha observado también que el cerebro au-
menta con los progresos de la civiliza-
ción, y que esos aumentos se acumulan
debido á la herencia. En diferentes ex-
cavaciones hechas en los cementerios de
Francia, se ha visto que los cráneos pa-
risienses aumentaron de volumen última-
mente: en el siglo XII, en la Edad Me-
dia, sólo alcanzaban á 1,409 cm.3 por
término medio,^ y en el siglo pasado á
1558 cm.3
De todo lo anteriormente dicho se
deduce, que las facultades intelectuales-
dependientes de la constitución orgánica,
son trasmisibles, en cuanto los órganos-
necesarios para la actividad de ellas, lo-
han sido también.
Notemos, además, que, así como el
- 15 -
principio de vida es uno en todos los se-
res, y sin embargo parece en unos más
vigoroso 3^ más lánguido en otros, y
que se acorta ó prolonga, según la cons-
titución del organismo con el cual ac-
túa, y las innumerables circunstancias
que influyen en el ser vivo; así la inte-
ligencia es también una, y se desarrolla
desde la vulgaridad hasta el genio, se-
gún la conformación del cerebro y la
disposición y calidad de las neuronas.
Se desprende que las razas inteligentes,
de configuración orgánica indispensable-
mente buena, al cruzarse, tienen una des-
cendencia que, en igualdad de circunstan-
cias, posee el mismo talento, por haber
heredado el mismo cerebro.
Dejando establecido que el cruza-
miento puede mejorar la intelectualidad
de la raza, es necesario averiguar las
condiciones que se requieren.
Todo pueblo tiene su fisonomía pro-
pia y bien perfilada, y su inteligencia
más ó menos desarrallada. Al cruzarse,
cada uno de los genitores, en virtud de
la herencia, trata de reproducirse en la
generación. Se provoca entonces una
verdadera lucha de fuerzas biológicas, en
la que sucumbe la más débil El descen-
diente nace en este caso, con las cuali-
dades del más poderoso de sus genera-
dores; advirtiéndose que nó siempre los
— 16 —
seres más inteligentes son los más fuer-
tes, y que más bien se ha observado
que la unión completamente desigual de
talentos, produce descendencia de muy li-
mitados alcances.
Sucede también c[ue, al borrarse
determinadas cualidades, dejan huellas
más ó menos notables en el carác-
ter y modalidad del ser engendrado;
j, en algunas otras ocasiones,^ las ener-
gías ele las herencias, que bregan por do-
minar y tomar posesión absoluta del
producto, se confunden, dando lugar á
una individualidad mixta, que parti-
cipa de cualidades enteramente distin-
tas, y á veces superiores, diversas y con-
tradictorias.
A esto hay que agregar un sin
número de causas modificadoras, in-
ternas y externas. Las primeras mo-
tivan los cambios espontáneos del orga-
nismo, tales como la evolución, causante
de variaciones fisiológicas y psicológicas,
que la herencia fija en la raza; la cons-
titución íntima del ser, tanto moral co-
mo físicamente considerado; las tenden-
cias innatas y el carácter congénito. Las
segundas son las cpie, partiendo del mun-
do exterior, obran poderosamente sobre
la raza, C[ue, lo mismo que el individuo,
adquiere ó pierde genialidades ntiles ó
perjudiciales, según la adaptabilidad del
^ 17 -
medio. Pertenecen á esta clase: la ac-
ción orográfica, pues se ha observado
c|tie, cuando el suelo abunda en bocio, ó
forma grandes centros cretinógenos, influ-
ye favorablemente en el desarrollo de la
inteligencia, según opinión de Lombroso;
el clima, que, cuando es niuj frío, pare-
ce abatir el espíritu, 3^ que lo laxa y de-
bilita cuando es muy ardiente; las leyes,
pauta de la conducta humana; las insti-
tuciones, manifestación del grado de svi
cultura; la religión, sentimientos y pre-
juicios; la educación, maestra del carác-
ter; el carácter mismo adquirido; las cos-
tumbres, la tradición; en fin, todos los
elementos constitutivos del medio.
El fruto de dos razas que se mezclan
está, pues, sometido á la acción de variados
agentes, que lo modifican hondamente.
Con todo, al fusionarse dos razas supe-
riores 3^ afines, de cualidades que se com-
plementen, dan como resultado una raza
notable; j, dentro de ella, espíritus se-
lectos, de inteligencia muchas veces supe-
rior á la de las razas madres.
En todos los pueblos cultos origina-
dos por el cruzamiento, nacen ]3ersonalida-
des intelectuales. Asi Galton ha observado
que en Inglaterra, á dos millones de hom-
bres, ma^^ores de cincuenta anos, correspon-
den mil trescientos cincuenta ilustres j emi-
nentes. Lombroso sostiene que uno de
— 18 —
los factores más importantes en el desa-
rrollo de los pueblos, es la acción étni-
ca, ó cruzamiento recíproco de razas, cu-
3^os productos son, en este caso, "revo-
lucionarios y progresivos. Los jónicos,
dice, nos dan una prueba de ello. Si
fueron revolucionarios y produjeron gran-
des genios (en Atenas), fué por haberse
mezclado precozmente con los lidios y los
persas en las colonias del Asia Menor 3^ en
las islas, sufriendo de este modo, lo do-
ble acción del cruce de razas y del cli-
ma".
El cruzamiento ha sido, también,
la causa de que la Polonia alcanzase in-
telectualidad y cultura superiores á las
de sus procreadores, los eslavos, que per-
manecían bárbaros todavía; j los alema-
nes, que, á pesar de haber sido los que
dieron los gérmenes de civilización, se ha-
llaban atrasados.
Waitz, Martin de Moussj^ 3^ otros
muchos científicos, han coleccionado mul-
titud de hechos, c[ue prueban hasta la
evidencia la importancia del cruzamien-
to de razas; y, procediendo por induc-
ción, han tratado de establecer reglas
generales. Cada pueblo originado por
la fusión de sangres, es la demostra-
ción viva de esta ley: el cruzamiento
de razas, efectuado en condiciones favora-
bles, es la causa principal de la inte-
— 19 —
ligencia en general j de la superioridad
intelectual de algunos de los individuos
pertenecientes al producto.
Tomeinos al azar algunos he-
chos. En 1789, nueve marineros ingleses
se amotinaron, y abandonando á su jefe,
se establecieron en Pitcairn con seis tai-
tianos y quince polinesias. Como resulta-
do de frecuentes riñas, murieron siete blan-
cos. Los supervivientes decidieron vivir en
paz, y se dedicaron á mejorar la peque-
ña sociedad en c[ue vivían. Treinta j
seis años después, en 1825, el capitán
Beechey encontró en Pitcairn una pobla-
ción de sesenta individuos, notables por
su inteligencia, moralidad, fuerza, belleza
y deseo ele instruirse. La sociedad mes-
tiza había logrado sobrepujar en cuali-
dades físicas, intelectuales y morales á
los que le dieron el ser. Estudiando las
razas latino-americanas, es verdadera-
mente halagador llegar al convencimien-
to de que su estado intelectual es flore-
ciente 3^ está á considerable altura.
Lombroso afirma, quizás exagera-
damente, c[ue el resultado étnico de ame-
ricanos y españoles, es superior á unos
3^ otros, considerados en sí, con absolu-
ta prescindencia del cruzamiento. Dice:
^'la España moderna no puede jactarse
de tener un Ramos Mejía, un Roca, un
Mitre, ó un Pinero". El ilustre argén-
— 20 —
tino Mitre observa también, que el pr(7-
ducto étnico latino-americano es entre
gran número de pueblos, el más inteli-
gente, imaginativo, enérgico j patriota,
y que dentro de él se destacan persona-
lidades verdaderamente distinguidas.
Si fijamos la atención en cada uno de
los pueblos americanos, encontraremos con-
firmadas esas observaciones. En todos
ellos ha brillado y brilla la inteligencia,
irradiando destellos tan luminosos y pu-
ros, cjue han servido y sirven en la ac-
tualidad, de poderoso contingente para
hacer retroceder, cada vez más, la som-
bra de lo ignorado. M. de Quatrefages
ha encontrado que, en el Brasil, los mes-
tizos componen la casi totalidad de pin-
tores y músicos; que en Venezuela se dis-
tinguen como oradores, poetas y publi-
cistas; y que, en general, en la América
toda, son muy inteligentes y de imagi-
nación viva y ardiente.
III
¿Ha existido alguna causa para que
el Perú se sustrajese á la ley general?
Y, si no la ha habido, y si, más bien,
han concurrido, condiciones favorables
para el desarrollo de la inteligencia,
¿no estaba Arequipa obligada por la na-
turaleza á alimentar en su seno fecundo
— 21 —
á hombres que la dieran lustre, y que
hayan sido 3^ sean la admiración de los
que aprecian el verdadero mérito?
Descendamos á la aplicación de los
principios establecidos, empezando por de-
linear á grandes rasgos los pueblos que
dieron origen á la nación peruana, 3'
tendremos perfectamente explicado, que
nuestros hombres eminentes han sido con-
secuencia forzosa del cruzamiento de
razas.
La España de Pela3^o, ardorosa 3^
heroica, que combatió durante ocho si-
glos por los ideales de la religión y de
la patria; que más tarde arrancó al uni-
verso el secreto de un Nuevo Mundo,
acrecentando con él sus estados, de mo-
do que en ellos no se pusiese el sol; que
tiene en las venas sangre caldeada por
el fuego de la libertad, y en el corazón
arranques impetuosos de valor y audacia;
que con trece oscuros soldados, destruyó
al más poderoso Imperio de todo un
continente; 3^ que abrió brecha en las
fronteras de todas las naciones, para ha-
cer pasear triunfante su noble, inteligen-
te 3^ romántico Quijote; no es por cier-
to una raza débil, sino superior, capaz
de producir generaciones vigorosas 3^ no-
tables.
Opinan algunos que la raza es-
pañola, vieja y viciosa, al arribar á las
■ — 22 —
pla3^as del Taliuantistij^o, estaba coniple-
tamente debilitada, agotada casi por el
fanatismo reinante y los rezagos fatales
de la époc^ feudal. Negamos afirmación
tan exag'erada. Esa raza, grande en vir-
tudes y vicios, después de deslumbrar al
mundo con sus glorias, entró en el pe-
ríodo de declinación, obedeciendo á las le-
3^es, ya conocidas, de la naturaleza. Pe-
ro podía operarse en ella una reacción
total ó parcial, é instintivamente buscó
el remedio, dirigiendo corrientes de su.
sangre algo gastada, á través de los ma.-
res, surcados antes por tres gloriosas ca-
rabelas; y halló la sangre de otra raza,,
que también tenía necesidad de tonificar-
se, regenerando, á su vez, el nuevo ele-
mento C[ue le viniera.
En cuanto á la simpática raza de
Manco-Cápac, bavStan ligeras considera-
ciones para proclamarla superior.
La inferioridad de un pueblo resul-
ta de su incapacidad para generar gran-
des ideas y albergar en el alma senti-
mientos delicados, nobles y complejos.
La inteligencia se eleva en sus percep-
ciones poco á poco, partiendo de las
más simples y sencillas. Desde la sensa-
ción material trasmitida por el órgano,
y la imagen plástica del objeto percibi-
do, llega hasta la idea cjue generaliza y
abstrae, que combina 3^ crea. El senti-
- 23 —
miento, que es la inclinación, la tenden-
cia del yo pensante, se desenvuelve con
él, lo quiere, lo acompaña: es una de
sus manifestaciones, y por eso sigue su
misma evolución. El sentimiento ama
lo c[ue puede satisfacer al yo cjue ve con
la razón. Las razas atrasadas, que ocu-
pan muy bajo nivel en el desarrollo hu-
mano, tienen ideas j sentimientos tan
pobres j simples, cjue casi se confunden
con meras sensaciones.
Los australianos no tienen en su len-
guaje primitivo palabras que expresen las
ideas ele justicia, crimen ni pecado: no com-
prenden la generosidad, la piedad, ni la cle-
mencia. La venganza es una condición in-
dispensable de su vida. Ni su inteligencia ni
sus sentimientos son capaces ele abarcar
lo elevado j complejo. La raza quecha
tuvo la nia\^or civilización, que en su
aislamiento podía alcanzar. Su religión
fué monoteísta. Rendía adoración al fe-
cundador de la naturaleza, al dispensa-
dor de los dias, al brillante sol. El In-
ca' liijo de éste, lo representaba sobre
la tierra. Regían al Imperio le^^es basa-
das en la justicia, que se confundía en
algo con la moral. Castigaban severa-
mente los delitos, no por restablecer el
orden de la sociedad, teoría conquistada
por la jurisprudencia moderna, sino por
desagraviar al Soberano, que era la cris-
— 24 -
talización del Estado. Casi todas las
ideas complejas y los sentimientos puros
y elevados que informan nuestra cultura,
empezaron á desflorarse en esa raza pri-
vilegiada que se impuso, concjuistando
para su gobierno, gran parte de la tie-
rra sudamericana. Su organización po-
lítica y el modo de extender sus domi-
nios, eran verdaderamente ideales: se al-
ternaban la dulzura y la energía; y así
no había poder que se les resistiese, ni
pueblo que no se sometiese á su égida
paternal. Los sentimientos delicados, cjue
aparecen muy tarde en las razas, los po-
seían nuestros indios y formaron con ellos
su carácter. La caridad, la contempla-
ción profunda de la naturaleza y las pri-
meras manifestaciones de la ciencia, se
agitaban en su espíritu sencillo. La me-
lancolía, que es dulce tristeza, resigna-
ción del alma, c|ue presintiendo lo infini-
to suspira por él, era el distintivo de nues-
tra raza.
Por último, un pueblo que, como el
nuestro, hace práctico el socialismo, ideal
sublime de la civilización moderna, no
puede ser inferior, ni estar colocado á la
despreciable altura de los esquimales 3^
bosquimanos, y de la raza guaraní, tor-
pe y propensa á retroceder perdiendo los
avances de la. inteligencia.
El gran Raimondi, en un estudio
— 25 —
hecho sobre los progresos de la historia
natural en el Pera, ha observado que
nuestros primeros naturalistas cronológi-
camente, han sido los indios, que cono-
cían perfectamente las cualidades de las
plantas. De aquí que hayan sabido cu-
rar todas las enfermedades, que descu-
briesen muchos de los llamados secretos
de la naturaleza y, seguu se creyó el mo-
do de amasar las piedras; y de que se
valiesen de ciertas sustancias vegetales
para producir la Ccara.
Las nomenclaturas de las plantas
que ellos establecieron guardan analogía
con las científicas, según el mismo Rai-
mondi.
El producto natural de las dos ra-
zas ligeramente bosquejadas, fué de in-
teligencia superior. Humboldt, que visi-
tó y estudió nuestros pueblos, dice, en
una de sus obras, que ''la juventud es-
tá dotada de rara facilidad para apren-
der las ciencias".
Los españoles, establecidos primero
en la Villa de Rivera ó Camaná, al saber
que en Arequipa, tierra hermosa, rica y
fértil, apacible y de clima suave, no ha-
bía muerto, en el espacio de diez meses,
ninguno de los conquistadores que en ella
se establecieron, pusieron este hecho en
conocimiento de Pizarro, para que les
permitiese trasladarse á esta nueva tierra
— 26 —
de promisión, resgtiardacla por montañas
cubiertas de nieves jDerpetuas.
La salubridad del Valle mistiano de-
cidió al vencedor de Atahualpa, á con-
ceder la gracia cjue le pedían. El 15 de
Agosto de 1540, Garcí Manuel Carvajal,
por especial comisióti de Pizarro, funda-
ba la Villa — hermosa sobre la base de
la generación, dejada por los bravos ca-
pitanes del ejército incaico, que seducidos
con la hermosura del suelo descubierto
al paso de sus conquistas, obtuvieron de
labios de Maita — Capac, el Aré quepay
histórico que fué entonces el símbolo de
tm porvenir glorioso.
Sobre nuestra tierra, que como dice
Jorge Polar: "ni es blanda y cariñosa
siempre, ni siempre dura; ni por fácil
para producir enerva al hombre, ni por
ingrata lo desalienta," empezó á elabo-
rarse el fruto de dos razas superiores cjue
traían contingentes de vicios y virtudes.
Descartando la inteligencia, vemos
que el espíritu soñador, la imaginación
ardiente y el carácter aventurero del es-
pañol, unidos al sentimentalismo dulce
y puro que en el . quecha tiene mucho de
ideal, colocaron al arequipeño en el cami-
no de la especulación filosófica, y la
contemplación de lo bello. Por eso no
somos nada prácticos, nuestra modali-
dad es esencialmente especulativa. Com-
— 27 —
binamos le^^es en lavS regiones del ideal
V fracasamos al aDlicarlas en el mundo
de las realidades. Pero es esto consolador,
porque solo los seres inteligentes pvieden
ensimismarse en lo abstracto; las razas
inferiores, no saben soñar ntinca: vege-
tan siempre como las bestias y, como
ellas, sólo viven de lo que tienen al al-
cance del tacto. Nuestra raza, inteligen-
te, enamorada de lo bello, y teniendo
obligación de satisfacer sus premiosas
necesidades, dio forzosamente un gran
número de letrados, cuyos conocimientos
eran indispensables para atender á la
vida del cuerpo, y un gran número de
poetas, cuyas rimas eran el alimento
del espíritu.
Veamos rápidamente las condicio-
nes de Arequipa y nos convenceremos de
que casi todas ellas han sido propicias
al desarrollo intelectual.
El clima: cuando es mu^^ frío, al
actuar sobre los centros nerviosos, los
contrae, los adormece, restringe la acti-
vidad, obstaculiza el desenvolvimiento de
la inteligencia 3^ produce calma apacibi-
lidad de carácter; cuando, por el contra-
rio, es excesivamente caluroso, obra de
modo tan enérgico, que también produce
inercia, laxitud, fatiga 3^ enervamiento.
Un clima moderado, como el nuestro, dá
el máximun de actividad, impulsa á los
- 28 —
hombres ¿i la revuelta y favorece el ma-
yor desarrollo ele la inteligencia.
La sakibricíad del medio, que se
refleja en la raza, es necesaria para la
vida del espíritu. I ya sabemos que lo
saludable de nuestro suelo, fué uno
de los móviles por los que vinieron aquí
los españoles.
Las comodidades de la vida, moti-
vadas por los progresos de la agricultu-
ra; la explotación de las minas, y la
afluencia constante de gente principal,
trabajadora y buena, preparaban tam-
bién el terreno, en que debía brotar una
raza superior. Cuando el Licenciado
Juan Domingo Zamácola y Jáuregui, es-
cribía su crónica de Arequipa, de 50,000
habitantes que la poblaban, 40.000 eran
españoles de la mejor sangre. Este exceso
de gente blanca debía ser muy provecho-
so. En la información de testigos que
se recibió el año 1575, para dar á
nuestra tierra el título de ''Muy noble y
muy leal,^' se declaró, bajo juramento,
entre otras muchas cosas, "que los pri-
meros pobladores de Arequipa fueron
gente principal y distinguida entre la c[ue
vino á la concjuista del país;^' declaran-
do el Virrey, en vista del proceso segui-
do: " que la dha ciuda d debía ser gra tincada
eylustrada conforme asus servicyos, leal-
tad y ñdelidad,'^ La herencia c]ue deja-
— 29 —
ron nuestros progenitores fué, pues de
nobleza 3^ distinción.
La belleza 3^ poesía del panorama,
¿no influj^e también en el derarrollo de
las facultades intelectuales? El medio fí-
sico, ¿no es una de las causas de la
formación de los órganos, y éstos no
están en relaciones íntimas con la inte-
ligencia? Las frases que el Dr, Polar de-
dica á su Arequipa, tienen mucho de
verdadero. Dice: * 'cuando la mirada con-
templa este cielo (el ele Arequiqa) el al-
ma se siente dulcemente agitada, como
si tuviera no sé que misteriosa afinidad."
Si la tiene: es la influencia constante del
medio sobre el espíritu.
Concurriendo estas y otras muchas
condiciones, indispensables para el desen-
volvimiento intelectual de nuestro pue-
blo, no podían quedar defraudados los
destinos de la naturaleza, que se prestó
gustosa á favorecernos. El historiador
Leubel se expresa así de Arequipa: ''Hay
en el Perú una ciudad, notable por la
inteligencia y valor de sus hijos Cen-
tinela avanzado, es la primera que dá el
grito de alarma cuando se atacan las li-
bertades nacionales. Entonces se con-
vierte en un cuartel. Lucha y lucha á
lo antiguo, casi á lo espartano
Terminado el combate, el soldado se con-
vierte de nuevo en obrero de la santa
— 30 —
le^' clel trabajo; y las robustas manos,
que dejan el arma inútil, vuelven á to-
mar el azaclón^\ — No se necesitan gran-
des conocimientos, para formarse concep-
to cabal de lo que es Arequipa. Todos
los que la han estudiado, han podido
apreciar el carácter y talento de sus hi-
jos. En las profesiones liberales y en
las artes mecánicas han brillado siempre.
Todos tienen oído músico notable y ap-
titudes poéticas; y, si no han descollado
genios admirables en estas artes, es, qui-
zás, porque la intensidad de ciertas fa-
cultades está en razón inversa de su ex-
tensión. Mientras mayor sea el número
de poetas ó músicos, es más difícil que
brillen entre éstos prodigios asombrosos;
sin que esto sea óbice para cj^ue la tuer-
za de la raza y el medio, los produzcan
en determinadas condiciones.
lY
¿Qué papel jugaba la inteligencia en
los primeros siglos de la vida de Arequi-
pa? Mientras en Lima el movimiento
intelectual sorprendía con su pujanza,
evidenciada por un sinnúmero de hom-
bres, que atraían la atención, no sólo
del continente americano, sino también
de la Europa entera; Arequipa, olvida-
- 81 —
da y privada de instrucción, no daba se-
ñales de vida.
Fray Tomás de San Martin, 1er.
Provincial dominico del Perú, alcan-
zó en 1551 una real cédula, en vir-
tud de la qtie el colegio fundado en Li-
ma, por él, pocos años antes, debía go-
zar de las prerrogativas concedidas á la
Universidad de Salamanca. Creció lán-
guidamente hasta 1571, en que, reorga-
nizado por el Yirre^^ Don Francisco de
Toledo, V confirmado por San Pío Y, re-
cibió poderoso aliento. Entonces comien-
za á fertilizarse el terreno en que, años
más tarde, debía dar la inteligencia opi-
mos frutos. En 1592, se funda en el
Cuzco el Seminario de San Antonio Abad;
poco después el colegio de San Bernardo,
transformándose, por último, aquel (1,692)
en Universidad. La ilustración se agita-
ba al rededor de Arec[uipa, y parecía te-
merosa de entrar en este pueblo, que de-
bía absorverla por completo. El Utmo.
Sr. D. Cristóbal de Castilla Zamora, Ar-
zobisqo de Chuquisaca y Obispo de Ajr-
cucho, fundó en esta ciudad el año 1,677,
la Universidad de San Cristóbal.
La instrucción se difundía, pues; pe-
ro lejos de nuestra tierra. La muy no-
ble y muy leal ciudad de Arequipa, con-
siderada desde su fundación como una de
las más importantes y notables de la
— 32 —
Colonia, en cuanto á su gobierno políti-
co; sufrió completo abandono al tratarse
de la instrucción.
Ya hemos visto c[ue, al mismo
tiempo que en otros pueblos se im-
plantaban centros de enseñanza, á ella
se la dejaba en brazos de la ignorancia
más absoluta. La educación de enton-
ces, en nuestro pueblo, se limitaba á re-
ducidísimo número de jóvenes, pertene-
cientes á familias, cuyas fortunas les per-
mitían enviarlos á universidades y cole-
gios existentes fuera de Arequipa, ó ha-
cerles enseñar a domicilio. La inteligen-
cia de nuestros hombres, falta de cono-
cimientos y de medios para adquirirlos,
no podía manifestarse públicamente, ni
traspasar los estrechos límites del hogar.
En el siglo XYII se escriben ochenta
obras en la colonia, y en la nomenclatu-
ra de sus autores no figura un solo are-
quipeño. Nicolás Antonio, presenta en
un libro suj^o, noventa y cuatro escrito-
res americanos, de los que veinticuatro
son limeños, y seis de otras provincias
peruanas.
¿Acaso Arequipa no tenía hijos
talentosos cjue pudieran hombrearse con
los de cualquier otro pueblo? Si los
tenía; pero, faltos de ilustración, i)a-
saban ignorados entre el montón huma-
no. Hasta el año 1773 se escribió mu-
- 33 -
ello, en Lima principalmente. Don Anto-
nio León Pinelo, cronista niaj^or de las
Indias, fué autor de varios libros nota-
bles; y sólo el talento prodigioso y fecun-
do de don Pedro Peralta y Barnuevo,
dio á luz diecinueve obras, en varios idio-
mas, muchas de ellas tan importantes,
que han merecido el honor de ocupar si-
tio preferente en la Real Biblioteca de
Madrid, como 'Xa gloria de Luis el Gran-
de" 3^ "El triunfo de Astrea", escritas en
francés. Estos dos hombres ilustres fue-
ron limeños.
Sólo aquellos arecjuipeños dotados
de fortuna, pue emigraban sedientos de
ilustración, daban, con sus luces, la me-
dida de lo que era el pueblo olvidado á
que pertenecían. Así, nos encontramos
con el Capitán General don Melchor de
Avellaneda, Márquez de Yalde Cañas, que
derrotó en los campos de Yillaviciosa, el
ala izquierda de las huestes enemigas, y
que remplazó á Vendóme en el mando
en jefe del ejército español, cuando Feli-
pe Y se lanzó á la guerra de sucesión.
Siendo Virrey de Valencia, en unión del
Fiscal Macanaz, sostuvo varias cuestio-
nes con el Clero, debiendo á\ésto su caí-
da. El dominico Fra}^ Martin Calde-
rón, Catedrático de la Universidad de Li-
ma, pasó á Roma y obtuvo la regencia
de estudios en el Colegio de la Minerva.
— 34 —
El Dr. Ángel Mariano Pérez Oblitas, es-
tudiante en San Bernardo del Cuzco, me-
reció, por sus luces j virtudes, la mitra
de Tucumán. Como estos arequipeños
ilustres, hay otros muchos c[ue prestigian
nuestra raza. Los iremos conociendo a
medida cpie avancemos en nuestro estu-
dio.
En 1,616 se desmembró el Obispa-
do del Cuzco, para formar el de Arecjui-
pa; 3^ sólo entonces, con arreglo á las
disposiciones del Tridentino, se estable-
ció un Seminario paupérrimo, en el cpie
no era permitido enseñar más que teolo-
gía, ciencias eclesiásticas j filosofía es-
colástica. La vida anémica y descuida-
da de este plantel de enseñanza, y los
obstáculos que se oponían al vuelo del
pensamiento, hicieron de la instrucción
un verdadero sarcasmo. Parecía que, aún
los hombres de valer que gobernaban
nuestra diócesis, estaban empeñados en
conservar la ignorancia. Con el tras-
curso de los años, se fundaron dos nue-
vos colegios; el de ''San Francisco" j el
de la "Merced"; pero tocio estaba malea-
do: los profesores parecían preocuparse
más de adc|uirir ricpiezas, C[ue de difun-
dir la luz ele la verdad; 3- si á esto se
agrega que sólo era permitido enseñar
latin, filosofía 3^ teología, llegaremos al
triste convencimiento de cj[ue los talentos
— 35 -
que producía nuestro suelo, tenían que
permanecer incultos, formando un medio
morboso, en que no podía desarrollar la
intelectualidad. Y, ja lo dijimos, los
únicos que brillaban en todo su esplen-
dor, eran los que bebían, en fuentes ex-
trañas, conocimientos que aquí les era
vedado inquirir.
Nos limitamos á señalar los nom-
bres y los cargos importantes desempe-
ñados por algunos de nuestros ilustres
compatriotas, en la imposibilidad que te-
nemos de hacer la biografía de cada uno
de ellos; tarea penosísima que demanda
tiempo, del que no disponemos.
El Dv, José Matías de Peralta, que
estudió en Lima, fué Oidor de las Au-
diencias de Quito y México; y en 1,649,
Presidente, Gobernador y Capitán Gene-
ral del ultimo de los Estados menciona-
dos. El Dr. Caj^etano Pacheco de Cár-
denas, fué Obispo del Paraguay en
1,747,
Es una figura verdaderamente simpá-
tica 3^ sugestiva la del Iltmo. Sr. Juan Ma-
nuel Moscoso y Peralta, primer arec[ui-
peño que ascendió á la categoría de
Obispo. Nació el 6 de Enero de 1,723,
de don Manuel Moscoso y de doña An-
tonia Peralta. En su numerosa familia
se cuentan hombres, como el Sr. de Go-
yeneche, don Domingo y don Pío Tris-
— 36 —
tan, que figuran en la historici patria.
De inteligencia precoz y viva, estudió ar-
tes y teología, coronando su lucida ca-
rrera con las borlas del doctorado. Ca-
só con doña Nicolasa Rivera y Salazar,
en unión de la cual dio existencia á un
hijo, c{ue murió poco después que su ma-
dre. Sus merecimientos lo elevaron á
desempeñar los cargos de Regidor, Alfé-
rez Real y^ Acalde Ordinario del Cuzco,
de donde pasó á Lima, porque su carác-
ter audaz y enérgico x^i'í^vocó graves de-
savenencias.
Desligado de los afectos terrenos
con la muerte de su esposa, se orde-
nó en la Capital, desempeñando poste-
riormente el Curato de Moquegua, de
donde pasó á ocupar la Canongía Magis-
tral de Arequipa, después la Tesorería, y
por último el Arceclianato en 1,767. Hí-
zosele cruda guerra; pero su talento po-
deroso venció, alcanzando, á despeclio de
sus enemigos, la auxiliatura de este Obis-
pado.
La estrella de la fortuna lo pre-
cedía, sembrando su camino de nuevos
triunfos. Obtiene la Mitra de Tucumán,
se clirije después á la de Córdoba, de la
que no llega á tomar posesión, por las
contiendas sucitadas con el Cabildo y el
Gobernador de Jujuy, y marcha al Con-
cilio de Chuquisaca, donde sorprende con
v> <
el brillo de su vasta inteligencia. De in-
genio verdaderamente envidiable, de espí-
ritu revoltoso, como hijo lejítimo de la
ciudad del Alisti, 3' decidido por la cau-
sa de la libertad, jugó papel importante,
en la revolución de Tupac-Amaru, siendo
ésta una de las causas principales, que
le atrajeron la odiosidad de todos los
que juzgaban un crimen rebelarse contra
el yugo de la Monarquía. Diéronle la
Alitra del Cuzco, 3-^, ''siendo de nunca
acabar, el referir los ruidosos 3^ escanda-
losos sucesos de que fué sindicado en es-
ta ciudad, al tiempo de las revoluciones
que ocurrieron entonces en el reino, sólo
diré que la Superioridad de Lima tomó
la resolución de enviarlo á España en
1,786'\ Así se expresa un viejo historia-
dor.
El Licenciado Zamácola refiere lo
siguiente: ^' cuando fué á España
(Moscoso) hizo un convite 3^ un riquísi-
mo obsequio de vajilla de oro á la Rei-
na, la que ofreció hacerle una gracia, si
la solicitaba. Moscoso sólo le pidió la
honra de bautizar al Infante de España,
que debía nacer, pues estaba en cinta la
Señora. Esta concedió el favor como
sencillo; más luego se vio c|ue sólo el
Arzobispo de Granada, por antiguo de-
recho privilegiado, podía bautizar á los
Infantes de España; teniendo que dar los
— 38 —
Re3^es el Arzobispado á Moscoso, á p?-
sar de los pretendientes, influyentes, dig"-
nos 3^ de más mérito que se oponían"'
(1,789). En 1,794, fué condecorado con
la Gran Cruz de la Orden Carlos III.
El Dr. J. G. Paz-Soldan, al ocu-
parse del Sr. Moscoso, dice que: el Rey
expidió en 1,780 un decreto, en que se
le daba amplia satisfacción, en vista de
las contestaciones que dio, por los car-
gos que se le hicieron; y que fué nom-
brado Arzobispo de Granada cemo "una
prueba pública y auténtica que salvase
su reputación". Paz-Soldan hace estas
afirmaciones, fundado en el folleto que,
con el título de "Inocencia Justificada", pu-
blicó en Madrid el Dr. José Ignacio Cas-
tro. Godoy en sus "Memorias" hace mu-
chos elogios del Arzobispo arequipeño,
por el acierto y penetración que reveló
en los informes y consultas absueltas á
petición de Carlos lY. Sea de ello lo
que fuere, el Sr. Moscoso y Peralta, es
uno de nuestros hombres ilustres.
La intelectualidad de Arequipa, que
por más de dos sig'los permaneció entre
las sombras, crecía y se acumulaba en el
alma del pueblo. Hallábase en estado
latente, y cada año transcurrido, era una
nueva acumulación de potencia intelec-
tual, cuyas fuerzas no podían desenvol-
verse, porque estaba encadenada al ca-
— Bo-
rro ele la ignorancia. Necesitaba un ra-
3^0 de luz, que abriese un claro entre las
tinieblas que la envolvían, para salir
por él 3^ recorrer los horizontes de la cien-
cia. La acumulación de talento en el
alma del pueblo y del individuo, es un
hecho que Ribot consigna en esta frase:
'Xos caracteres trasmitidos quedan en
estado latente durante una ó varias ge-
neraciones, prontos á desarrollarse en
cuanto las condiciones cambien"; y sean
favorables, agregamos nosotros, porque,
aunque haya cambio, si éste es adverso
al desarrollo, lo detiene ó lo anula.
El talento evoluciona dentro de los
límites del movimiento industrial, políti-
co ó literario; y como, entre nosotros, las
industrias estaban muy atrasadas, eran
la política y el estudio, las manifestacio-
nes brillantes de nuestra vida pública.
Estas últimas fueron las que contribuye-
ron poderosamente, como veremos más
tarde, al crecimiento de las facultades in-
telectuales del pueblo.
Era ya tiempo de una transforma-
ción. Se necesitaba luz, 3^ apareció en
el cielo de Arequipa, como estrella ra-
diante, la personalidad del Obispo Chá-
vez de la Rosa. (1,788) Su vasta 3^ bien
cultivada inteligencia, su caridad pater-
nal y evangélica, y la rectitud y hon-
radez ele su carácter, debían reformar la
— 40 —
diócesis qtie se le confiaba, y anunciarle
tina nueva era de ilustración 3^ progreso.
Multiplicó su actividad en bien de la
grey, j atendió no sólo á las labores de
Pastor, sino también á las arduas de
Maestro. Fundó la Casa de Huérfanos
y reformó radicalmente el Seminario, que
hasta entonces había tenido una ficticia
V anémica vida. Remitidas las consti-
tuciones de éste como estaba mandado, y
constando en ellas que debía enseñarse:
Doctrina Cristiana, Latin, Gramática Cas-
tellana, Griego, Hebreo, Árabe, Filosofía,
Matemáticas, Física, Teología, Sagrada
Escritura, Disciplina Eclesiástica, Ritos y
Cómputo, Derecho Natural y de Gentes,
Civil y Canónico; se expidió en Madrid
una Real Cédula, en la que se aprobaba:
''la erección, constituciones del Seminario
y su plan de estudios, suprimiéndose en
éste, el capítulo YHI, que dispone la en-
señanza del Derecho Natural, de Gentes
y Civil, 3^ cuantos párrafos hablan de la
materia". La enumeración de las cien-
cias que debían estudiarse en el Semina-
rio del Sr. de La Rosa, 3^ las prohibicio-
nes hechas por el Re3^ nos revelan el es-
píritu inteligente, batallador 3^ liberal del
primero, 3^ los temores justificados del últi-
mo. ¡El dueño absoluto de esclavos só-
lo asienta su trono soljre la base da la
ignorancia!
^ 41 —
En esta época (1,800) comienza la
corriente de instrucción : la juventiicl acu-
de presurosa á ilustrarse en los colegios,
y á beber en todas las fuentes de la cien-
cia; el Obispo, incansable en su misión,
forma nuevos maestros; los jóvenes se es-
timulan, se entusiasman, tienen sed insa-
ciable de saber, y, a medida cjue van co-
nociendo la verdad, se prendan cada vez
más de ella. El ambiente cj[ue se respi-
ra es XR distinto; los liombres. formados
en el espíritu del Sr. Cliávez de la Rosa,
se reúnen para adquirir maj^or número
de conocimiensos, celebran varios acuer-
dos, tendentes á mejorar el medio; como
tienen ilustración sólida y vigoroso talen-
to, se hacen apóstoles de la idea, y gozan
con difundir la luz encendida en sus cere-
bros ja formados.
Los jóvenes aprendieron en el Semi-
nario, aún lo cjue les estaba vedado; por
esto, algunos de ellos se recibieron como
jurisconsultos en las audiencias de Lima
y Cuzco. Apesar de que las matemáti-
cas se hallaban en estado embrionario, el
Padre Fray Juan José del Patrocinio de
Matra^^a y Ricci, enseñó esa ciencia á
don Francisco Javier Luna Pizarro, que
después lo remplazó como maestro de
la misma.
Los esfuerzos del Sr. de La Rosa
no fueron vanos: desde 1,789 hasta
— 42 —
1,808, salieron de su colegio lumbre-
ras el el saber, muchas de las cuales
superaron en brillo, la aureola que cir-
cundaba la frente del Maestro. Luna
Pizarro, Benito Lazo, Francisco Quiróz,
y gran número de hombres ilustres, cu-
3"a gloria se ha extendido á varias
generaciones, confirmarán la verdad.
Las energías almacenadas durante
luengos años, en el alma popular, pug-
naban por desbordarse; y, si el Japón
de improviso conmovió y asombró al
mundo, en Arequipa con el advenimien-
to de un espíritu selecto que difundió la luz ,
hubo un verdadero estallido de talento.
El entusiasmo fué otro de los mo-
tivos poderosos, para la trasformación
repentina que se operó. Robertson, afir-
ma que ''los americanos de pronto salen de
su indolencia habitual y desarrollan faculta-
des intelectuales, que estaban latentes".
La Academia Lauretana fué otro
foco de ilustración. Se fundó en 1,821,
debido á los esfuerzos del Dr. D. Eva-
risto Gómez Sánches, Síndico Procurador
del primer A^aintamiento Constitucional
de Arequipa; 3^ tuvo que derribar las
vallas y sobrellevar lus vicisitudes que
la azarosa situación de entonces le crea-
l^a. Las puertas de ese notable centro
de enseñanza vSe abrieron de par en par
á todos los que deseaban instruirse. El
43
fué la base de la Universidad del G. P.
S. Agustín, y de su seno salieron hom-
])res que nías tarde rigieron los destinos
de la patria libre.
La revolución francesa influyó tam-
bién en el movimiento intelectual. Ella
sembró la simiente de la libertad que en-
tonces preocupaba á todo el inundo. I
nuestra intelectualidad, que parecía dor-
mida, despertó al ronco grito de la eman-
cipación política, que como huracán im-
petuoso recorría las costas americanas,
desde la patria de Washington hasta la
fría región de Magallanes.
Las revoluciones, como ha dicho un
galano escritor, ''son como un vasto
incendio, que de cerca abrasa y de lejos
ilumina." La filosofía de 1,789 hizo que
los hombres de valer se dedicasen al es-
tudio de las ciencias políticas, des-
cuidadas hasta entonces, y que se preo-
cupasen de conocer las garantías consti-
tucionales é individuales, 3^ los derechos
3' obligaciones que tienen todos los inien-
bros de la comunidad política. La Aca-
demia Lauretana entró de lleno en la
escabrosa senda, _v, á pesar de las pe-
nas señaladas á los que se dedicasen á
estudios de esa índole, fué la primera
que, sin duda por su alejamiento del tea-
tro de la guerra, fundó una cátedra de
Economía Política, allá por los anos de
— 44 —
1821 ó 22. Distingiéronse en el estudio
de esta ciencia los Drs. Alartínez, Cor-
vadlo y Amat y León; habiendo sido
nombrado éste último catedrático en
1,827.
La revolución francesa despejó nue-
vos y brillantes horizontes, que eran
abarcados por la gente ilustrada; ésta,
sintiendo en su alma las crepitaciones
del entusiasmo, atisbaba el momento
oportuno de lanzarse a la lucha 3^ re-
conquistar para su patria las libertades
ahogadas con el llanto de la esclavitud.
Los que todavía no nutrieron su espíritu
con las verdades científicas, sintieron el
contagio del entusiasmo y la agitación
social; 3^, queriendo descubrir el fondo de
estas manifestaciones, que la ignorancia
les vedaba comprender, desgarraron el
tupido velo y se inundaron con las irra-
diaciones de los centros de instrucción.
Entonado posteriormente el himno triun-
fal de la libertad, y apagados para siem-
pre, en la inmensidad de la historia, los
ecos gemebundos de tres siglos de tor-
tura, se enarbola el pabellón de la Repú-
blica independiente, y bajo sn amparo se
establecen las instituciones bautizadas
con la sangre 'de nuestros libertadores.
Independizado de su largo tutelaje, nues-
tro pueblo, joven, viril, inexperto 3^ capaz
de grandes empresas, retoza en los cam-
— 45 —
pos de la vida, quiere realizar sus sueños
\^ aspiraciones, y se lanza j acomete,
sin detenerse á medir las consecuencias
de su resolución audaz. Emplea prime-
ro sus fuerzas en la prosecución del ideal,
3' más tarde las gasta en los deleites de
la crápula. Derroca primero los gobier-
nos que no cumplen la sagrada misión
de obrar milagros de engrandecimiento,
é impone después caudillos, que no tie-
nen más mérito que haber derramado
puñados de oro.
El torbellino de las primeras re-
vueltas arrastró á los hombres de mé-
rito, colocándolos en puestos de tan alta
figuración, que les daba oportunidad de
lucir sus conocimientos 3^ atraerse la ad-
miración de los pueblos. Corvadlo, Mar-
tínez, Valdivia, Ureta, Pacheco, Paz— Sol-
dan, García Calderón y otros muchos,
fueron llevados á la capital, y ahí de-
sempeñaron los más elevados cargos,
mereciendo, algunos, decidida protección
de parte de gobiernos que como el de
Castilla, comprendían lo que vale la in-
telectualidad. Esta fué otra de las causas
por las que la inteligencia arequipeña
brilló en la época que nos ocupa.
Siguiendo el orden establecido, de-
— 46 —
benios ahora demostrar la celeljriclad de
nuestros hombres: 3^ esto se consigue es-
tudiando su vida. Pero, es tan crecido
el número de ellos que nos limitaremos
á tres, ó cuatro.
A fines del siglo XYIII, nació D. Ni-
colás de Piérola. Bajo la dirección del emi-
nente Luna Pizarro, cursó en el Semina-
rio de Arequipa, la facultad de Jurispru-
dencia.
En 1814 se dirijió á España, in-
corporándose en 1817, á la Audiencia de
Sevilla j á las Reales Cortes de Madrid,
donde ejerció su profesión hasta 1,820,
en que fué elegido diputado á Cortes,
en virtud de sus relevantes méritos. De-
sempeñó tan importante cargo, hasta
1,822, que fué nombrado Catedrático de
los Principios de Legislación Universal,
en la Universidad central de Madrid. De-
fensor ardiente de la independencia de su
patria, tuvo que venir á ella, en 1826,
dejando un vacío, que sólo inteligencias
de su talla podían llenar.
Empezó aquí su actuación política
como Diputado Secretario del Congreso
de 1,827. Un año antes había recibido el
nombramiento de Sub — director General
de Minería. Asociándose con el sabio D .
Mariano Eduardo Rivero, para esparcir
sus conocimientos adquiridos en Europa^
publicaron juntos un diario científico titu-
— 47 —
lado ''Memorial ele Ciencias naturales y
(le Industria Nacional 3^ Estranjera". Los
brillantes artículos que escribieron les va-
lieron la honra de ser nombrados, ambos,
en 1,828, miembros de la "Sociedad de
Horticultura" de Bruselas. Piérola, como
Químico de la junta de Sanidad, se en-
cargó de la formación del Almanac{ue y
Guía de forasteros y de la fundación del
Museo de Historia Natural.
Publicó en su diario el ''Telégrafo"
artículos que ponían de manifiesto la pu-
janza de su gran cerebro. Presidió en
1,836 la Asamblea de Sicuani, y, después
de desempeñar otros cargos importantes
y haber sido nombrado socio de la Uni-
versidad de Chile, murió en 1857, de-
jando una estela luminosa y una gloria
más á Arequipa.
Piérola fué un hombre modesto.
Ignoraba que en su cuerpo se albergara
un espíritu gigante. Cedemos la palabra
á un sabio, cuya opinión justificará la
celebridad del hombre que estudiamos:
**Como un diamante no trabajado, cu-
bierto de rugosa costra y pisado por el
ignorante, que no lo conoce; así pasó su
vida el sabio Piérola, desconocido de si
mismo y con una gran actividad 3^ avi-
dez de saber, que son característicos,
de todos los hijos de su heroica pa-
tria".
— 48 —
D. Mariano Eduardo Rivero (1)
tuvo como maestro en Inglaterra, á
una de las más grandes celebridades de
la época, el sabio Dryj. Poco después
se trasladó á Paris y trabajó en unión
de Bertier. En 1,821 resonó, por prime-
ra YQZ, su nombre en el seno de la Aca-
demia de Ciencias de Paris, á propósito
del Oxalato de fierro, que descubrió en
Alemania y qne llamó Humboldlita en
recuerdo del sabio Humbodlita. Escribe
Raimondi que desde entonces el nombre
de Rivero se hizo familiar entre los sa-
bios de Europa.
Dio á conocer el Nitrato de soda
de Tarapacá, descubrió la magnesita en
Yallecas, y una cantera de piedra lito-
gráfica, al hacer tm viaje á España.
En 1,822, en compañía de notabilidades
como Bousingault y Boulín, se dirijió á
Colombia, donde practicó estudios que
acrecentaron su reputación. En 1,841
escribió una Memoria sobre las Anti-
güedades peruanas, y diez años más tar-
de, sobre el mismo tema, publicó, asocia-
do con Tchudi, una obra que ha sido
traducida á varios idiomas.
Transcurrido algún tiempo, Rivero
volvió á lucir su talento en sus '^Memo-
(1) Véase el folleto "algunas Rectificaciones His-
tóricas" por el autor del presente trabajo.
- 49 —
rías Científicas," obra que se compone
de dos volúmenes. Murió en Europa,
1,858, desempeñando un honroso cargo
del Gobierno peruano. Fué también, como
su hermano en la ciencia, Piérola, activo
3^-" modesto. Colocó muy alto su nombre,
en el viejo y científico continente, y pasó
por su patria sin que le rindiesen la ad-
miración que merecía. La manía de apo-
car á nuestros hombres no es nueva.
Raimondi la notó cuando, estudiando la
personalidad del sabio Rivero, se conven-
ció de que aquí, en el Perú, no se apre-
ció debidamente el mérito de esta lumbre-
ra continental. "Extraño fenómeno! (dice)
Mientras en todos los países reina un exage-
rado y ciego espíritu de nacionalismo, que
hace creer á sus hombres superiores a
todos los de las demás naciones; en el
Perú, al contrario, no se tiene fe en sus
compatriotas, se desconoce su mérito, no
se aprecia sus trabajos y, aunque asom-
braran al mundo como Galileo, Ne^wton,
Lineo, pasarían, tal vez, casi desaperci-
bidos."
Esto es efecto de la herencia. Los
españoles trataron siempre con desdeño-
sa altivez á los aborígenes; y éstos alec-
cionados por la crueldad de aquellos, se
hicieron completamente desconfiados, casi
escépticos. Nosotros, al juzgar el mérito
de algunos de nuestros compatriotas, lo
- 50 —
hacemos con la falta de fe del quechua
y el altivo desdén del español. Por cjue
en cada peruano, que es una personali-
dad mixta vemos al indio y lo despre-
ciamos, encontramos al ibero y descon-
fiamos de él. Y, cuando el mérito obser-
vado es muy grande, nuestros desdenes de-
generan en envidia.
Las principales corporaciones cientí-
ficas de Europa y Estados Unidos, hicie-
ron á Rivero su socio. Podemos men-
cionar, entre ellas, á la Sociedad de
Ciencias Naturales y la Sociedad Filomiá-
tica de Paris; las de Geología de Lon-
dres, París y E. E. U. U.; las de Agri-
cultura de Francia, Bélgica, y Chile; la de
Anticuarios de Dinamarca y algunas otras.
El sabio naturalista Dr. Weddel dedicó á
la memoria de Rivero un género de cas-
carilla, denominándola, Riveroana.
La inconstancia 3^ voluvilidad pro-
pias de nuestra raza fueron vencidas en
Rivero por la educación sajona que reci-
bió y reemplazadas por perseverancia 3^
decisión tan notables que trajeron como
consecuencia el desarrollo completo de
su inteligencia 3^ la amplitud de su ilus-
tración.
Los impulsos 3' entusiasmos carac-^
terísticos de todos los c|ue tienen en sus
venas sangre visigoda caldeada por el
fuego del sol meridional, se hicieron en él,
— si-
no sólo rápidos vsino que uniéndose los unos
á los otros por medio del hábito, perdie-
ron la solución de continuidad y dieron
como resultado una actividad asombrosa.
El Dr. M. Rosas estudió aliado de
su padre, el limeño Dr. M. Yoldi Rosas.
Se dirigió á Europa á perfeccionarse en su
carrera, y gozó de tan grande y mereci-
da reputación como oculista, que en 1,862
se trasladó á Viena, llamado por el Em-
perador de Austria, á cuyos servicios se
puso, gozando, en cambio, de grandes
honores y rentas. Uno de nuestros Pleni-
potenciarios, atraído por la fama del
gran médico de Yiena, acudió á hacerse
curar con él, y quedó gratamente sor-
prendido al encontrarse con un compatriota,
que le hablo de su patria y origen.
El Dr, Mateo Paz— Soldán, de talen-
to privilegiado, sobresalió como astróno-
mo, geógrafo, humanista, literato, polí-
glota y matemático. Fué miembro cons-
picuo de la Academia Lauretana. Resolvía
con asombrosa facilidad las consultas que
se le hacían sobre historia, gramática y
números. Sabía griego, alemán, latín, in-
glés, portugués, francés, italiano, quecha
y aymará. Vertía en correcto castellano
las composiciones de los grandes autores
clásicos, tanto latinos como J^lemanes.
Repetía de memoria la Ilíada, la Odisea
\" varias de las obras de Horacio, Vir-
- 52 —
gilío, Anacreón y otros autores. Siguió
siempre niu}^ ele cerca el niOYÍmiento cien-
tífico 3^ literario ele Europa.
Habiendo concluido niU3^ joven, en
el colegio de Arec[uipa, el estudio de ma-
temáticas puras j mixtas, filosofía, teolo-
logía y derecho; dirigió una obra de inge-
niería en Tacala3^a; sin que el importan-
te trabajo de irrigación, que con acierto
había emprendido y que coronaba satis-
factoriamente, le impidiese componer 3-a-
ravíes 3' dar vvielo á su imaginación de
poeta 3" á su sensibilidad exquisita. Fué
catedrático y Rector en Arequipa, Direc-
tor 3^ profesor de varias clases en el Ins-
tituto de Lima; Oficial Ma3^or en el Mi-
nisterio de Relaciones Exteriores 3^ Jefe
de la Dirección de Hacienda. En este des-
pacho dio muestras de su probidad é in-
dependencia. Escribió brillantes artículos
político — sociales en el "Pabellón Nacio-
nal," lo que fué causa de que el Gabi-
nete del 68 lo confinase. Se dirigió á
Europa y allá hizo imprimir un Trata-
do de Trigonometría 3^ de Astronomía.
Estuvo en íntimas relaciones con
celebridades europeas, como Depretz, 3^
Cauchy. Formó parte de la comitiva
que llevó á su última morada á Chateau-
briand, tocándole en esta ocasión el honor
de estar al lado de Beranger. La obra
del Sr. Paz-Soldan no pasó inadvertida
— 53 —
para las notabilidades que componían la
Academia de Ciencias de París; llamó
la atención. 3^ dio motivo á uno de los sa-
bios de ese gran centro científico, encar-
gado de informar acerca del nuevo libro,
para emitir un extenso juicio en que se
declaró ese trabajo lleno de mérito y á
su autor poseedor de vastos conocimien-
tos en la materia. Su libro comprende
todo lo que la astronomía conquistó has-
ta la época en que fué publicado.
^*Mu3^ notable debió ser su obra
para que, publicada en París por un
peruano, mereciese los elogios de un sabio
como M. Moigno, cartas autógrafas de
Humboldt y Arago, y valiese á su au-
tor el honor de ser introducido en el
círculo de los más eminentes científicos.
El sabio Airy, Director del Obser-
vatorio de Greenwich, le otorgó, junto
con un permiso especial para visitar
el establecimiento, el presente de varias
obras con la respectiva dedicatoria, escri-
ta de su propia mano. Paz— Soldán cal-
culó hasta su muerte el Almanaque de
Arequipa j fué íntimo amigo del astróno-
mo alemán Carlos Moesta.
Cuando el gran Pentland se propu-
so corregir los planos de Fitz Ro}^ sobre
el continente americano, entró en corres-
pondencia con el sabio arequipeño, cono-
cido en el mundo intelectual como notabili-
- 54 -
dad científica. En esta época Paz-Soldán em-
pezó á escribir sn Geografía Política 3^ astro-
nómica del Pera, que basta por si sola ])a-
ra justificar su notoria celebridad. Este
libro es no solo científico, sino también
literario, por la galanura de su estilo y
lo pulcro y castizo de su lenguaje. Contra
la opinión del Cosmógrafo de Lima^
anunció un eclipse de sol, trazando al
efecto un plano astronómico y dibujando
la figura matemática correspondiente, no-
vedad que él introdujo en el Pero.
Eué Agente Eiscal, Juez de Derecho
3^ Vocal. Murió de 44 años. Entre sus
obras, muchas inéditas, se cuentan una
Gramática Latina, un tratado de Arit-
mética y Algebra, un Curso de cálculo
integral y diferencial, memorias, comenta-
rios, poesías descriptivas, eróticas, líricas,
y gran número de traducciones.
Nos parece poco serio poner en duda,
el indiscutible mérito y la justa celebri-
dad de hombres, cjue, nacidos en un rin-
cón del mundo, vencen los obstáculos sin
fin 3^ prejuicios que se les oponen, y con-
quistan renombre entre inteligencias gi-
gantescas. No valga tampoco decir que
nuestros hombres sólo fueron. notables con
relación á su época. Los sabios que se
encumbran por la fuerza de su pensa-
miento, 3^ dejan obras imperecederas y lu-
minosas huellas de su paso, se colocan
55
en un lejano porvenir; y muchas veces
éste resulta estrecho para contenerlos.
A éstos se les puede juzgar con relación
al presente. Nosotros hemos tenido va-
rios sabios entre el crecido número de
hombres verdaderamente ilustres que le-
garon un tesoro de gloria á su patria.
YI
'^Toda familia, todo pueblo, toda
raza, aporta el nacer, una dosis de vita-
lidad \^ una suma de aptitudes que de-
ben salir á luz con el tiempo. Esta evo-
lución tiene por causa las acciones y reac-
ciones del medio sobre el ser y del ser so-
bre el medio. Dura hasta el momento en
que la familia, el pueblo ó la raza han
cumplido su destino, brillante para algu-
nas, notable para muchas, oscuro para el
mav^or número. Desde que esta suma de
vitabilidad y aptitudes comienza á debi-
litarse, comiénzala decadencia". Y ésta
continúa trasmitiéndose á las generacio-
nes siguientes, hasta llegar á un comple-
to aniquilamiento, á menos que causas
externas vengan á detenerla.
La exposición precedente es verdade-
ra, 3^ entre nosotros se ha cumplido en
parte. Las razas que dieron origen al
pueblo de Arequipa, aportaron caudales
de capacidad intelectual, que se desarro-
-se-
lló debido á las condiciones del medio.
Ese estado brillante de la época pasada,
debe continuar por un tiempo más por-
que nuestro pueblo no ha cumplido toda-
vía su destino: está en el principio de su
carrera y tiene mucbo que vivir y pro-
gresar.
El pesimismo y la desconfianza de
nuestra raza nos han hecho ver la escuá-
lida faz de la decadencia; pero debemos
advertir que ésta es aparente en casi su
totalidad, y que sólo una parte insigni-
ficante de lo que vemos es real.
El desgaste de energías en las convulsio-
nes políticas que han agitado constantemen-
te á nuestro pueblo, lo fatigaron y resta-
ron algo de su vitalidad primitiva. La ge-
neración debía, pues, heredar esa fatiga,
esa naciente languidez, que puede muy
bien conducir á la degeneración si el me-
dio le es propicio.
Las continuas luchas afectan el sis-
tema nervioso, como ha observado Dé-
jerine; y estas afecciones, repetidas y acu-
muladas por la herencia, son origen de
la forma más vulgar de la neurosis, la
neurastenia, que á su vez puede ser tron-
co de la familia neuro— patológica, for-
ma definida de la degeneración, en con-
cepto de Ribot. El gran número de neu-
rasténicos de hoy, acusa derroche de ener-
gías en los hombres de ayer. Los desea-
— 57 -
labros continuos 3' los reveses sufridos
en las contiendas internacionales, abatieron
el espíritu del pueblo, que engendró una
descendencia con principios de debilidad.
Otra de las causas por las que no te-
nemos el antiguo movimiento intelectual es,
no la falta de talentos, que indiscutiblemen-
te los lia3^ y muy poderosos, sino el espí-
ritu utilitarista de la época. Todos quie-
ren acaparar medios para gozar las como-
didades de la vida; y desatienden por
completo las exigencias del espíritu. Nues-
tros intelectuales ven en las profesiones
liberales medios de lucrar, 3^ pasan rápi-
damente sobre ellas para alcanzar el fin
apetecido. ¡Conocerlas á fondo es perder
el tiempo! Las especulaciones científicas
no producen deleites físicos.
En la esclavitud material que pade-
cemos, el espíritu tiene una sola aspira-
ción: hacer de metal precioso los grille-
tes que lo encadenan.
La política eterna falsificadora de
la verdad envolviendo al alma nacional
en una atmósfera de duda, 3^ lia hecho
girones de la fe que se tenía en la hon--
radez 3^ ha arrebatado trozos de la es-
peranza colectiva; 3^ estas calamidades
públicas repercutiendo en la psiquis indi-
vidual son nuevos obstáculos que se
oponen á su desarrollo, pues, su fe está de-
bilitada y su esperanza de gloria también.
— 58 —
El favoritismo injustificado que es la
sabia de los partidos políticos, ha trans-
formado el verdadero concepto del mérito
que, entre nosotros parece j^a sinónimo
de servil, contribuj^endo á que los entusias-
mos nobles j levantados cedan el campo
al relajamiento de las aspiraciones, j el
cálculo egoísta 3' rastrero. Esta nueva
lacra social, ha desbaratado los legíti-
mos anhelos de quienes convencidos que
no podían surgir por las irradiaciones
de su talento se han engolfado en las
miserias del servilismo. ¡Cuantos cerebros
no fulguran por que los cubre el fango
de la ad3^ección! ¡Y cuantos espíritus vi-
gorosos están detenidos en los pliegues
de la capa que envuelve la antipática fi-
gura de Spoleta!
La indiferencia de los grandes j la
envidia de los pequeños son dos atala-
A^as implantados por el enemigo del pro-
greso. En un medio en que los unos ha-
cen el vacío j los otros socaban los ci-
mientos que sirven para encumbrarse los
entusiasmos se apagan, el espíritu decae
y la inteligencia aislada y abatida 3^ sin
un punto de apoyo no alcanza las alturas
que la naturaleza le destina.
Por otra parte, la condición de
unestro carácter, entusiasta con todas
las novedades, decidido en los primeros
momentos; 3" ¡pronto á abandonar las
— 59 —
empresas cin-o éxito depende del tiempo
y el esfuerzo constante, son un nuevo
obstáculo ])ara el desarrollo del talento,
que necesita perseverancia en el estudio.
Mientras la educación no corrija este de-
fecto nacional, tendremos en el carácter
un poderoso enemigo de nuestro adelan-
to.
La enseñanza de hoy consistente en
la continua repetición de la ciencia pasa-
da, aburre las inteligencias jóvenes y has-
ta las embota; resultando, no sólo defi-
ciente, en nuestro siglo progresista y ve-
loz cuyas teorías nuevas y febricitantes
marchan con la electricidad; sino también
perjudicial y retrógada. Debe, pues, re-
formársela ampliamente, proteger las le-
tras, enaltecer el verdadero mérito 3^ esti-
mular al talento, asegurándole holgada
subsistencia.
Debemos agregar que nuestra inte-
lectualidad nos parece pobre, porque,
como lo hemos dicho en otra parte, so-
mos incapaces de juzgarnos, debido á la
herencia del desdén \' el egoísmo españoles
y de la desconfianza quechua. Como ano-
ta Paz — Soldán, entre nosotros 'aparece
que sólo se tuviera talento y dotes natu-
rales para hacer pec|ueño al que la na-
turaleza crió grande 3^ para humillar y
despreciar al que debieran exaltar 3^ res-
petar," Para juzgar á los hombres del
— 60 —
presente es necesario trasportarse al por-
venir.
En resumen: las razas que forma-
ron el pueblo de Arequipa, al cruzarse^
dieron forzosamente hombres de talento
superior, que brillaron en una época de-
terminada, no porque sólo entonces na-
cieran, sino por que tuvieron la oportu-
nidad de hacerse conocer, después de su
desarrollo. Y hoy, como a\^er j como
siempre, existe potencia intelectual, algo
debilitada, es cierto, pero notable, y dis-
puesta á brillar, si hay una reacción.
^n^^aiPJ
Clasiñcación
La intelectualidad tiene diferentes
grados y, á medida que va ascendiendo,
es cada vez más compleja y difícil de
producirse. Estos son: 1° La masa igno-
rante, en la que puede haber, en poten-
cia, cerebros tan maravillosos que, si de-
sarrollasen, subirían hasta el último pel-
daño de la escala intelectual; 2^ La masa
de transición, en la que comienza el de-
senvolvimiento del talento, adquiriéndose
conocimientos más 6 menos vastos; 3^
El vulgo consciente, dentro de cuyos lí-
mites pueden las inteligencias perfeccionar-
en culquiera profesión, pudiendo llegar
á ser verdaderamente ilustres; 4^ El in-
telecto superior, que descuella de modo
notable entre las clases precedentes. Los
hombres que llegan á esta altura, van
á la cabeza del movimiento científico de
- 62 —
su época; en ellos, como en página bri-
llante, se lee la historia de los graneles
progresos; son timbre de gloria de los
pueblos en que nacen y tocan los lími-
tes de la sabiduría: forman la jerarquía
de la eminencia: 5^ La sabiduría. Los
que la poseen son gloria de los conti-
nentes y orgullo de la razas. Los sabios
abarcaxi de una mirada las horizontes
amplios de la ciencia, escudriñan los secre-
tos de la naturaleza, iluminan las pri-
meras etapas del futuro y viven en las
generaciones hasta que otros sabios opa-
quen el brillo de su fama; 3^ 6^ Los ge-
nios, admiración de la humanidad: viven
mientras ella viva. Su inmenso prestigio
no se eclipsa jamás.
El genio es debido *^á un conjunto muy
complejo, á un equilibrio mu3^ inestable de
las facultades cerebrales más humildes y más
elevadas. Como en un mecanismo muy com-
plicado y muy delicado, la rueda más peque-
ña es indispensable" (Lorain). Este último
grado de la intelectualidad es el más difí-
cil de aparecer. ^'En las innumerables
combinaciones que forma la herencia por
la unión de las naciones, de las fami-
lias, de los individuos; en esta inmensa
lotería del nacimiento, es apenas cuatro
ó cinco veces por siglo, cuando se en-
cuentra ese admirable equilibrio de las
facultades, que es á las fuerzas cerebrales lo
— 63 -
que la belleza es al conjunto del cuerpo."
No es pues, de extrañar que entre nosotros
no haA^a habido genios. Estas son plantas
exóticas en todos los pueblos, en todas las
regiones, en el universo entero.
Más. si estudiando ia personalidad
de Mariano Melgar venios que á los tres
años sabía leer, y á los ocho latín, 3^
que murió á los 24 dejando obras que
las instituciones de enseñanza conserva-
ron como rico tesoro para educar á la
juventud venidera, y estrofas que harán
llorar mientras haj^a corazón; no pode-
mos menos de crearle un lugar especial
entre el sabio y el genio, y llamarle cua-
si genio. Nació en 1,791. (1) Las pri-
meras fravSes balbuceadas en la infancia
se juntaron en él con las primeras luces
de la instrucción. Apenas frisaba con
los dieciseis años, traducía los clásicos
latinos en verso castellano. No sólo se
distinguió como literato j poeta, sino
también como maestro notable dominan-
do la Teología, el Derecho, la Historia
y las Letras, en una palabra todo el
caudal de ciencia de aquellos tiempos.
Cuando el Iltmo. Sr. de la Encina,
ingresó á Arequipa, compuso y pronun-
ció el joven Melgar un precioso discurso
en latín. El Obispo, que poseía correc-
(1) Esta fecha esta rectificada en el folleto antes
citado, — Melaban nació el 10 de Agosto de 1790.
— 64 —
tamente esta lengua, aplaudió calurosa-
mente al literato galano que le dirigió
la palabra, 3% comprendiendo su precoz-
y grande inteligencia, lo nombró profe-
sor del Seminario.
Melgar enseñó Filosofía y Matemá-
ticas y escribió varios compendios que
sirvieron á varias generaciones. Publicó
la Historia de la Filosofía en latín y
una Geografía de Arequipa, en versos
castellanos. Supo también dibujar, y se
cuenta que en sus ratos de ocio se en-
tretenía con la escultura. En cuanto á
sus conocimientos arquitectónicos debe-
mos mencionar que la coronación de la
iglesia de San Camilo, se debió princi-
palmente á sus cálculos y á su acertada
dirección.
Compuso varias poesías en ita-
liano y francés odas, elegías, fábu-
las políticas y cartas; hizo traducciones
de Virgilio y Ovidio, y creó un género
especial de literatura: los yaravíes^ en
que vació su alma sentimental y tierna.
Muchos de ellos se cantan en la actuali-
dad: son las lágrimas que vierte el alma
compleja de nuestro pueblo.
Algunos atribuyen al Dr. Juan Gual-
berto Valdivia la introducción de la Ta-
quigrafía en el Perú; pero debe tenerse
presente que Melgar, en su carta á Sil-
via, empleó caracteres taquigráficos.
- 65 -
De corazón ardiente 3^ patriota y
enamorado de la libertad, se alistó en
las filas de Pumacahua que dio el grito
de independencia en 1,814. Fué hasta
el sacrificio por sus grandes ideales. En
Humacliiri, el año 1,815, de manos de
los españoles recibió el martirio con la
serenidad de héroe. Cuánto podía espe-
rarse de este niño admirable, cuyos co-
nocimientos excedían inmensamente á su
edad.! Fué un insurrecto ideal! El des-
potismo tronchó la vida en flor de un
genio!
Al 5° grado de la intelectualidad
pertenecieron: D. Mariano Ed. de Rivero,
D. Mateo Paz-Soldan, D. Hipólito Una-
nue, que el 1,755 nació en Arica, enton-
ces provincia de Arequipa. Unánue, co-
mo médico, fué una notabilidad, 3^ mu\^
distinguido como litarato y matemático.
Escribió varias obras, pero la que hizo
resonar su nombre más allá del Atlánti-
co, fué la titulada ^'Observaciones sobre
el clima de Lima v sus influencias en los
seres organizados, en especial el hombre".
Su libro le abrió las puertas del mundo
científico. Fué proclamado miembro de
las Sociedades de Ciencias de Baviera, Fi-
ladelfia, Madrid y New York.
La política no fué tampoco extra-
ña á su vasto talento. Desempeñó car-
gos importantes y, entre ellos, la Presi-
~ 66 —
dencia del Congreso Constituyente en
1,823. Queriendo inmortalizar su nom-
bre, los naturalistas Ruiz 3^ Pavón lla-
maron á una planta ünanuea febrifuga
y, posteriormente, Raimondi nombró a
otra Ranún culus Unanuei.
D. Francisco de Paula Gonzáles Yi-
gil nació en Tacna (1,792). Estudió en
el Seminario de Arequipa 3^ en el mismo
enseñó Filosofía y Teología. Fué Dipu-
tado por Arequipa en el Congreso de
1,828 y en la Convención de 1,831. Las
obras que escribió este hombre de talen-
to prodigioso, le han valido para que en
los Diccionarios Biográficos se le consi-
dere como una de las culminantes nota-
bilidades americanas. Esto es prueba su-
ficiente del valor de sus méritos. La fa-
ma del gran Yigil perdura en nuestro
continente.
D. J. G. Paz-Soklan. Como profe-
sor del Seminario de esta ciudad, escri-
bió á los 20 años un tratado de Dere-
cho Canónico: fué éste el primer destello de
su luminoso talento.
En repetidas ocasiones sirvió á la
patria, como Ministro 3" como Magis-
trado. Su intelecto vigoroso 3^ erudición
admirable hicieron de él uno de los per-
sonajes más prominentes de entonces.
En 1,861 dejó la Fiscalía de la Corte
Suprema 3' se puso al frente de la Un i-
- 67 -
versldad de San Marcos. En la reforma
de la instrucción emprendida en esta épo-
ca, emitió dictámenes é informes que bas-
tarían por sí solos para crearle reputa-
ción de jurisconsulto y canonista. Los
artículos que publicó con el pseudónimo
de La Casandra le conquistaron lugar
distinguido entre los escritores de su
tiempo. Sus Vistas fiscales encierran un
tesoro de ciencia jurídica. Le eran fami-
liares los autores griegos, é hizo propia
la lengua de Horacio.
Presidió el Congreso Americano de
1864, y, en esta como en todas ocacio-
nes, dejó puesto su nombre á la altura
que corresponde á las grandes celebrida-
des. Algunas de las Notas que como Mi-
nistro dirijió á varias potencias, se con-
servan como modelos en la colección di-
plomática de Francia.
Escribió un folleto "Mi defensa" en
el que se vindica de los ataques que se
le hicieron. En su obra "Los derechos
adquiridos" combate rudamente la Dic-
tadura. Fué uno de los más notables
colaboradores de "La Bandera Bicolor,"
periódico de lucha. Como jurista sostuvo
que se estableciera la Penitenciaría con
trabajo comiin de día y aislamiento en
la noche.
El Re3' de Italia Víctor Manuel lo
condecoró con dos ricas medallas v le dio
- 68 —
el título de Caballero de la Orden de
San M atiricio y San Lázaro y, por úl-
timo, Lamartine le envió sii retrato con
una honrosa dedicatoria.
Cuando se estudia la vida de D. Jo-
sé Gregorio Paz— Soldán, el alma le ofrece
tributos de admiración sincera y se rinde y
se enpecjueñece como ante todo lo grande
y maravilloso.
D. Francisco Javier Ltina Pizarro
(1) empezó la carrera de sus triunfos en
las clases del Sr. Chavez de La Rosa.
Poco después lo hicieron profesor, y, cuan-
do se lanzó á la vida pública, deslumhró
al Perú independiente con el poder de su
inteligencia asombrosa. Su versación pro-
funda en casi todos los ramos del saber
humano, lo llevó á las regiones elevadas
de la fama. Fué consultor obligado de
los sabios que se encumbraron como él,,
y arbitro en las cuestiones políticas que
se sucitaron á raiz de la independencia.
En el primer Congreso de la República
desempeñó el honorífico cargo de Presi-
dente;, tuvo carácter enérgico, elocuencia
de grande orador j corazón de verdade-
ro patriota.
En la Universidad de San Antonio
(Cuzco) sirvió en calidad de Licencia-
(1) Véase el folleto citado.
— 69 —
do en Cánones y Sagrada Teología por
los años de 1,798. El año 1800 se reei-
bió de Abogado.
Desempeñó los cargos de Catedráti-
co, Yice — Rector y Rector en el Seminario
de San Gerónimo, y de Pro — secretario del
Obispado de Arequipa.
En España fué Capellán del Presi-
dente del Consejo de Indias y á sii re-
greso fué incorporado en el Cabildo de
lyima.
Por sus conocimientos lo nombra-
ron Examinador Sinodal del Arzobispado de
Lima y del de Sigüenza. Abascal lo liizo
Rector de San Fernando.
Como Jefe del Partido republicano
exaltado sufrió destierros 3^ persecuciones.
Fué Dean, Obispo de Alalia 3" Arzobispo.
En 1843 desempeñó la cartera de Hacien-
da. Sostuvo con D. J. G. Paz-Soldán
polémicas notables sobre cá,nones, seme-
jando esta lucha interesante, el torneo
de dos titanes del talento,
Francisco García Calderón nació el
1832. A los 26 años de edad publicó
su Diccionario de Legislación Peruana,
Cjue no necesita comentarios.
La reputación del joven autor es
casi mundial. El Académico español Vi-
cente Barrantes hizo un merecido elogio
de la obra arequipeña, declarando que
en cada una de sus páginas se encuen-
- 70 -
tran erudición exquisita y conocimientos
muy vastos. En su género, es el libro
de mayor aliento publicado entre noso-
tros 3^ en gran parte de la América. Antes
de darlo á la publicidad quiso García Calde-
rón conocer la opinión de los juriscon-
sultos más notables, cuando se dirijió á
Lima. "Con este objeto (dice) presenté á
mi llegada el Diccionario á los SS. DD.
Benito Laso, José Gregorio y Mariano
Felipe Paz-Soldán; quienes tuvieron la
dignación de verlo con detenimiento, y de
hacerme algunas indicaciones de que he
aprovechado esmeradamente." Dice tam-
bién: "Debo al Sr. Lazo una exacta y fiel
apreciación de las instituciones que prece-
dieron á nuestra independencia" D. J.
G. Paz^Soldán escribió ocho artículos
insertos en la obra iTicncionada.
En el Colegio de la Independencia
de Arequipa, García Calderón atraía
multitud de jóvenes con sus correctas
lecciones sobre Frenología, Fisolofía, Ma-
temáticas, Astronomía y Derecho, asig-
naturas de las que fué profesor. La Real
Academia Española de la Lengua, lo nom-
bró su socio correspondiente. Poseía el
latín, italiano, francés é inglés. Fué teólo-
go, canonista, economista y político no-
table. En los más difíciles momentos de
la guerra del 79 se puso al frente de la
Presidencia de la República, habiendo si-
- 71 -
do llevado como prisionero á Santiago.
Su vida pública es muy conocida.
Los que ponen en duda la superiodidad
intelectual de hombres de la talla de
García Calderón, revelan poca elevación
de espíritu.
Con Nicolás Piérola, (padre) catedrá-
tico de la Real Universidad de Madrid, con-
cluimos esta primera falange de celebridades.
En nuestro concepto debe colocarse
en la categoría de eminentes á los si-
guientes: D. Andrés Martínez. Nació en
1,795 3^ murió en 1856. Sus padres
fueron el Crnl Francisco Antonio Martí-
nez 3^ D^ Petronila Origuela j Olazaval,
dama de una de las familias más respe-
tables \^ antiguas de Arequipa.
Su inteligencia fué muy poderosa y su
corazón muy noble. Arrastraba á las mul-
titudes con la elocuencia de su palabra
y la fogosidad de sus sentimientos.
Su talento fué vivo y profundo.
Sirvió á su patria como Diputado y Se-
nador. Fué también Ministro en dos
épocas diversas. El haber sido secretario
de Salaverry fué la causa de que Santa
Cruz pretendiese victimarlo.
Desempeñó el papel más importan-
te en la Junta Calificadora. Apesar de
que era un dechado de virtudes cívicas,
la política, que incuba mezquindades, lo
arrojó de la Corte Superior á pretexto
72
déla reforma judicial. Se distinguió como
filósofo Y jurisconsulto. Cuando contaba
26 años de edad pronunció el Elogio del
Sr. Cliavez de La Rosa. Se refiere que
conmovió hondamente al auditorio que
le escuchaba y cj[ue lloró é hizo llorar
arrancando dolorosos gemidos á los niños
huérfanos, cuando les dijo: ''Hijos des-
graciados! que no gurtaréis la leche de
vuestras madres, sus cuidados ni caricias;
Cjue nacisteis para perecer en el momento,
C|ue habéis visto la luz para perderla lue-
go: sólo felices en exhalar vuestro último
suspiro, antes C[ue conservar una vida
de la que habéis hecho tan amargo en-
sa^'o; pues que vuestro primer llanto no
ha enternecido las entrañas que os con-
cibieron, ¿para qué habéis de vivir? ''
El Elogio es una pieza de gran mérito
literario. El 58 se escribía lo siguiente:
''El Perú pierde en el Dr. Martinez, el ge-
nio más vasto, el talento más profundo
que ha producido en la última época;
quizás la primera de sus ilustraciones con-
temporáneas."
D. Toribio Pacheco, D. Manuel
Toribio Ureta, D. José M^ Corvacho,
D. Juan G. Valdivia, D. Mariano Fe-
lipe Paz— Soldán, D. Benito Lazo, los her-
manos Quiróz, D. Pedro José Bustamante,
D. Evaristo Gómez Sánchez, D. Hipólito
Sánchez, D. M. Garaicochea, el D.
- 73 —
Rosas, D. Juan de Dios Salazar, el
Canianejo D. Diego Martínez de Rivera,
inmortalizado por Cervantes, D. Nicolás
de Aranivar, el camanejo D. Lorenzo
Llamosas, a^'^o de nn príncipe de Espa-
ña, D. Alfonso Eduardo Salazar 3^ Ce-
vallos y D. José Ignacio Castro nacido en
Tacna, D. José Simeón, D. Antenory D. Ger-
mán Tejed a son también eminentes.
Todos los demás nombres que la
tradición conserva como notables, deben
ser considerados entre los ilustres, porcjue,
indudablemente, sobresalieron entre el
vulgo consciente ó ilustrado de su época,
imponiéndose por su talento y distinguida
versación científica.
En las enumeraciones precedentes,
no se ha incluido ninguno de los
nombres de personajes que hoy sostie-
nen el brillo de la intelectualidad are-
quipcña, porque nos hemos propuesto
juzgar ligeramente sólo á los que han
terminado su misión, sellando nuestros
labios ante las figuras del presente,
que no han ganado, todavía, la cumbre.
Si en el momento histórico de la
gestación republicana la mentalidad se
desbordó sobre las estrecheces del me-
dio, es innegable que en la evolución
democrática actual de mejores delinea-
mientos y consistencia se conserva el
fuego sacro del pensamiento en las
— 74 -
lámparas inextinguibles ele cerebros
qtie si numéricamente han perdido de
modo notable, no ha sucedido lo mis-
mo, en cuanto á su fuerza poderosa,
á la intensidad de sus destellos y á
sus méritos indiscutibles.
Arequipa, Julio 15 de 1908.
JS
©arlos ©liirimis ^adícío
(Trabajo que obtuvo el segundo
premio )
^L^. í.>-i^ ^L^. i.:*'-tP«C. 4, i..:-lFi^C-C í.;=-1f>'
Al estudiar Augusto Comte el desa-
rrollo de la cultura humana, al través
de tantas y tan vanadas civilizaciones
ha concebido la existencia de tres estados
ó modalidades espirituales que, en sínte-
sis harmónica y definida, condensan no
sólo la acción, sino también el pensa-
miento de la raza humana en su evolu-
ción continua, persistente y amplia. Esos
estados-tipos son: el teológico, el metafi-
sico 3^ el positivo, hijos todos de la mane-
ra supernatural ó científica con que el
hombre ha mirado los fenómenos natura-
les 3' los grandes desenvolvimientos his-
tóricos. Para llegará esta concepción, el
eminente filósofo francés é iniciador de
los estudios sociológicos, al contemplar,
en el lil)ro del pasado, los fenómenos, á
veces contradictorios, á veces homologa-
dos y casi siempre fatales, de la vida
— 78 —
colectiva, ha tratado de conocer el espí-
tu que los informaba, mejor dicho, el
substrátum intelectual que los constituía,
presidiéndolos; y corolario de esas investi-
gaciones de supremo interés es este
principio: el progreso humano tiene por
base el adelanto intelectual.
Así, los hombres de las edades pri-
mitivas, queriendo explicar las cosas con
un criterio en concomitancia con su es-
caso desarrollo mental, — veían en los acon-
tecimientos más vulgares del mundo físi-
co la manifestación inmediata de la divi-
nidad y de lo sublime; era el estado teo-
lógico. En él, los cometas, el rayo la som-
bra, las nubes, las lluvias, las tempesta-
des, las plantas y los animales eran ob-
jeto de la admiración más burda é incons-
ciente, del entusiasmo místico, fetiquista;
porc[ue como el hombre, en esas épocas,
no tenía ni experiencia ni rica receptividad
intelectiva, al encontrarse ante la presen-
cia de algo que no podía resolverse
dentro de los límites de una inteligencia
entonces caótica, como se hallaba domi-
nado por el terror y como se sentía débil
en contacto con los maravillosos estre-
mecimientos naturales, acudía á lo divino,
á lo sobrenatural; originando así, en
consecuencia, el carácter esencialmente
religioso, pero de religiosidad politeísta,
de la antigüedad. Poseído por la duda,
- 79 -
animado por el miedo j acosado por la
facultad investigadora que encierra su ce-
rebro, tuvo el hombre que echarse en brazos
de los conceptos misteriosos, de las ideas
ultraterrestres. La inteligencia no razo-
naba, ni el entendimiento lucía sus alas
iDrillantes 3^ proteicas: era la imaginación,
herida por la hermosura del firmamente
por la excelsa magestacl del mar y por
la suma belleza de los paisajes naturales
la que, gastando la enorme riqueza ex-
pansiva j creadora de que se hallaba
dotada el alma de los primeros hombres,
formaba organizaciones célicas y constituía
paraísos é ideaba c[ue el universo, á se-
mejanza de una estructura viva, se halla-
ba animado por un espíritu superior, in-
tangible— Más tarde y merced á un len-
to proceso de integración psicológica, se
comprendió c[ue esos fenómenos que tan
bruscamente despertaran el sentimiento
religioso eran epifonemas de las fuerzas
cósmicas en perpetuo, hondo 3^, á la xqz,
rítmico movimiento. La audacia humana,
— siempre insatisfecha y animada siempre
de las rebeldías del Prometeo griego, —
buscaba, en su anhelo de esclarecer los
misterios j vislumbrar las incógnitas, un
criterio menos idealista y menos nebuloso
y sombrío. La ignorancia y el terror
hicieron que el hombre concibiera el mun-
do como escenario inmediato de los dioses:
— so-
la ciencia, hija de la penetración, iba, len-
tamente es cierto, levantando su cetro
para imponerlo más tarde como soberana
omnída, como renegadora de mentidas
hipótesis y como incubadora de osados
avances. Se buscó la oscuridad del pro-
blema dentro de la estructura del pro-
blema mismo; y entonces nació el cono-
cimiento de la cosa por la cosa, del he-
cho por el hecho. Variada, como se
ve, la base intelectual, la idea acerca de
origen de las cosas sufrió una diferencia-
ción lógica y compleja. En vez de dioses
innumerables, con funciones antitéticas,
con psicologías multiformes y con simbo-
lismos oscuros y anbiguos, concibióse la
existencia de una serie de ideas abstrac-
tas é imprecisas para explicar los fenóme-
nos humanos. Pensóse cjue el hombre
está, férreamente, ligado á Dios, entidad
infinita é incomprensible, que sus actos
obedecen á la determinación de la volun-
tad eterna cjue su progreso es secreción
de la inteligencia suma y que su fin se-
cular,—negro abismo de las concepciones
religiosas, acicate cjue destroza las con-
ciencias, infiltrándolas oscuro pesimismo,
—era c[ue el autor augusto de todas las
existencias cjuisiera darle. El hombre se
movía dentro de un círculo limitado. Su
acción se derivaba de algo superior. La
vida, considerada en su aspecto biológi-
- 81 —
co, en su característica económica, en su
sentido de orientación social, dependía del
querer, sustancialmente sagrado, de una
entidad que cernía su espiritual 3" misterio-
sa organización en los horizontes estériles
de lo insondable y de lo oscuro. ¿Para
qué vive el hombre? La lucha por los
ideales santos, el sacrificio sublime por
la salvación de los demás y la terrible
y ciega inclinación, más mecánica que
informada por el principio libertario, de
procurar un avance, no obedecían á un
impulso nativo de la especie. Sometida
ésta al influjo directo de un motor im-
palpable, todos los esfuerzos perdían su
hermasa y sugestiva significación antro-
pológica. La humanidad, parece, en el
concepto comtiano, que aún necesitaba
de las ideas sobrenaturales ó metafísicas,
las cuales venían á constituir el aliento
del estado calificado con este último epí-
teto. Y la evolución intelectual seguía
desenvolviéndose. Cuando la mente huma-
na puede dar solución, al menos aparente,
á los enigmas que le ofrecen la materia
y la fuerza en marital consorcio, se dibu-
ja el período positivo. Como las creencias
en lo absoluto 3^ en la providencia no pue-
den ser depuradas en la crisol de la vida
real, todos los sabios las abandonan; y
uno que otro como Spencer, no reñidos
completamente con el pasado, las releo-an
82
á las regiones de lo incognoscible. En
tal situación, los hechos humanos reciben
una interpretación física. El hombre jun-
to con sus modalidades intelectuales y
volitivas, obedece á los influjos qtie de-
terminan la herencia j el medio ambien-
te. La humanidad va perpetuándose á
fuerza de irse bifurcando en el tiempo y
en el espacio. Se educa por sí misma; la
realidad es su maestra severa; la historia,
la testigo implacable j la ley darwiniana,
el principio del progreso.
En una obra tan demoledora como
''El Misticismo Moderno", Troilo, ha
escrito estas líneas que condensan, casi
sintéticamente, el pensamiento de Comte.
"Cuando la mente se hunde en el mis-
terio de los siglos, para sorprender el
secreto de la evolución psicológica humana
parece que se asiste á una grandiosa aurora,
primero tiniebla alta y densa, después
una tenue, indistinta indicación de clari-
dad, después aún matices ligeros, ondean-
tes, fantásticos, de luz más bien páli-
da que rosada, después estremecimientos
amplios y decididos, chispas y rajaos de
luz, una fantasmagoría de fuego, derra-
mándose de una gran vorágine. Después
todo aquel confuso torbellino se extiende
á través del horizonte á lo largo, á lo
alto, en un campo de luz difusa, tranqui-
la y segura''.
— 83 -
No queremos entrar en el examen
del positivismo, pero en lo qne se refie-
re á la comprensión de la psicología hu-
mana, pensamos que, por derivarse la
interpretación científica de ésta, de premi-
sas de carácter, más experimental que
teórico, merece amplia aceptación. El
grande hombre no es el mito de antes.
El hombre ilustre, por su capacidad in-
telectual, por el hercúleo vigor de su
carácter 3" por la notable dosis dé reno-
vación social, no es el enviado de los
dioses para llenar una labor extraordina-
ria y fecunda en ricas \^ prodigiosas
oleras. El hombre eminente-síntesis de en-
tendimiento Y de acción persistente y pic-
tórica de vitalidad,— nace cuando la raza
es fuerte, moral 3" orgánicamente, cuando
el medio fauorece el desarrollo de las cua-
lidades nativas 3^ cuando el momento,
que simboliza la suprema necesidad de
las patrias 3^ ele los tiempos, parece que
llamara, con frases de deseo inextingui-
do, á algiín guía, á algún superhombre,
como diría Nietzche, el filósofo de las
energías.
La raza, como factor de sangre, con
todos los fatalismos de la herencia; el
medio, como factor físico 3^ social, con-
densando las diferenciaciones que impri-
men el suelo, el clima, los alimentos, las
costumbres, las religiones, los idiomas,
- 84 —
las normas políticas; y el momento, como
factor de preparación, — en hermosa euca-
ristía,— serviránnos para emitir nuestra
opinión sobre la atrevida y sugeridora
interrogación sociológica hecha por el *'Cen-
tro de Instrucción".
ííiifliaflffSíR-^^^^*^^
-riSJrifir«#ii-riS-ríiJrTi4rtj-r«-rtsirti-^
Lsl Hazsi
La especie humada es una; pero,
dentro de la uniformidad orgánica, sur-
gen diferenciaciones más ó menos concre-
tas. Muchas de éstas, forman varieda-
des, matices hgeros, que nunca afectan
el indisoluble analogismo, de origen y de
caracteres orgánicos, intelectuales y, mo-
rales,, que se observan en los hombres,
sean cuales fueren los continentes en que
ha^^an aparecido (teoría poligenista) ó
las perturbaciones, no muy hondas, que
han creado en el homo sapiens, nacido
en un sólo punto del globo (teoría mo-
nogenista), — desigualdades relativas, por
lo cjue al color, á las costumbres j á la
manifestación de los sentimientos se re-
fiere.
La ciencia antropológica se ha en-
cargado de definir lo que es la raza.
Así el sabio fracés Quatrefages ha dicho:
"La raza es el conjunto de individuos se-
— se-
mejantes que pertenecen á mía misma
especie y que han recibido y trasmitido
por generación los caracteres de tina va-
riedad primitiva".
Y al través de los siglos, — cjue en
las grandes eras evolucionistas son mo-
mentos fugaces, — las razas van perpetuán-
dose con todas sus cualidades de adap-
tación, con todas sus inclinaciones de
progreso, con todas sus pasiones morbo-
sas, sombrías ó regeneradoras. El tiem-
po las hace vivir y las multiplica, La
herencia las continúa en sus expansiones
psicológicas. Y los individuos, siguiendo
la trayectoria fatal, ofrecen los carac-
teres atávicos y engendran, cuando son
agentes de vida intensa y rica, modali-
dades que significan cambios de renova-
ción, de esfuerzo de lucha y de sacrificio.
Es el idividuo tratando de imponer su
soberanía espiritual 3^ fisiológica.
Para explicar los hechos de los pe-
ruanos, para comprender las aberraciones
á que han dado vida, para entrever el
porvenir que ha de tocarles, hay c|ue
estudiar las cuaHdades de los progenito-
res; porque así como éstos trasmiten el
color y los rasgos más saltantes de la fi-
sonomía, así también legan las cualida-
des intelectuales y eticas que, en la gene-
ralidad de los casos, presiden é imprimen
carácter al movimiento social.
87
En la evolución de la cultura, lia
tocado á los pueblos europeos diferentes
maneras de actuar respondiendo así á los
mandatos derivados de las influencias ex-
ternas clima alimentación abundancia de
elementos vitales, herencia imitación
sugutión. Al paso que á los ingle-
ses puede llamárseles industriales; á los
alemanes metafísicos 3^ poetas; á los
franceses, creadores de nuevas y más
igualatarias orientaciones políticas: á los
españoles se les debe comprender bajo la
denominación genérica ele guerreros. No
se quiere decir con esto c|ue el glorioso
pueblo que arranea su ilustre genealogía
<le los iberos 3^ celtas, no ha3^a dado
pruebas elocuentes de poseer, en su es-
tructura espiritual, notables facultades de
orden estético é intelectual. Caso de
afirmarlo, el libro genial de Cervantes,
el talento maravilloso ele Lope ele Vega,
las odas pindáricas de Herrera, el numen
de Luis de León 3^ Argensola 3^ los cuadros
de Murillo, Yelásquez 3" Ge)3^a, reclama-
rían la gloria que merecen 3^ que la humani-
dad civilizada, hace muchos siglos, les dis-
cerniera. Indicamos con nuestra afirma-
ción que todos los pueblos tienen una
característica sociológica que les distingue,
que los separa 3^ c[ue, en cualquier mo-
mento, sería bastante para diferenciar-
los.
— 88 —
Pueblo guerrero el español, tiene un
bautismo de sangre. No bien los iberos
hubieron invadido la península, euando
los celtas, por opuesta dirección, también
lo hacían; y al encontrarse esas dos ra-
zas ])rimitivas, antitéticas en sus tenden-
cias, las luchas más encarnizadas y los com-
tes más fieros, decidieron Cjue ambas á dos,
no pudiendo conocerse por ser fuertes y
heroicas, deberían unirse para elaborar
los primeros agregados de una nación.
Más tarde, griegos, cartagineses 3^ roma-
nos sembraron nuevamente la discordia;
3^ fruto de ésta fué la guerra que con-
cluyó por determinar el predominio de
la ciudad del Capitolio — Vienen en segui-
da visigodos 3^ vándalos, que encienden
una nueva horrible lucha. Luego los ára-
bes interrumpen la dominación godo — cris-
tiana; 3^ entonces, el fanatismo religioso
3^ nacional, fuertemente excitado, lánzase
á, la pelea homérica de ochocientos años,
conocida con el nombre de la reconquis-
ta. Al fin la raza hispana logra expul-
sar á los invasores, constitu3"endo así la
hegemonía de su sangre, de su religión
3' de su rey.
Pero ese pueblo, educado en una es-
cuela de guerra, animado por ideales de
sangre 3^ de triunfo, ardoroso cre3^ente de
una religión que c|uería extender por los
confines del universo,— careciendo de her-
- 89 -
mosos escenarios para lucir sus cualida-
des,—buscó un nuevo mundo, en el cjue,
sus hazañas j sus victorias, pudieran
proporcionarle, al par que fortuna, el lus-
tre de la fama. Fué entonces que dos
aventureros, Hernán Cortés y Francisco
Pizarro, conquistaron los imperios de Mé-
jico 3^ del Perú.
Prescindiendo de la cualidad guerre-
ra,—que en el espíritu del español consti-
tuye una modalidad palpitante y robusta,
—entremos ahora en el análisis de los
defectos virtudes que informaban su ser.
La herencia trasmitió á los españoles
la desunión y la desconñanza, el ardor
poético^ el fanatismo religioso, la verbo-
sidad y el afecto á las formas jurídicas,
así como el valor de que los hijos de la
península han dado señales y el poco
apego a los estudios ñlósoñcos y cientí-
ñcos. La desunión y la desconfianza les
venía de los iberos y celtas; el ardor poé-
tico, de los hijos del desierto y de las
influencias de la cultura latina; el fana-
tismo, de los visigodos, celosísimos de
su personalidad y de sus creencias; la
verbosidad y la inclinación á las cuestio-
nes forenses, de los griagos j romanos,
los primeros creadores de la oratoria y
los segundos padres de la jurisprudencia;
el valor indiscutible y siempre ardiente,
había crecido ardoroso á mérito de un
— 90 —
proceso constante, de ideales uniformes,
V de la frecuencia con que las guerras
se verificaban; 3^, ])or último, el poco ape-
go a los estudios filosóficos y científi-
cos, nacía de lo preocupados C]ue CvStu-
vieron en las colosales guerras sostenidas
durante largas centurias, así como del
carácter insustancial y ligero de las gen-
tes. El español es soñador, porcjue el
ensueño es lujo 3^ derroche, es imagina-
ción cristalizada.
La raza española es inteligente^
pero no con una inteligencia profunda
é incisiva como la de los pueblos teutó-
nicos, sino con una inteligencia pronta
fugaz y viva en concomitancia en su es-
píritu ligero y movedizo. De aquí Cjue un
ilustre joven peruano haya dicho "que
la raza española es explosiva" (1). Pe-
ro donde se nota la superficialidad del
español, es al considerar cjue las ciencias
naturales, sociológicas y filosóficas no le
deben ninguna orientación renovadora.
Fanáticos como católicos y como vasa-
llos, perdieron, en gran parte, el altivo
sentimiento de libertad cjue herederan de
Yiriato. Acostumbrados á la guerra, las
industrias que son el principal motor de
adelanto en la vida colectiva, si nacieron,
en cambio no pudieron progresar. I para
ma3^()r desgracia, — en el desenvolvimiento
del factor económico,-cometieron la torpe-
— 91 —
za ele expulsar á los moros, que eran el
alma de la agricultura y del comercio.
Ese funesto paso fué dado porque la de-
mencia religiosa así lo aconsejó.
En resumen, España era una colec-
tividad de valientes y de audaces, infor-
mados, de una manera fatal, por creen-
cias religiosas que los convertían en
juguete de los caprichos de un clero
ambicioso, j por ideas, no menos malé-
ficas, en el orden político, que ante la
consideración de un re}^ representante
según ellos, de la majestad divina, rendían
sus vidas Y sus fortunas. El hombre
enérgico era una concreción extraña,
Como quiera cjue desde los primeros
siglos de la conquista, la alianza entre
las razas española y quecha fué una rea-
lidad tangible conviene á todos
los que intenten conocer el alma nacional
de los peruanos, estudiar, con los pocos
datos que existen 3^ escasas observacio-
nes que se han realizado, las cualidades
de los indios.
Un imperio poderoso, rico en alto
grado, inmenso en extensión, era el pa-
trimonio de los incas. Estos, con la
perspicacia que acompaña á los meneurs
políticos, lograron dominar á las tribus
indígenas, presentándoseles como envia-
dos de la divinidad para hacer la felicidad
éstas. Los indios se sometieron, porque
- 92 -
se les hablaba en nombre del sol que,
para ellos, era el principio de la vida.
Los incas enseñáronles varios secretos de
la civilización en permuta de la sumisión
que exigían. Una moral estrecha, — cuyos
dogmas eran tan poco numerosos que su
aprehensión intelectual se hacía sumamen-
te facíil, — presidía el desarrollo del pueblo
quechua.
Pero si es indemostrable el progreso
que alcanzaron los indios en el régimen
incaico, es también cierto que los frutos
ele ese adelanto, que debían redundar en
su beneficio, convergían casi en su tota-
lidad en favor de los incas, los que, a
la vez que querían servilismo en materia
religiosa, exigían pasividad material j
política. Sólo así puede concebirse el
establecimiento del comunismo, que vino
á matar á todo ideal de independencia,
todo anhelo de mejoramiento individual,
todo avance revolucionario. Era el impe-
rio de los incas una máquina: el subdito,
el indio, á semejanza de una rueda en el
gran mecanismo, se movía; llenaba, fatal-
mente, la función que se le había impues-
to; pero la conciencia, que es el más su-
blime atributo del hombre, habíase atro-
fiado, derivándose de esa atrofia la más
triste y desventurada perdida de la per-
sonalidad.
Los indios como entidad social al-
— 93 -
canzaron brillantes iiormavS de civilización.
La agricultura, la principal entre éstas,
llegó á tin estado de adelanto, insupera-
do, por las generaciones posteriores. Las
ideas religiosas, por cuA^a monstruosidad
puede venirse en conocimiento de la índole
científica 3" de la percepción mental de
cada raza, eran no muy burdas. En las
artes, son tan numerosos los vestigios
de notable valor estético que nos han
legado los indios, que admira así el ta-
lento que presidió su génesis, como la
fecundidad que ofrecen. Fijándonos en el
factor político que, eu la vida de los
pueblos, sirve de termómetro apreciador
del instinto social, tendremos que con-
cluir afirmando que la colectividad pe-
ruana llegó á concreciones avanzadas,
mucho más perceptibles si se dirige la
invertigación hacia el lado económico.
Veremos que en el imperio no existían
las clases proletarias, que constituyen
la espada de Damocles de la vida
contemporánea.
Las sustancias alimenticias eran
abundantes: el ideal de la escuela marxia-
na se cumplía, el m'i^terialismo histórico
se realizaba. Pero el, imperio incásico era
como una tumba. No sentía las grandes
palpitaciones de la vida, ni su alma, me-
dio tímida y medio esclava, jamás se ha-
bía estremecido ante el beso generador de
- 94 —
ningún anhelo 3^ de ninguna ambición.
Siglos tras siglos, conG|uista en pos ele
conquista, emperador tras emperador, ge-
neraciones en pos de generaciones; 3^ la
sociedad india, cual un lago muerto, — des-
preciado por las tempestades, engrendra-
doras del movimiento y de la pasión,—
seguía vegetando. Ante la admiración del
sol 3^ de la luna, ante el amor al inca,
ante el respeto á la instituciones del pa-
sado, ante el goce de una tranquilidad
musulmánica, el indio se había adorme-
cido en lina nostalgia indefinible, vaga,
vaporosa. El indio era tm instrumento.
El indio era un motor que se movía por
los impulsos trasmitidos desde épocas pre-
téritas y sombrías. El indio, incapaz de
dar origen á cosas nuevas, vivía de
acuerdo con la trodición 3^ el pasado.
Era, en c(m secuencia, un ser que á vir-
tud de los grandes males á que da ex-
istencia la servidumbre, había perdido
toda iniciativa, todo estímulo de pro-
greso.
Una sumisión tan absoluta como
la que hemos señalado en los indios, tie-
ne explicación racipnal. Es sabido que la
especie humana, en todas las familias
que la constitu3'en, se halla sometida al
influjo de los sentimientos de afecto 3^ de
bondad. Las grandes luchas tienen por
punto de partida las terribles injusticias,
-Go-
las iniquidades nionstrosas. Conocedores
de este apotegma * sociológico, los incas
hicieron que el amor y la mansedumbre
fueran el dinamismo que alumbra á su
imperio. Y para que la religión les sir-
viera de apoj'O en su deseo de predomi-
nio, se presentaron como hijos de Dios.
Veía el indio, en ellos, al padre, al sa-
cerdote, á la divinidad; y resultado de
sus naturales temores fué ese respeto que
mató la conciencia personal y el alma
de esa raza, tan noble como desgracia-
da. El único objetivo del indio era el
servicio de su señor, de su inca; á la vez
maestro y, á la vez, juez y pontífice.
Pizarro, al matar á Atahualpa, produjo
en la psicología indiana un movimiento
de estupor 3^ desesperación: el monarca,
el ungido, el c[ue condensaba las aspira-
ciones de un pueblo, el símbolo viviente
de muchas almas y la piedra angular de
muchas generaciones y de innumerables
anhelos, pereció por la alevosía de un
aventurero audaz y despiadado. Desde
entonces, los indios, huérfanos de entu-
siasmo y de amor, penetrados del ma-
yor de los rencores, oprimidos por el
más hondo pesimismo, van desaparecien-
do en perpetua peregrinación. Y para
que sus lamentos tengan intensa reso-
nancia, buscan el alcohol, que agita sus
nervios 3' electriza su cerebro, debilitado
— 96 —
por tantas y tan bruscas como clolorosas
impresiones.
El ilustre intelectual arequipeño, doc-
tor clon Jorge Polar, ha escrito, entre
otros, estos hermosos renglones:
«Y no por ser larga fué lenta esa
decadencia; al contrario, fué rápida, fué
violenta: todo entró, al mismo tiempo,
en descomposición en España. Sólo que
como la gloriosa nación caía de tan al-
to, tardó mucho en caer: dos intermina-
bles siglos.
«Y los españoles de la decadencia,
los de los siglos diecisiete y dieciocho,
fueron los que colonizaron la América;
ellos la formaron casi enclusivamente,
porque los brillantes tercios conquistado-
res pasaron pronto; hiciéronse pedazos
ellos mismos. La turba heroica no tu-
vo tiempo de dejar profunda huella en los
vencidos imperios americanos.
«Y eso, el haber sido colonizados
por una raza que decaía, fué la inmensa,
la irreparable desgracia de la América».
Estudiando á los indios, el mismo
escritor dice:
«Lo que al quechua le faltaba era,
sobre todo, carácter. Su larga, su se-
cular indiferencia por todo lo que fuera
independencia individual, habíale produci-
do atrofia profunda de la libertad».
Hablando del carácter de España,
- 97 -
el sociólogo peninsular Manuel Sales Fe-
rré, ha evScrito lo que sigue: — «En dos oca-
siones se ha mostrado la conciencia so-
cial española falta del vigor recju crido
para elevarse á un grado de cultura 3^
de organización social superior al del an-
tiguo régimen: el reinado de Carlos III
y el de Isabel II. En el dichoso reina-
do de Carlos III, España pareció desper-
tar de su sueño sesular, al choque con
las ideas de la nueva filosofía social......
El triunfo pareció entonces defi-
nitivo; pocos fueron los contemporáneos
que no crej^eran ver surgir una nueva
España libre, culta y progresista. La
decepción ha sido terrible. Hoy todo lo
social ha muerto entre nosotros; sólo
queda vivo lo individual. (2) «Esto sig-
nifica que España es un pueblo que de-
genera á paso rápido. — La raza madre,
la progenie heroica y púgil, la gente lu-
chadora Pela^^o: todo va debilitándose.
Y nosotros los peruanos, seres en cuyas
venas late la gloriosa sangre ibérica, te-
nemos que sufrir las mismas consecuen-
cias, la misma inercia. Esa laxitud del
carácter que vá infiltrándose en la con-
ciencia social, así como en la individual,
es signo de decadencia 3^ promesa de
próxima desaparición. Como herederos
de españoles y de quechuas, nuestras as-
piraciones no tienden á encarnarse en he-
— 98 —
chos palpitantes de energía y pletórica
pujanza: amamos el ideal vacío j vago,
queremos la felicidad medio nebulosa y
medio intocable. Somos hijos del pasa-
do: la tradición es nuestra rutina. Va-
no es el movimiento propulsor é inútil y,
sobre todo, estéril el aliento ele genera-
ción y de vida nueva; solo nos gusta lo
que fué: no lo que será.
Hemos hablado de la raza peruana,
asistiendo á su nacimiento. ¿Qné cuali-
dades tiene? ¿Qtié defectos posee? — «La
herencia en su ascención genérica, — ha
escrito Ribot, — es la ley biológica por la
cual todos los seres dotados de vida
tienden á repetirse en sus semejantes»
Los actuales peruanos y los que les han
antecedido, poseen las condiciones ya
buenas, ya malas, que lucieron en el es-
píritu de los primeros individuos los cua-
les por un lento proceso fisiológico, han
ido reproduciéndose hasta aumentar con-
siderablemente el número de los descen-
dientes. Si las razss española y quechua
han sufrido diversas combinaciones en
sus carectéres étnicos, es natural que esas
combinaciones, resultado de la unión, ofrez-
can los relieves más importantes de los
elementos orgánicos C[ue las han consti-
tuido. La raza peruana es la síntesis
resultante. — Por lo mismo, ha}^ Cjue ver
si los lincamientos psíquicos de españo-
— 99 —
les y quechuas reviven ó han revivido
en el alma ele los peruanos. ¿Cuál es
el substrátum intelectual, moral y voliti-
xo de éstos? Podemos decirlo en pocas
palabras. A una inteligencia despierta
3' ligera, á un temperamento excitable X'
melancólico, á una voluntad sin firmeza,
sin persistendia. sin lastre que la conten-
ga, sin robustez biológica que la haga
respetable, sin concatenación en sus ma-
nifestaciones, une el alma peruana una
verbovsidad vacía, una inclinación á la
oratoria emotivista, un tono de tristeza
3' de misticismo en la poesía, un apego
á la discusión hiriente del foro, una ines-
tabilidad acerca de la ilusión ó deseo
concebidos y, sobre todo, una debilidad
enfermiza enemisfa del carácter v del
aliento soberano, acompañada de prema-
turo y fatal pesimismo. Así como so-
mos inciertos en nuestro modo de obrar,
así como nos sentimos poseídos de un
estigma de indiferencia, así también la
desunión y el ergotismo, resabios de los
íberos 3^ celtas, nos aislan 3^ nos sepa-
ran.
Los españoles nos han legado, — por-
que ellos también lo heredaron, — la ver-
bosidad, la imaginación sensiblera, el
afán de los pleitos, la desunión, el egoís-
mo, el fanatismo 3' la ambición á veces
sublime, frecuentemente rastrera nunca
— 100 —
perdurable y eficaz. En cambio debemos
á los quechuas el escepticismo, el acento
plañidero 3^ excesivamente triste de la
poesía nacional; la paciencia para resis-
tir, en el orden político, los más inicuos
sistemas de administración; la humilla-
ción cjue nos acompaña cuando nos ha-
llamos ante un individuo que ha sabido
imponerse ó por su audacia ó por nues-
tra inercia; 3^, más que todo, la falta de
carácter y la carencia de iniciativa, que
son las más terribles enfermedades mora-
les. Estos atributos que significan de-
generación de la especie, nos han sido
trasmitidos por la raza vencida, por la
raza muda 3- estéril, por la raza sin Dios,
sin Patria, 3^ sin hogar. También ha
contribuido en este orden de cosas, el
clima cjue enerva nuestro organismo sin
educación y sin finalidad trascendente,
quizá si también las facilidades económi-
cas que antaño brindara nuestro suelo
fecundo.
Los españoles además de las cuaH-
dades que hemos indicado, nos han tras-
mitido la tenue 3', á veces, funesta 3^
ponderable irritabilidad política. Las ciu-
dades antiguas, entre las cuales contare-
mos á Atenas, Esparta 3^ Roma, cu3'o
influjo internacional fué decisivo, vivían
vida enteramente política. Los asuntos
del estado no tenían, como ho3', una se-
— 101 —
ríe de profesionales. En esas épocas, los
adultos 3' los viejos, sin distinción de
clases y de oficios, interveníí^n por medio
del voto personal en la marcha de la so-
ciedad. Un tanto extinguido ese ardor
por la cosa pública, ha venido á formar
parte integrante, — al menos entre las mul-
titudes inconscientes, — de nuestra persona-
lidad ciudadana: díganlo, si no, esas in-
numerables revoluciones de principios de
la anterior centuria. Valientes como po-
cos, despreciadores de la existencia 3" fá-
ciles de someterse á las influencias, no
siempre sanas, de políticos audaces, los
españoles nos dejaron el deseo de la lu-
cha civil, junto con el sentimiento nega-
tivo de estabilidad social. Lejos de lucir
las inteligencias privilegiadas de Newton,
Descartes 3^ Gutemberg, los hijos de la
península vSe enorgullecían al presentar ca-
pitanes como Gonzalo de Córdova y hé-
roes como Guzmán el Bueno. El atraso
de su cultura, tiene así una explicación
racional. La norma militar superaba á
la norma ineelectual, que es fuente de vi-
da intensa 3^ progresiva.
fl íi WÍí WÍl ^ W WM
El Medio
¿Qué es el medio? El sabio Qua-
trefages lo ha dicho: «es el conjunto de
condiciones ó de influencias cualesquiera
que sean, físicas, morales ó intelectuales
que pueden obrar sobre los seres organi-
zados.»
Nuestra inteligencia no vá a dirigir
sus miradas á un mundo en el que las
maravillas de lo industria, hubieran con-
tribuido al desarrollo económico y mer-
cantil. No van á estimular su atención
la brillantez de las ciencias y el apogeo
de las artes 3^ letras. La amplia liber-
tad política, madre del resurgimiento de
los pueblos, no ha de herir, con sus re-
lampagueantes matices, nuestras retinas.
La instrucción, vehículo de ideas regene-
radoras, portavoz de los descubrimientos
civilizadores, no desparramará ante noso-
tros sus preciados dones. Vamos á en-
trar en horizontes de brumas, rara vez
— 104 —
desvanecidos por un rayo de luz intensa
3^ esplendorosa- La época del coloniaje,
etapa de tristeza y laxitud, de esclavi-
tud y oscurantismo, nos demostrará que
los gobiernos que buscan únicamente la
explotación de las gentes, conducen á
éstas á la miseria, así como á la estul-
ticia, acortando en consecuencia el cami-
no que conduce á los pueblos para lle-
gar a la senectud, cuando no á la de-
saparición.
¿Qué sistema de colonización empleó
España? A la tisanza de un minero que,
sin procedimientos científicos, piensa tan
sólo en extraer el metal para locupletar
sus arcas, la corona española halló en
el Perú im filón de inapreciable valor,
que debía explotar inmediata, rápida-
mente. Todo su empeño consistía en sa-
car oro 3^ más oro, sin fijarse en los de-
rechos que se hollaban, sin meditar en
los odios que lentamente se iban forman-
do, como sedimento aterrador; y sin com-
prender que ese pueblo peruano, que ha-
bía salvado las penurias del erario his-
pano, merecía que siquiera una parte de
sus riquezas se transformara en elemento
civilizador de sus gentes. Para lograr
su intento no hubo valla que respetasen,
ni, obstáculo que no salvavSen. En vano
el evangélico verbo de Las Casas protes-
tó de las iniquidades de que los indios
— 105 —
eran objeto, en vano los re3^es españoles
y sus representantes dictaron quizá por
un fenómeno, explicable, ele simulación —
numerosas ordenanzas para aliviar las
cargas que pesaban sobre la raza venci-
da en vano el inmortal Pumacaliua, sin-
tiendo los dolores de muchos siglos, le-
vantó el pendón de la revuelta, en vano
el conde de Aranda aconsejó, sabiamen-
te, la libertad de América. Todo fué en
vano: España y los hombres que expor-
taba á nuestro suelo no tenían otra mi-
ra que exprimir nuestras riquezas para
obtener el mayor rendimiento. La jus-
ticia era una ficción: sólo la iniquidad
irritante pesaba sobre las almas esclavi-
zadas.
Para justificar los renglones que
acabamos de escribir trascribimos lo que
sigue; «Si se tratase de investigar los
principios económicos que prevalecían en
España hasta fin del siglo antepasado,
por las leyes fiscales que dictaban los mo-
narcas españoles, cuando menos hasta el
advenimiento ele las cortes generales de
1812, habría que concluir que no regía
principio alguno de los ya entonces cono-
cidos por la ciencia económica, ni se pre-
curaba fomentar, ni siquiera conservar
los elementos de riqueza que brotaban
espontáneos ele la exuberante tierra de
América" (3).
— 106 —
La importancia del factor económi-
co no puede ponerse en duda, ni su in-
fluencia en el desenvolvimiento de la cultu-
ra colectiva será jamás bien comprendida.
De ambos, se deriva el célebre dicho:
Primo yivere, deinde philosoohare; pri-
mero vivir, después ser bueno, artista, sa-
bio, ciudadano, apóstol y hasta mártir",
en el estilo, de Buixó Monserdá. Corro-
borando esta afirmación poco idealista
para ciertos espíritus alados, Alfonso As-
turaro, eminente sociólogo italiano, ha
escrito estos renglones: '^Es evidente que
al menos en su estado mínimo, la pro-
ducción humana y las relaciones econó-
micas, pueden surgir y subsistir por la sola
acción de las necesidades más fundamen-
tales del animal — hombre, que son las de
nutrirse y resguardarse del ambiente exte-
rior, independientemente de cualquier otro
fin humano. Así, dadas estas necesidades,
estas cualidades y estos circunstancias,
podemos deducir el fenómeno económico^
al menos en su estado mínimo, como si
no existiesen los demás fenómenos socia-
les humanos" (4).
Es, pues, el factor económico el ner-
vio de toda sociedad. Si se le prestan
los auxilios que la ciencia prescribe, si se
le imprime una dirección conveniente para
que su misión sociológica se realice, la
sociedad en la que aquél actúe progre-
- 107 —
sará de una manera flefinida 3^ cohorente,
como diría Spencer. Mas, si como lo hi-
cieron los españoles, se prefiere el aprove-
chamiento inmediato, el consumo rápi-
do al consumo lento, entonces el mecanis-
mo colectivo sufrirá hondas convulsiones
j su potencia tendrá al fin, que sucumbir.
— Sin dinero bien monejado, la sociedad ó
parece ó se degrada: fatal dilema que de-
be ser la pesadilla de los gobiernos. Las
escuelas, los colegios, las industrias, los
ferrocarriles, los caminos y la distribución
de la iusticia, han de ser alimentados
por el capital, para producir, según sus
condiciones entitativas, el progreso de que
son origen y fuente. Con sólo fijarnos
en la conducta económica de España, de-
duciremos los enormes daños que, nos
ha causado, ya en el desarrollo de la
cultura intelectual, va en la marcha de
las instituciones, jr en los hábitos que
lentamente se han ido infiltrando en la
psicología de las gentes. Para ciertas
personas que animadas por el misoneís-
mo más risible, enzalsan la colonización
española, vamos á insertar las opiniones
de varios esclarecidos intelectuales. Esos
espíritus que, de seguro, hubieran queri-
do nacer en los tiempos medioevales, creen
que la dominación española fué no sólo
buena, sino óptima; porque no mató á
flechazos á los indios, como lo hicieron
^ 108 —
los ingleses con los ])ieles rojas; sin te-
ner en cuenta que la mita ha traído la
destrucción de la raza india. Si esto se
llama magnífico sistema de gobierno, se-
ría menester cambiar el léxico del len-
guaje.
^'Como ya dejo nianifestado, en la
época del coloniaje no lia1:)ía libertad, no
se diga política, puesto que ésta no podía
existir, sino lil^ertad, de pensamiento que
hubiera sido un crimen proclamar. Con
el propósito de mantener la dominación
española v la influencia de la religión en
todo su vigor, se estableció la incomuni-
cación más absoluta entre los dominios
españoles y el mundo civilizado; por eso
mientras en Europa se sucedían grandes
revoluciones en las ciencias filosóficas, la
América española las ignoraba casi por
completo. Mientras c|ue Bacón preconi-
zando el método experimental, establecía
el verdadero fundamento de las especula-
ciones filosóficas y Descartes, alumbrado
por su genio, proclamaba su duda tan
célebre en el mundo de la ciencia, y los
principios de su método traían por tie-
rra el edificio de la escolástica; la Uni-
versidad de San Marcos seguía la comen-
tación aristotélica de las escuelas de la
edad media^' (5).
Siguiendo el lento caminar de Espa-
ña, las colonias hubieran llevado una vi-
— 109 -
da de raquitismo y de miseria: sus insti-
tutos hulíieran sido semilleros de ignoran-
cia y corrupción. Pero España fué tan
egoísta que ni siquiera su civilización en-
fermiza y retrógada nos la trasmitió to-
da entera: sólo nos mandó lo pésimo
entre lo malo. Nos dio, es cierto, una
universidad 3^ algunos colegios; pero bajo
la condición de que no se enseñase la po-
lítica ni los adelantos con c[ue la filoso-
fía enciclopedista había iluminado la Eu-
ropa. Sólo se explicaba en esos centros
un poco de filosofía, matemáticas j de-
recho romano j algunos aforismos de la
medicina de Galeno j de Hipócrates; dan-
do una preferencia bastante marcada al
estudio de latín, que venía á constituir
algo así como un vínculo con las socieda-
des estáticas de la antigüedad. Era una
instrucción medioeval y caótica y mons-
truosa y bárbara. ¿Podría iniciar, 3'a
que no producir, la transformación de la
sociedad una cultura tan anticuada? Le-
jos de ello. Se acostumbró así á los pe-
ruanos á la imbecilidad y se les hizo
aptos para la vida de servidumbre. ¿La
teología, el latín y la filosofía tomista
engendrarían la independencia del Perú y
el luminar de los hermosos conceptos del
presente y el crepitar de las grandes orien-
taciones del futuro?
Un autor nacional ha pensado del
- IIG —
coloniaje lo que sigue: ''Para despertar
de su letargo á las universidades de Amé-
rica y hacer c[ue el genio de sus hijos
se iniciase en los misterios de la vida
pública, fué necesario nada menos que
ese sacudimiento prodigioso que con el
nombre de revolución francesa rompió los
hierros de la feudalidad; 3^ proclamando
los derechos del hombre, paseó su bandera
gloriosa por toda la superficie de la tie-
rra y puso á la humanidad en la ancha
vía por donde hoy se dirige a realizar
sus grandes y elevados destinos". (6)
"El gobierno español prohibió en to-
das sus posesiones, con el, mayor rigor,
la introducción y lectura de libros de po-
lítica, historia y alta lituratura. Se te-
mía que al penetrar la luz en las colo-
nias todo el edificio se derrumbara. La
inquisición completaba lo que los cancer-
beros de las aduanas iniciaban: la — pros-
cripción del libro y la persecución contra
el introductor y el lector" (autor
anónimo.)
Siendo la instrucción mala, todas
las instituciones que de ella derivan su
apogeo y la brillantez de su estructura
orgánica, tenían que sufrir funestas per-
turbaciones. La instrucción es la más
amplia norma de vida, así individual
como colectiva; es la experiencia de in-
menso número de siglos: es el trabajo
- 111 —
acumulado de muchas generaciones. Si
se infiltran las verdades que aquélla pro-
clama en el alma de las razas, modifica-
ránse éstas, contemplando nuevas orienta-
ciones, viendo al)rirse nuevas tronchas,
en cu3^a meta se dibujará la más esplén-
dida apoteosis. España no nos dio una
instrucción que tuviera virtudes dinámi-
cas 3^ renovadoras. Como una ironía,
fundó seminarios que eran invernáculos
de sofistas, mudos sacerdotes de una or-
ganización estática j, por lo mismo, pe-
trificada De aquí cjue el clero fuera corrom-
pido y estéril en grado sumo. Nadie podrá
negar la importancia socoilógica que la
doctrina cristiana encierra, en su moral,
probablemente la más elevada concepción
en este orden de cosas. Por lo mismo, la
sublimidad de las ideas evangélicas, exige
en quien ha de comprenderlas é incrus-
trarlas en el complejo j móvil espíritu
de las muchedumbres, una preparación
vSelecta, tanto en la instrucción que ha de
poseerse, — cuanto en el constante, como
difícil proceso de adaptación á una doc-
trina que ordena la cercenación de varios
de los instintos de que la naturaleza nos
ha dotado. Y cuando el clero es igno-
rante, las pasiones se abren ancho cau-
ce; y entonces la labor civilizadora, el
destino de redención van dejando lagunas
insalvables. Ese clero de la época del co-
- 112 -
loniaje, tan corrompido por la falta de
instrucción, como por las condiciones ma-
terialistas del medio, fué un obstáculo
para el progreso de la colonia. En su
afán de medrar, ató las conciencias, atro-
fió las inteligencias y anatematizó las
conquistas más hermosas de las cerebracio-
nes europeas.
Por lo C[ue hace á las costumbres,
verémonos en el caso de hacer notar cpie
la instrucción no las suavizó, ni las con-
troló, puesto c[ue no existía tal como
hubiera sido preciso. Desgraciadamente,
al Perú, lo mismo que á los demás pueblos
de América, España no mandó contin-
gentes étnicos debidamente seleccionados.
Desde — los primeros conquistadores, — cu3^a
fuerza varonil y arrogante empuje nos
son conocidos, — hasta los últimos penin-
sulares que vinieron á estas tierras, eran
gentes de poca elevación intelectual 3^ mo-
ral salvando casos c[ue por los excepcio-
nales, no constitu3^en regla. No eran mo-
rales, porque ante el afán de lucro, ante
la inmoderada avaricia, todo lo sacrifi-
caban, fueran, unas veces, los afectos de
humanidad, fueran, otras, el verdadero
prestigio 3^ la sólida virtud de los espíri-
tus meritorios, aunque escasos de fortu-
na. Pobres en su patria, dirigíanse con
una fé ardiente en busca de riquezas 3-
honores que en España, por su ínfima
— 113 -
posición social, 6 por su conducta poco
arreglada, no podían alcanzar. Explíca-
se así la explotación, verdaderamente
inicua, realizada con respecto a los indios
y negros, reputados como razas inferió
res. Aclárase así la necia pretención c|ue
abriga1}an sus pedios en orden á las ge-
rarquías sociales: miembros de una por-
ción de dominadores, sentíanse todo lo
orgullosos cjue se sienten ora los adve-
nedizos, ora los que habiendo perdido
una situación brillante, la recuperan.
La elevación intelectual de los espa-
ñoles que se establecieron en el Perú es
algo así como uua fábula irónica y san-
grienta. No puede negarse, — porque tal
cosa sería una aberración, — que la raza
europea, como educada en un medio de
lucha, como poseedora de notables instin-
tos, y como dotada de energías podero-
sas y fecundas constituiré la agrupación
étnica más inteligente y denodada. En-
tre españoles, indios y negros, — conside-
rados mentalmente, — vistos á través del
prisma antropológico ha\" un abismo.
Al paso que el español posee talento y
penetración naturales, y una audacia de-
moledora y, muchas veces, titánica el
indio ostenta cualidades, más de artista
que de pensador 3^ el negro, con sus ner-
vios quemados y sumamente irritables, lu-
ce condiciones para la poesía, 3^ para los
— 114 —
placeres lúbricos, así como para los gran-
des crímenes, antes que para las virtndes
eminentes. Si al Perú se hubieran diri-
gido los españoles ilustrados del siglo de
oro, el progreso intelectual, muy relativo
desde luego, no se hubiera hecho esperar
largas centurias: Pero esta frase resulta
salpicada de sarcasmos. Los soberanos
españales no permitían la introducción de
libros: el Róbinson Crusoe" fué decomi-
sado y las obras de Rousseau, Locke,
Leibnit^ y demás sabios europeos eran
completamente desconocidas. Por lo que
hace á la agricultura, cuyo florecimien-
to en la época de los incas ofrece hoj^
mismo hermosos vestigios, sufrió lamen-
tables atrasos y enormes pérdidas, por-
C[ue los dominadores en su sed ele oro
dedicaban los brazos existentes al labo-
reo de las minas, abandonando los terre-
nos cultivables.
El aspecto económico ofrece aún
mayores contrastes. Fijémonos, tan só-
lo, en el comercio. ¿Qné criterio traje-
ron los conquistadores? Las guerras de
Carlos V y Felipe II, dictadas por el
fanatismo místico, determinaron la crea-
ción de gabelas anicpiiladoras. El co-
mercio libre, que abre los puertos á to-
dos los pabellones, consultando las lej^es
de la demanda 3^ de la oferta 3^ del libre
cambio, procura el abaratamiento de los
- 115 —
productos industriales. Lejos de aca-
tar tales mandatos, la metrópoli im-
pidió, bajo las penas más severas el co-
mercio con otras naciones; y llevó á tal
extremo su demencia que sólo permitía
tal operación con la casa de contrata-
ción de Sevilla. Si temerario era el he-
cho de impedir el comercio de América
con los estados de ultramar, la circuns-
tancia de no tolerarse el comercio siquie-
ra con todos los pueblos españoles en
general, era una monstruosidad.
Con el propósito de completar, en
lo posible, el estudio que del medio, nos
hemos propuesto hacer, trascribimos los
siguientes acápites debidos á la pluma
galana del doctor J. Prado y Ugarte-
che. (7)
((Pero la verdadera síntesis general
de este sistema es que él favorecía en
religión el fanatismo; en gobierno, una
mezcla funesta de debilitamiento y ex-
tralimitación del poder civil; en política,
el sistema de la intriga y de las denun-
cias secretas; en el orden moral contri-
buía á la perversión de costumbres; y en
el orden económico sostenía el más fu-
nesto sistema de exclusivismo, monopo-
lio 3^ xDrivilegio, que produjo la ruina de
España, desplomada aún dentro de las
riquezas de América, que inconscientemen-
te había aniquilado».
-116 —
((La temperatura general del Perú,
por su posición geográfica, es la de los
países meridionales, y bajo la influencia
inmediata del sol, la raza es, física y
moralmente, débil. El calor impide la fir-
me unión de los elementos que componen
la parte sólida del cuerpo; los movimien-
tos del sistema circulatorio son entonces
más lentos y penosos; la traspiración
abundante relaja la cutis, que recibe un
aire falto de elasticidad; la asimilación
de los alimentos se hace laboriosa, difí-
cil é imperfecta; y así en fin, la sangre
no tiene en arterias y venas el curso
igual y vivo que extiende la fuerza y la
vida por todos los miembros y el vigor
muscular se abate y debilita. De aquí
ser la pereza iin vicio inherente á los ha-
bitantes de estos climas. El cuerpo ener-
vado desea el reposo y los placeres. La
pubertad es precoz, así como el desarro-
llo intelectual; la sensibilidad es exagera-
da y las pasiones son violentas pero pa-
sajeras. La imaginación se desarrolla fo-
gosa y rica, pero vive de ensueños, de
teorías, de alucinaciones y de perjuicios.
El carácter es suave, indolente, expansivo
y sumiso; en sus resoluciones los indivi-
duos no son firmes, ni consecuentes; se
pasa de tin extremo al otro; los hombres
son retrógrados ó radicales, héroes ó muy
cobardes y, con frecuencia, ambas cosas».
- 117 —
El egregio criminalista Cesare Lom-
broso dice: «La inercia, efecto necesario
del calor excesivo é inspirada por el senti-
miento habitual de debilidad, vuelve la
economía más sujeta á espasmos, favore-
ce las tendencias á la contemplación ocio-
sa, á la admiración exagerada 3', por
consecuencia, al fanatismo religioso y des-
pótico».
Conclusión: — Si no hubo grandes
INTELECTUALES EN LA ÉPOCA DEL COLO-
NIAJE FUÉ PORQUE EN MEDIO, CON SUS
MALÉFICAS INFLUENCIAS, IMPIDIÓ EL DESA-
RROLLO Y EDUCACIÓN DE LA INTELIGENCIA
Y DE LOS SENTIMIENTOS NATURALES DE LOS
peruanos: a ello contribuyeron LOS
SISTEMAS RELIGIOSOS, PEDAGÓGICOS, ECO-
NÓMICOS Y POLÍTICOS.
íjíiaaaflfiaafiaíía]
El Momento
Aisladas las colonias del influjo de
la civilización europea, privadas del co-
mercio amplio 3^ liberal de cosas ó ideas,
sin otra suerte que la de servir de fin á
la explotación, sin más ideal que imitar
á una nación tan atrazada, • tan intole-
rante, tan ávida de riquezas como Espa-
ña ¿era posible el adelanto de América,
habría de brotar el resurgimiento del
Perú? ¿Las ciencias saldrían de las ti-
nieblas en que, estériles 3^ mudas, vege-
taban? ¿Los hombres llegarían á la3
cumbres de la intelectualidad? — Nó. — En
una sociedad, cu^^o cretinismo es eviden-
te, ni se lucha ni se vence, ya moral, ya.
mentalmente. Los espíritus de estructura
superior se asfixiaban, los caracteres ele-
vados padecíati funestas depresiones: todo
acusaba, en las colonias, la laxitud de la
decadencia. Clases sociales, clero, instruc-
— 120 —
ción, instituciones, costumbres, en una
palabra, cuanto constituj^en el substrátuní
de las colectividades morbosas sufrían in-
toxicación es en una atmósfera tan satu-
rada de odios, de corrupciones, de intran-
sigencias, de esclavitudes. La libertad la
santa liberal de los principios, el subli-
me aliento de las almas, j la hermosa
conciencia de los pueblos no había logra-
do aún imponer su fuerza altiva é inven-
cible.
Vino, felizmente, la revolución fran-
cesa; 3^ con ese movimiento de redención
humana, la faz del mundo político y so-
cial trasformóse. Napoleón, inconsciente-
mente es cierto, hizo volar sus águilas,
portadores de ideas fecundas, por el mun-
do civilizado, para que predicaran un
evangelio de libertad de igualdad y de fra-
ternidad. Toda una glotificación del hom-
bre. Una resurrección violenta 3^ sagrada,
de sus derechos. Una explosión de ener-
gías.
A impulsos de los nuevos precep-
tos, nacidos, como la ley mosaica, en
medio de truenos 3^ relámpagos, las cos-
tumbres se depuran y las injusticias se
disipan; 3^ allí donde hubo esclavos nacen
ciudadanos. La América, humillada du-
rante tres siglos, despertó para luchar por
la grandiosa autoridad de sus derechos.
Es el gran momento. El momento soña-
- 121 -
do por la poderosa inteligencia de Hipó-
lito Taine que en consorcio con la raza
3^ el medio, explica la aparición de las
civilizaciones, el crecimiento de los ]DLieblos
y la apoteosis de los individuos.
Estamos á fines del siglo dieciocho
y es llegada la oportunidad de entrar, de
lleno, en el estudio del tema propuesto
por el «Centro de Instrucción».
Íl_l^í^gl^fLírfL_©~fl^fL^'P^fl^~ÍL^|L«|L^
Ccnsecuencias
Se lia analizado los caracteres mora-
les é intelectuales ele la raza peruana. De
esa labor, podemos sacar la conclusión
siguiente: la gente es sentimental, politi-
quera, ardiente con intermitencias débil de
carácter é inclinada á la verbosidad pró-
diga é insustancial. La hemos visto do-
tada de sobresalientes cualidades para el
foro 3^ de tina inteligencia, si bien valio-
sa no honda ni mu3'' reflexiva y de pa-
siones inestables c[úe acreditan la niovili-
dad j perpetuo cambio de las impresio-
nes cerebrales.
La raza peruana hubiera consegui-
do progreso 3' cultura pero como todo
organismo en embrión, necesitaba que
las condiciones exteriores la favorecieran
en su labor de crecimiento. Lejos de ello
España procuró el rebajamiento; moral
é intelectual de las colonias y sólo cuan-
do el genial emperador francés hirió su
— 124 —
soberbia, quiso otorg'ar, en el paraxísmo
de la caída, derechos que antes hubiera
considerado como ambiciones extremas é
imposibles. La falta de previsión deriva-
da de la insustancialidad 3^ ]:)oco fondo
científico de la raza, aceleró la indepen-
dencia de las tierras americanas las cua-
les, respondiendo al descontento y alodio
que engendrara la metrópoli, rompieron
con ésta los vínculos de sangre que son
tan sagrados y tan intensamente sim-
páticos.
Independizada la América, sus puer-
tos se abrieron á las influencias mercan-
tiles j sus instituciones, de carácter de-
mocrático, se vaciaron en los moldes jíi
ensa^^ados por naciones más adelantadas.
En vez de la intransigencia, empezó á
esbozarse la libertad de pensamiento 3^
de acción. La imprenta trajo el desarro-
llo 3^ propagación ele las ciencias é ideas^
de las artes y de las industrias. Los
hombres cobraron afecto á la forma re-
publicana, sugerente norma política. Las
clases sociales desaparecieron, junto con
los privilegios de obolengo: ni nobles, ni
plebe3^os, todos los asociados estarán com-
prendidos bajo la denominación de hom-
bres libres. Las naciones crecerán, por-
c[ue sus rentas, absorbidas antes por la
corona española, destinadas a subvenir
los gastos de una corte de sibaritas, se-
— 125 —
rán aplicadas á satisfacer las necesida-
des propias 3' exclusivas. La instruc-
ción será la trompeta de resurrección de
una raza. Y el trabajo libre, amparado
por le3^es liberales é igualatarias, lanza-
ráse á la conquista de ricjuezas cjue,
junto con el bienestar del individuo, ha
de traer la evolución de las patrias, en
un porvenir venturoso, aunque desgracia-
damente lejano.
¿Y en tanto, qué era de Arequipa?
Reducida esta población á una ca-
tegoría bastante secundaria durante la
vida colonial, no ha dejado huellas lumi-
nosas y profundas, ni acontecimientos de
trascendencia cpie pudieran relievar las
condiciones psicológicas de sus gentes.
Parece C]ue éstas auduvieron un tanto
retrasadas en el camino del progreso, á
virtud de algunas circunstancias desfavo-
rables. Desgraciadamente, ni la Socio-
logía, que es la moderna sibila c|ue to-
do lo interpreta \^ anuncia, ni la Psico-
logía, cjue estudia las condiciones espiri-
tuales de las masas, han sentado sus
reales en nuestro caótico mundo intelec-
tual. La explicación científica de los fe-
nómenos tiene c[ue ser apriorística: las
deducciones algo movedizas, inciertas v
atrevidas. ¿Dónde está la historia que
abra á nuestros ojos las pasadas edades
de este ])ueblo, C|ue haga vislum])rar la
— 126 —
palpitante 6 dormida alma de nuestros
ma^^ores, la sabia ó no cultivada inteli-
gencia de las generaciones madres, de las
familias troncos? — Ni Sociología, ni Psi-
cología, ni Historia: este pueblo es una
esfinge. ¿Quién será el Edipo feliz que
descubra los enigmas 3^ anule los miste-
rios?
No podrá ponerse en duda,— porque
tal cosa sería una aberración de pésima
factura, — que el arequipeño es inteligente
para toda clase de labores intelectuales
y artísticas; si bien la facultad discursi-
va en el mayor niimero de ejemplares no
entra ni muy hondo, ni tiene virtud de
constancia, de serenidad y paciencia. Es-
to, en términos generales ó absolutos,
no será extraño para los que somos ha-
bitantes de esta ciudad. De una parte,
el legado nativo de los españoles, bajo
el aspecto mental, no fué de lo más se-
lecto, ni preparado: los españoles que co-
lonizaron Arequipa ni sabios ni artiastas
fueron; de otro, las influencias del clima,
— un clima esencialmente eléctrico j laxan-
te,— debilitan las neuronas cerebrales, exci-
tándolas tan fuertemente que antes que
á la labor de análisis y de síntesis, hi-
ja de la meditación, inclínanse á la ob-
sesión maravillosa del ensueño y del ima-
ginar brillante. A ello contribuyen la
l)elleza de la campiña, la claridad del
— 127 —
cielo 3^ la tranquilidad de las gentes, en
las diversas modalidades de su existen-
cia.
Los arequipeños no eran estudiosos,
ni, por lo tanto, ilustrados. De aquí
que si no tuvieron poetas de estro ins-
pirado, carecieron, en lo absoluto, de fi-
lósofos, políticos Y oradores. Lejos de
ser, lo que acabamos de indicar, un vi-
tuperio para Arequipa, es más bien mo-
tivo de alabanza, himno de salutación y
anunciación de futuros adelantos. Des-
de que España miró á este pueblo con
marcada indiferencia, toda vez c[ue no le
dio ni universidad, ni colegios, — salvo el
seminario, que por sus mismas condicio-
nes, no podía contribuir al desarrollo de
la cultura, — era natural que sus hijos, por
hábiles que fuesen j por enérgicas que se
presentasen sus inclinaciones artísticas y
sus condiciones científicas no habiendo re-
cibido instrucción, vegetaran en la igno-
rancia. Agregúese á esto el aislamiento
de Arequipa: estaba situada á enormes
distancias de los centros que, como Li-
ma j el Cuzco, sintieron siquiera parpa-
dear la luz de una civilización que todo
lo medioeval que fuera, significaba, al fin,
un avance. El atraso intelectual, tan
anhelado por los peninsulares para con-
solidar sus sistemas de explotación, era
profundo, á tal punto c[ue la vida indi-
— 128 —
vidual se ecHpsaloa ante la omnímoda
autoridad del pater familias y la colec-
tiva, sin horizontes en que ampliarse 3^
sin orientaciones que seguir, sufría una
inacción mortal.
Refiriéndonos al estado social, dire-
mos que en la cumbre se ostentaba una
alta clase estática y formalista, — algo
así como las castas brahamánicas— que
no tenía otro pensamiento que la con-
cepción religiosa ora, que las ideas de la
prosapia ora: no era un espíritu expan-
vsible ni abierto el que informaba á los
arequipeños de alcurnia distinguida. Ha-
bía también clases populares, más cerra-
das aún á las concepciones libertarias y
de movimiento y de vida. — Las clases,
en conjunto, eran ociosas, en razón de
Cjue la lucha por la vida se hacía sen-
cilla, por la abundancia de los elementos
materiales. Agregúese á esto que, las
aspiraciones artísticas no eran mu}^ exi-
gentes: los delicados productos de las in-
dustrias, no se conocían en la referida
]3oblación; y, por lo mismo, su existen-
cia, que siempre estimula la aprehensión,
no se hacía necesaria. Sin grandes ne-
cesidades que satisfacer, el ingenio mecá-
nico, la actividad estética, el talento del
obrero, tuvieron que sufrir, forzadamente,
una paralización completa.
Para vislumbrar el estado intelec-
— 129 —
tual (le Arequipa, nos venamos en la
tarea de trazar, con pálidos colores, el
cuadro que liemos hecho ya de tal
norma sociológica al ocuparnos de
las perversidades del coloniaje; indicando
c|ue en vez de C|ue los estigmas señala-
dos, hubieran tenido en esta ciudad, to-
nos atenuantes, la incapacidad adminis-
trativa de los españoles hizo aumentar
su intensidad.
Felizmente para Arequipa, vino a
ocupar la sede episcopal el egregio obis-
])o señor Chaves de la Rosa. A seme-
janza de los papas del renacimiento, el
esclarecido varón á cjuien acabamos de
nombrar, dirigió sus miradas á la cul-
tura intelectual, con cuyo objeto reformó
radicalmente, el seminario; procurando po-
nerlo al corriente de la renovación men-
tal de la época. Desde ese momento, la
vida intelectual de Arecjuipa sufrió una
evolución rica en consecuencias. Los glo-
riosos tiempos de este pueblo empezaron,
y su historia, entenebrecida durante lar-
gos años, surgió para alumbrar á tnia
patria y á una raza; determinando con-
creciones nuevas, alimentando ideales de
regeneración é imponiendo á la nación en-
tera su voluntad republicana, junto con
sus nobles sentimientos políticos. Para
ello fué hasta el sacrificio: la tea revolu-
cionaria no se extinguía en sus manos.
— 130 —
Para ello cultivó las ciencias: su cerebro
fué antorcha inextinguible. Para ello las
artes le brindaron sus secretos j sus in-
cógnitas: catedrales y puentes, campanas
y prensas nacerían apenas la inteligencia
de sus hijos lo deseara.
Para tener una idea, más ó menos
cabal, del estado espiritual de Arequipa,
leamos estas palabras memorables: — «Ya
habían pasado para la mayor parte de
la Europa los tenebrosos tiempos en que
la superstición proscribía las verdades
cjue se dignaba revelar al hombre la na-
turaleza: los tiempos en que un tribunal
intruso, con una autoridad usurpada, en-
carcelaba á Galileo y condenaba la teo-
ría sublime de Copérnico. Ya iba per-
diendo Aristóteles su antiguo imperio en
las escuelas de los teólogos y no podía
disponer, como antes, en favor de su
doctrina, de los anatemas de la religión.
Ya algunos destellos de la nueva luz,
que crecía cada día más, habían penetra-
do en España y en las capitales del Pe-
rú, rompiendo las vallas cjue nunca de-
jan de oponer la ignorancia y las pa-
siones á la ilustración de los pueblos.
Ya el humano entendimiento, rotas las
prisiones que le habían cautivado por
tantos siglos, osaba descorrer el velo c{ue
cubre á la naturaleza, contemplar sus
misterios, robarle sus secretos; ya se oía
— 131 —
resonar del uno al otro hemisferio el
himno de alabanza que entre las dulzu-
ras de su nueva libertad, dirigía al autor
de tantas maravillas. Entre tanto, Are-
quipa que, por su feliz posición, parece
debía disfrutar, entre las primeras ciuda-
des, de las nuevas influencias de la nue-
va luz, permanecía en la antigua noche
y parecía pertenecer al siglo de las Cjui-
meras. Ami no había sucedido para no-
sotros esa feliz reunión de la autoridad
y del saljQr en un mismo sujeto, que es-
tablece entre los hombres el reino de la
verdad y de la virtud, pero ya estaba
cerca de suceder», (8).
Vamos á entrar en la parte más
difícil del presente trabajo. Antes de aho-
ra, hemos querido esbozar, — sin c[ue pro-
bablemente hayamos logrado nuestro in-
tento,— el carácter sociológico de Arequi-
pa, de esta histórica ciudad ele las revo-
luciones sangrientas, 3^ libertarias. Por
él se habrá visto que era imposible la
aparición- de hombres de gran empuje in-
telectual y de cerebros Cjue lucieran una
ilustración maravillosa, si se tiene en
cuenta, como es natural, que en esos
tiempos el reinado del intelectualismo era
una ficción. Los libros hacen á los hom-
bres: faltando ese medio civilizador, no
podían existir capacidades ilustres. Los
maestros engendran los sublimes momen-
— 132 —
tos de un pueblo, las orientaciones ele
tina raza 3^ los ideales de la especie: sin
maestros ¿era posible la aparación de
hombres mentalmente superiores? — No. Na-
ce de aquí, pues, precisamente, el cúmu-
lo de razones c|ue explicando el intrinca-
do problema propuesto, hace ver, con ca-
racteres inobjetables, el por c|ué de la no
existencia de eminencias intelectuales an-
tes del final del siglo diociocho.
Pero ¿ha habido grandes hombres
en Arequipa? *
Aún cuando la consulta á que se
contrae la presente labor, parece que pre-
supone la presencia de notabilidades ba-
jo el aspecto intelectual, en otros lejanos
y memorables tiempos, queremos sin em-
bargo insistir sobre este punto. Nues-
tras investigaciones, si huérfanas de in-
ducción científica, responderán á ciertos
estados de conciencia. En efecto, para
algunas personas, — animadas de negro es-
cepticismo,— los grandes arequipeños bri-
llan con el resplandor fugaz que les presta
una fama jamás depurada y nunca con-
trolada. Son algo así como planetas que
brillan y lucen hermosos matices, porque
un sol, — el sol de las edades pasadas, que
siempre fué mejor que el de las presentes,
— les da fulguraciones consagradas por
la tradición y el recuerdo.
Desde luego, la pregunta que hemos
— 133 —
hecho es de difícil sokicióii. El grande
hombre ó crece ó se empec|iieñece con el
trascurso del tiempo, ó se agiganta ó
desaparece ante el andar, lento ó ace-
lerado, de la cultura. Pero la cualidad
predominante en todo hombre superior,
es que él significa algo raro, lo anor-
mal dentro de los normal. Es, como ya
lo dijimos en otra ocasión, el desequili-
brado positivo; porque todo lo que sale
de los lincamientos comunes ó inarcados
para la generalidad de las gentes, signi-
fica desequilibrio, rompimiento de las le-
yes, anulación de los principios que in-
forman á los agregados humanos.
El hombre no por ser raro, no por
constituir una genialidad viviente y pic-
tórica de riquezas psicológicas, deja de
ser influenciado por el medio, ó sea, por
el conjunto de agentes exteriores. — Es tan
profunda esa influencia del medio, que á
veces inclina á los hombres á la poesía,
á veces los hace artistas, a veces los
transforma en sabios. ¿Son tan pode-
rosas las virtudes de que se halla dota-
do el medio, que éste puede formar al
grande hombre? El hombre que se ele-
va, ha de tener un cerebro no común,
un corazón no vulgar, una voluntad «per-
sistente 3^ continua»: ha de ser un cere-
bro, un corazón 3^ una voluntad, cuan-
titativa ó cualitativamente, anormales,
— 134 —
pero de anornialidacl progresiva, de anor-
malidad que cree evolueiones de luz y de
gloria.
Piensan nincho que si los hombres
CUYO recuerdo nos ha trasmitido la his-
toria arequipena, han alcanzado prestigio
después de varias generaciones, es porque,
figurando en un medio burdo, — orillado
aún por los insanables defectos que here-
dara,— era natural c[ue se alzaran gigan-
tescos. No puede negarse cpie en esta re-
flexión haj^ palpitante, un átomo de ver-
dad. Así como las estrellas parecen más
hermosas, de luz más intensa, de titilar
más rápido en una noche oscura; así
los seres humanos que ostentan, dentro
de una sociedad primitiva, cualidades so-
bresalientes, se presentan como entidades
de un orden sobrenatural. De aquí ha
nacido la categoría soñada por Tomás
Carlyle. El insigne escritor inglés, sos-
tiene que las multitudes, en su estrecha
capacidad pensante y en su amplia recep-
tividad imaginativa \^ soñadora, han cla-
sificado á los hombres notables,— siguien-
do el desenvolvimiento natural de las
ideas, — como dioses, como héroes, como
i:)rofetas, como poetas, como oradores y
como guerreros. (9).
El gran genio de la antigüedad,
Aristóteles, fué un sabio para su época,
de lamentable oscurantismo. Pero 1103%
13i
que la cultura se halla tan dilatada que
apenas existe puel^lo que no lia\^a recibi-
do su beso fecundo 3' ardoroso, el ilustre
filósofo de Estagira, el glorioso padre de
todas las ciencias, c|uedaría anodadado
ante la instrucción c[ue se da á los ni-
ños y ante los soberbios progresos que
han alcanzado las ciencias, soñadas por
su cerebro, indudablemente, prodigioso.
Lo mismo podría repetirse acerca de los
otros sabios de ki civilización helénica \'
romana. Idéntica observación, se hará,
dentro de algunos siglos más, respecto
de los hombres que actualmente nos pa-
recen la síntesis del intelecto.
Queremos decir cjue lo anterior, que
por lo que hace á nuestros hombres ilus-
tres, les fué más fácil c[ue á las genera-
ciones actuales, la adquisición del presti-
gio histórico; sin que la inducción c[ue
hemos hecho, nos lleve á la hipótesis de
que la gloria alcanzada por los ilustres
arequipeños cuyo nombre -palpita en es-
tas épocas de debilidad, se debe á cjue
sus coetáneos fueron poco menos Cjue
cretinos. La cultura intelectual, por po-
co desarrollada C[ue estuviera, permitiría
á las gentes de entonces admirar á los
hombres que, por su talento 3^ virtudes
cívicas, ^ habrían de ser, más tarde, las
piedras angulares de la historia local; pe-
ro no con una admiración estnpida, no
136
con un fanatismo necio, no con iin vSer-
vilismo abyecto. Prueba de ello es que
supieron aquilatar sus méritos, medir sus
diferencias, calcular su acción en pro de
los intereses sociales 3^ sobre todo, llo-
rar, con lágrimas de sangre, la postra-
ción intelectual de las genaraciones pos-
teriores, debilitadas por los vicios ya in-
dividuales, ya colectivos.
En el supuesto ele cjue la fama de
nuestros hombres ilustres hubiera nacido
de la ignorancia de las gentes y de su
escaso desarrollo mental, jamás podrían
explicarse ciertos fenómenos, de cuya
existencia sería temerario dudar. Una de
las ma3'ores glorias de Arequipa, el sa-
bio Mariano Eduardo de Rivero lució
las galas de su talento, — incomprensible
para las inteligencias vulgares, — más que
en su ciudad natal, en los pueblos euro-
peos; habiendo logrado conseguir un re-
nombre envidiable entre las celebridades
del viejo mundo, cuales en ese entonces,
brillaba el ilustre Ga\^ Lussac. Otros sa-
bios naturalistas don Nicolás Fernández
de Piérola 3' don Mateo Paz— Soldán me-
recieron elogios altísimos, no en su pa-
tria que, — como apunta Raimondi, — «no
ha sabido justipreciar el mérito de sus
hijos,)) sino en naciones de cultura tan
avanzada como Francia é Inglaterra.
Pretender estudiar la labor de estos tres
— 137 —
eminentes intelectuales, sería tarea, al par
que pesada, bastante difícil, toda vez que
los datos pertinentes andan aislados y
sin nexo que los una 3^ les de vida. —
¡Qué medio tan favorable, tan propicio
para que crezcan las famas de los hom-
bres grandesl — En otros países, conocedo-
res del mérito y reconocidos á los hom-
bres c[ue han servido para prestigiar a
la patria, los monumentos se multipli-
can pí^ra perpetuar la memoria de los
hijos notables. ¿En Arequipa, se ha es-
crito siquiera una historia de nuestros
hombres eminentes? Y entonces ¿en dón-
de se halla esa prodigiosa receptividad
de los arequipeños para ensalzar la glo-
ria, para tener persistente el recuerdo?
Si los Rivero, los Piérola 3^ los Paz-
Soldán no hubieran valido ¿por qué ha
consagrado sus nombres la Europa civi-
lizada? Nosotros apenas si los conoce-
mos; 3^ por lo mismo, aquellos émulos
de Eratóstenes que quieren destruir lo
que no podrían imitar, ni sobrepasar,
son los cretinos, los ignorantes, los aprio-
ristas.
Otro tanto pudiera decirse del juris-
consulto 3^ estadista don Toribio Pache-
co. Educado en Europa, logró atraer
las miradas del mundo intelectual, cuan-
do, al recibirse de doctor en Ciencias Po-
líticas y Administrativas, en la célebre
— 138 —
iiniversiclad de Bruselas, presentó una te-
sis que, por su estructura, la riqueza, de
conceptos, la robustez doctrinaria, mere-
ció de periódicos ultramarinos ele insos-
pechable independencia, calurosos aplau-
sos. ¿Significa esto talento nativo, con-
diciones intelectuales de empuje? Más
tarde vino al Perú, escribió el . ((Derecho
Civil» obra cjue, no obstante su relativa
antigüedad, es consultada actualmente;
y al ocupar el Ministerio de Relaciones
Exteriores, consciente de su noble misión,
elevó el prestigio de la patria con bri-
llantes trabajos de carácter internacional
cuya inserción y análisis efectuaban las
publicaciones más serias delniundo diplo-
mático. La guerra contra España, que
nos dio el triunfo del 2 de Ma^^o,
fué declarada á instancias suj^as. Muere
á los cuarenta años: podría decirse que
en la plenitud de la vida; 3' sin embargo
es tanta la inmensa reputación de que
goza entre los peruanos que al pronun-
ciar su nombre, los epítetos de eminente,
ilustre y grande surgen como llamados
por la vara mágica de Moisés. Sin em-
bargo su patria reconocida, su pueblo
que aprechi el verdadero mérito y que no
sólo lo aprecia sino que lo fomenta y lo
desarrolla, no han hecho nada para per-
petuar esa admiración.
Ante el soberbio talento de Luna—
— 139 —
Pízarro, — el discípulo continuador de la
obra de Chaves de la Rosa,— creemos que
nadie osará verter palabras de desprecio,
ni de incredulidad audaz. Político de
alta talla 3' de aspiraciones inmaculadas,
tuvo la audacia de hacer la guerra á Bo-
lívar, el ídolo y el señor absoluto de los
peruanos; orador de decisiva elocuencia,
discutía en el seno del parlamento, en
ese cenáculo de sempiterna fama, con hom-
bres tan notables como los Mariátegui,
los Vigil y los Sánchez Carrión. Entre
las figuras arequipeñas es una de las que
más asombro, mezclado de gratitud, des-
piertan. Es el tributo que la inferiori-
dad ofrece al hombre eminente y glo-
rioso.
Podríamos también hablar de los
méritos indiscutibles de don Andrés Mar-
tínez 3' de don José Gregorio Paz— Soldán.
Podríamos indicar que, refiriéndose al pri-
mero, alguien dijo: «que si hubiera naci-
do en Europa hubiera sido un segundo
Mirabean» (10) 3" que un distinguido pe-
ruano lo calificó como «al re3' del pensa-
miento» (11). Podríamos decir que Mar-
tínez no solo fué conocido en Arequipa y
en Lima, 3' en general en todos los pue-
blos del Perú sino que en Chile fué ad-
mirado por el gran Diego Portales. Po-
dríamos reclamar para Martínez el pri-
mado de la oratoria 3' del hondo pensar.
— 140 —
Y contríU'éndonos á Paz— Soldán ¿quién
no ha oído haular de las famosas vistas
fiscales, documentos acabados de la cien-
cia jurídica más profunda y más liberal?
¿quién no sabe Cjue como ministro fué to-
da una capacidad? Arequipa vio nacer
á Paz— Soldán, pero la metrópoli peruana
lo elevó á las cumbres del recuerdo inex-
tinguido, imborrable y justiciero.
Es tan fecunda la historia de x\re-
quipa en hombres de valer intelectual cjue
nos que nos quedan por citar los nom-
bres,— confirmados ya por la historia, — -de
M. Toribio Ureta, M. F. Paz-Soldán, Ma-
riano Melgar, J. M. Químper, Pedro José
Bustamante, F. García Calderón é Flipóli-
to Sánchez y otros como Garaicochea, Sa-
lazar, Ibáñez y Vargas, La grandeza de
estos hombres, como la de todos los pe-
ruanos, en general, es relativa, Está en
concomitancia con la virtud orgánico-ce-
rebral de la raza. No hemos producido
ni un Copérnico ni un Galileo, ni han res-
pirado nuestro ambiente un Napoleón ó
iin Darwín. Es cj[ue la nuestra es una
raza débil, una raza envejecida por la lu-
cha militar ó por el servilismo incásico,
Pero puede resurgir: que tenga fé en sus
energías, que las encauce y las oriente,
que las eduque \^ fortifique en la labor
constante de adaptación y lucha. El
progreso, biológico, como el sociológico, es
— 141 —
hijo del esfuerzo 3^ de la constancia. El
carácter es su exponente más luminoso.
Y los arecjuipeños ilustres, siguiendo
las leyes fatales de la herencia, han veni-
do en medio de la complejidad de sus
vidas 3' en medio del vacilante 3- aún
no estable espíritu del pueblo, á cumplir
una determinación de la raza. Decíamos
al principio de esta exposición c|ue los
peruanos, eran como los españoles, incli-
nados á la oratoria 3' a la jurispruden-
cia, 3^ c|ue, á semejanza de los indios,
sentíanse animados por tendencias poéti-
cos de melancólica progenie. En efecto,
haciendo ini estudio de las inclinaciones
de los hombres de alto relieve intelectual,
verémonos en la necesidad de concluir
afirmando cjue ellos fueron ó jurisconsul-
tos ú oradores ó poetas. El análisis de
nuestras disposiciones positivas en mate-
rias civiles ó penales, la idea renovadora
por lo que hace á nuevas le3^es ó la asi-
milación de las extranjeras 3^ la defensa
judicial de los derechos privados, han lle-
vado á las cumbres ideales y nunca vie-
jas de la inmortalidad á los Paz-Soldán,
Químper, Pacheco, Tejeda, Bustamante, 3'
Gacía Calderón. El verbo delicado 3' he-
lénico, la expresión ardiente é incisiva, el
retumbar de las palabras en torrentes
demosténicos v la ira, la ira santa de
ios dioses, condensada en oraciones subli-
— 142 —
mes, prontas á defender la integridad de
la patria, la honra del ciudadano y el
ejercicio de los derechos, han cubierto de
gloria los nombres de Luna-Pizarro, \^
Martínez. Y la honda emoción estética,,
la frase nítida y alada y el verso de rit-
mos palpitantes de sentimiento, han co-
ronado, con corona de luz, la frente mís-
tica y sincera de Melgar, Bonifaz, Noboa^
Castillo, Quiroz y Velarde.
Sólo unos pocos ingenios rompieron
la inflexibilidad del atavismo, para dedi-
car sus energías al cultivo de las ciencias
3^ de las artes mecánicas. Tan notable
ha sido el vigor de los arequipeños, tan
amplia su inteligencia y tan marcada su
aristocracia espiritual, que la historia de
la ciudad mistiana, ostenta, en sus más
sugerentes páginas, nombres de envidiable
fama.
Pensamos que, con lo manifestado
en los renglones anteriores, hemos demos-
trado la existencia de hombres ilustres
en Arequipa, de hombres que supieron ^
en gracia á sus facultades propias, ele-
varse sobre las multitudes, no con un
prestigio simulado, no por la miopía de
las gentes, ni menos por la oscuridad del
medio, sino por el uso metodizado de sus
grandes energías cerebrales, de su enorme
fuerza voluntaria. Si así no hubiera su-
cedido, si nuestras argumentaciones fueran
— 143 -
tan pobres que no han llevado, apareja-
do, el convencimiento, no significaría es-
to sino la insuficiencia del autor de es-
tas líneas, nunca afectaría la capacidad
de los personajes que hemos citado; de
esos personajes que sin aparatos científi-
cos, sin los libros necesarios, sin institu-
tos educadores, sin alientos de parte de
los gobiernos, alcanzaran ilustraciones tan
vastas y tan profundas que muchos de
ellos lograron ser sabios en la genuina
y hermosa significación de la palabra.
Aun cuando no se aduzcan pruebas, aún
cuando no se citen obras, esos persona-
jes han conquistado la inmortalidad; j
ésta, que es la más elevada j sugerente
de las ambiciones humanas, sólo acom-
paña á los seres privilegiados. Hay en
las muchedumbres un instinto que las
obliga á la admiración, consciente ó in-
consciente, de los hombres— cerebros, de
los hombres— corazones j de los hombres-
voluntades: es el culto á los entes que
se apartan de la senda por donde las
vulgaridades anónimas van acabando su
vida. Si no sólo las muchedumbres, —
que en mérito de su escasa retina inte-
lectual, admiran lo brillante más que lo
útil, — sino las clases civilizadas, las gen-
tes cultas, sienten por los arequipeños
notables un fervor, mezclado de religioso
respeto, un anhelo, hijo de la pequenez,
— 144 —
un afán, producto de la imitación tar-
deana; lógico es deducir cjue esos hom-
honibres son grandes y que la altitud
de sus espíritus pesa, como Ycrclad in-
dudable, sobre la conciencia de la patria
peruana, sobre el alma de las razas que-
cbua y española, produciendo un conven-
cimiento hondo é inborrable.
Con lo apuntado, bien podemos en-
trar en otros géneros de investigaciones.
¿Por qué hubo hombres ilustres en tan
abundante número?
La raza, el medio j el momento
nos responderán. La raza, indicándonos
que era virtud de ella la inteligencia. El
medio, haciéndonos saber que el contin-
gente de sólida ilustración que trajera un
prelado español, favoreció la existencia
de hombres de mérito. El momento di-
ciéndonos c[ue esos hombres vinieron, pre-
cisamente, cuando la nación, libre en Ju-
nín y A^^acucho, empezaba la vida, acci-
dentada j difícil, de una democracia
nueva, llena de ideales y anhelante de
victorias y pictórica de virtudes públi-
cas.
Con estas i)remisas, ofrecemos las
siguientes razones:
1^ — Ln novechid de los estudios. — En
145
el hombre peruano, como derivación ét-
nica de razas soñadoras y poco activas,
las cosas se ven á través del prisma,
inquietante y oscuro, de la ilusión, casi
nunca en armonía con las conveniencias
ó con los principios c|ue la ciencia ha
creado en pasmosa abundancia. Así,
cuando, á virtud del movimiento intelec-
tual-político de la época, — anunciador de
transformaciones en el mundo social, — los
libros aparecieron y las artes y los co-
nocimientos todos, en su riqueza orgáni-
ca y expansiva, se dieron á conocer, los
arequipeños sufrieron una electrización
tan brusca y una sugestión 'tan intensa,
c|ue las inteligencias de no común abo-
lengo surgieron con características decisi-
vas y salientes. Tal vez creerían que
con el estudio y la fácil experiencia de
las cosas, la vida había de presentarse
más llana, quizá si supondrían c|ue la
raza crecería en prestigio moral 3^ en
robustez biológica y Cjue la evolución co-
lectiva habría de abarcar enormes zonas
de progreso: es lo cierto que los arequi-
peños estudiaron 3^ se dedicaron, con tan
buena voluntad, á las labores mentales,
de su3^o dolorosas, que llegaron á con-
Cjuistar famas aún no borradas 3^ renom-
bres cada vez más brillantes 3^ respeta-
bles, no obstante de que el tiempo, el
sublime nivelador de las generaciones, hu-
— be-
biera querido que Jas sombras del olvido,
echadas sobre la historia arequipefía,
cnbrieran las páginas de luz, los renglo-
nes de heroísmo 3^ las cumbres ocupadas
por la gloriosa falange de grandes inte-
lectuales, que esa historia ostenta con
singular fecundidad. Hoy no sucede lo
mismo. Con el barniz de cultura Cjue se
nos enferma el alma, porque se le corten
los ideales que son sus alas, más puras
y más diáfanas y se nos atrofia, casi,
ese carácter viril, ardiente y lozano de
nuestros progenitores. Muerta, pues, la
energía, perdida la iniciativa batalladora
y laxada, en gracia á funestos desencan-
tos morales, la conciencia, la raza ha en-
trado de un período de ruina. Pensa-
mos que los libros, abriendo, enormemen-
te, nuestros ojos, nos llevan á la indife-
rencia al ensenarnos que el hombre, den-
tro de la soberbia inmensidad del Univer-
so, comparado con las maravillas estela-
res, es un punto imperceptible, una célu-
la cu3^o movimiento se pierde sin dejar
huella, sin legar recuerdos. Esa ciencia,
que se nos presenta en alto grado elo-
cuente y severa, va cercenando nuestras
más cariñosas tradiciones, va matando
nuestros más puros sentimientos 3^ va
agobiándonos con el peso abrumador de
ciertas verdades, por desgracia, niU3' evi-
dentes. Y esa ciencia nos dice que la vi-
— 147 —
da es una finalidad sin fin, parodiando
así á Kant, el evocador de las antino-
mias. Pero el hombre quiere perdurar;
3' es ésta, precisamente, la causa eficien-
te de la poca simpatía c[ue la ciencia
ejerce. La raza no gusta mucho del es-
tudio contemporáneo: éste lleva, como
incrustación, un síntoma de debilidad cjue
se traduce en cansancio A^que florece, pá-
lidamente, en mística obsesión. Es que
somos imaginativos, antes C|ue pensado-
res; es que amamos el ideal antes que la
verdad descarnada y casi siempre som-
bría; es Cjue nos sentimos con alas de
ángel, sin fijarnos en nuestra ascendencia
orgánica. La ciencia, que no se hace de
ilusiones, repugna generalmente, mucho
más á nosotros que decaemos. Los are-
quipeños, que á jDcsar de las inclinacio-
nes de la sangre, consiguieron las primi-
cias de la sabiduría y de la aristocracia
mental, rompieron el molde impuesto por
la herencia; 3^ esta circunstancia, en con-
secuencia, relie va sus nombres con sobe-
ranos matices.
2^ — La emulación. — La vida, en sín-
tesis perfecta, es conmoción de energías
3' choque de esperanzas. Dominado el
hombre por el deseo, nunca satisfecho,
de sobresalir 3' de alcanzar los lauros de
una fama inmortal, lucha con el propó-
sito de conseguir la altitud que sueña.
— 148 —
Nace entonces la ambición, esa noble am-
bición en Yirtnd de la cual se han gene-
rado las evoluciones más rápidas y más
decisivas que registra la historia; esa
hermosa ambición c[ue, atormentando el
espíritu del individuo, lo impele hacia los
sacrificios, precursores de apoteosis ó de
sangrientos desengaños. Y entre las glo-
rias que el hombre puede conseguir, nin-
guna más adecuada á la índole de su
ser que acjuello que tiene su origen en la
labor cerebral, porque es el hombre j no
otro, el organismo verdaderamente inte-
lectual.
La emulación, surge de la ambición.
Una vez que el cultivo del intelecto atra-
jo las voluntades, una vez que se vio
que los hombres ilustrados merecían ho-
nores y conquistaban los más altos pues-
tos en el orden político, social y econó-
mico, las personas dotadas, naturalmen-
te, de talento, sufrieron algo así como
un contagio de ideas j de anhelos y
prendieron que el estudio metodizado era
la fuente de donde manaban, en corrien-
te continua y relampagueante, esos triun-
fos de bella trascendencia. Entonces na-
ció el vivo deseo de cultivar las faculta-
des mentales, las cuales después del lar-
go descanso á que las sometió la noche
del coloniaje, cobraron mayor empuje 3^
florecían en un campo de vitalidad y es-
— 149 —
fuerzo. La imitación, soñada, como le\^
sociológica, por el ilustre pensador Ga-
briel Tarde en forma de moda ó de sim-
patía, egerciendo su influencia en un
medio nuevo }' apropiado para el desen-
volvimiento de las inteligencias, estableció
un crecimieto admirable en la capacidad
pensante; así como el número, verdadera-
mente notable, de grandes intelectuales
que alumbraron la aurora, medio sangrien-
ta, de la patria peruviana. Por la emu-
lación, los hombres de verdadero alcance
pretendían que nadie los superitara; 3^ al
efecto, fué admirable la actividad que des-
plegaron, enorme la ilustración cj^ue adqui-
rieron y fecunda la acción que realizaron
en pro de los intereses colectivos. En el
foro, en la tribuna, en la diplomacia, en
la poesía y en la política, sólo podían al-
canzar figuración distinguida los hombres
que unieran á una inteligencia no común,
una ilustración sólida 3^ pujante. A prin-
cipios de la vida independiente, las me-
diocridades no tenían asiento ni en la ma-
gistratura, ni en el periodismo, ni en el cle-
^'^1 Ji por lo tanto, todos los que preten-
dían una posición espectable, tenían, for-
zosamente, que lucir méritos intelectuales
de sobresaliente linaje. Ho\' casi la emu-
lación no existe, por lo mismo c[ue los
estudios andan tan descuidados. Esa
cualidad, que puede originar la aprición
— 150 —
de entidades de empuje, no es conocida
ni aun en los centros docentes, en los
cuales, teniendo en cuenta que las apti-
tudes ofrecen una riqueza virginal y vi-
gorosa, es útil que crezcan esos sentimien-
tos de elevación y de glorificación á la
vida, en forma de himnos palpitantes y de
orientaciones progresistas de amplia re-
percución.
3^ — La opinión pública. — La concien-
cia colectiva, inclinada este ó en otro
sentido, merced á las influencias del me-
dio, del agente y del momento, favorece
ó no determinadas pretenciones de un or-
den espiritual ó económico. Es el alma
vibrante é inocente de las muchedumbres
la que da, á veces con pródiga mano,
los laureles de una 'fama inmaculada é
histórica. Por lo tanto, las individuali-
dades que ansian alcanzar prestigios de-
ben fascinar á los pueblos, haciendo ad-
mirar por éstos todas las virtudes y to-
dos los talentos que ostentan. Entonces
cuando las multitudes se sienten cohibi-
das bajo el peso augusto de una gran-
deza intelectual, la apoteosis del hombre
se esboza, con rasgos brillantes, en el ho-
rizonte de una eternidad humana y, en
consecuencia, deleznable. Hay que elevar-
se con esfuerzos hercúleos y crepitantes y
lucir, al mismo tiempo, cualidades de
ilustre prosapia: la opinión pública, siem-
— 151 —
pre intranquila 3^ jamás decidida, sufre,
una dirección .mecánica en el sentido de-
terminado por el agente.
Es indudable c[ue la grandeza ad-
quirida por los hombres del mérito, está
en razón directa de la ma3^or ó menor
ilustración de las masas. A una colectivi-
dad de elevada educación mental, habrá
de corresponder una conciencia serena,
libre de prejuicios, ajena á las sugestio-
nes de cepa imaginativa. Por el contra-
rio, cuando el pueblo se halla en un es-
tado no mu3^ evolucionado, como quiera
que su inteligencia se presenta caótica 3^
burda, el raciocinio 3^ el juicio 3^, en ge-
neral, todas las normas del conocimien-
to lógico, tienen que ser defectuosos. En
estos pueblos, domina la fantasía, más
que la verdad científica.
Las consideraciones anteriores, nos
llevan á declarar que la opinión pública
que reinaba en Arequipa, hasta hace po-
cos años, en concomitancia con la po-
breza intelectual de las gentes, tomadas
en sentido colectivo, contribu3^ó podero-
samente al endiosamiento de muchos de
los titulados "hombres ilustres".
Al presente, no pasa lo mismo. De
un lado, las aptitudes espirituales de Are-
quipa han sufrido nna evolución prove-
chosa. De otro lado, la relativa igualdad
de conocimientos, — igualdad c[ue no per-
- 152 -
mite la formación de una élite consti-
tuida por capacidades de un valor raro
y admirable, — que se observa en las clases
ilustradas de la sociedad, ha originado la
existencia de grandes intelectuales.
No habiendo un cerebro que, con
poderosos resplandores é intensa agitación
nerviosa, atraiga las miradas, que haga
converger hacia él el cúmulo de las sim-
patías y que simbolice la robustez men-
tal de la colectividad, todas las perso-
nas que, con más ó menos fundamento,
ansian un predominio de dificil ascención,
— porque los pretendientes equilibran sus
fuerzas,— se destrozan y desprestigian si-
multáneamente.
No sucedía lo mismo en la época
gloriosa de Arequipa. Tratándose de hom-
bres de ciclópea organización mental, com-
prendieron que sería difícil superar ú opa-
car el prestigio subjetivo de los demás;
cada uno escogió un ramo diferente pa-
ra ejeixitar sus actividades psicológicas.
Las pequeñas colinas se hacen sombra:
sólo las grandes montañas se elevan has-
ta el cielo sin interrumpirse y sin que
sus proyecciones de oscuridad puedan
ocultar su belleza. Consiguiendo verdade-
ra supremacía, se estimulaban. La opi-
nión de las demás gentes, — no teniendo
motivos de interés personal, — contribuía
á la solidez de las famas y de las inma-
— 153 —
culadas glorias que iban naciendo á su
lado, mucho más cuando veían que los
arequipeños de ilustre renombre deban
honra á la ciudad que les sirviera de cu-
na y de escenario de iniciación y de es-
fuerzo fecundo.
4^ — La menor bifurcación de la cien-
cia.— En el siglo diecinueve, siglo del va-
por y de la electricidad como se le ha
llamado por antonomasia, las ciencias, en
su sugerente genealogía, físicas ó químicas,
filosóficas ó jurídicas, sociales ó morales,
tomaron un vuelo gigantesco. Una cien-
cia imeva, tan importante, tan llena de
encantos, tan saturada de amplias y sal-
vadoras enseñanzas, como la Sociología,
arranca su existencia de la citada centu-
ria, cuvos adelantos intelectuales son la
apoteosis de la edad contemporánea. Al
mayor crecimiento, de las ciencias a la
fecundidad renovadora y de honda tras-
cendencia de muchas y al nacimiento fe-
liz de otras, hubo de corresponder, har-
mónicomente, una fiebre devoradora por
alcanzar las nuevas normas en que se
cristalizaba el empuje gigantesco de varias
generaciones y el consiguiente desgaste
mental que, proporcionado á la Ccintidad
exorbitante de energías empleadas, vse deja
sentir en el mundo europeo de cierto
tiempo atrás.
Esa vibración de las almas en el
— 154 —
sentido de la cultura, tuvo resonancia en
los parajes de América. La vida tran-
quila V, generalmente, estática que ob-
servauan los indo — latinos, dejóse impresio-
nar por las corrientes de agitación que
venían de la Europa civilizada; 3^, siguien-
do el impulso recibido, en vista de la
simpatía que ' despierta todo lo nuevo y
maravilloso, las mentalidades dormidas,
los caracteres deprimidos después de una
larga esclavización y las agrupaciones so-
ciales qtie vegetaran en tin período de cri-
sis histórica, se levantaron, con un grito
de angustia y un esfuerzo de lucha, para
reivindicar sus derechos legítimos y sagra-
dos. La ciencia vino á un campo aún no
explotado. Y, por lo mismo, una vez que
su rica simiente penetró en los espíritus,
la evolución de la raza empezó y fué rea-
lidad tangible. Los americanos estudia-
ron: el triunfo homérico coronó sus la-
bores de redención.
Es dogma sociológico que todo agre-
gado debe estar preparado para que el
dinamismo de las ideas pueda ocasionar
la evolución. En Arequipa, lo mismo que
en el mavor número de reo:iones del con-
tinente, la cultura intelectual era im mito:
la ciencia, tal como Iioa- se la concibe,
sin los errores con que la intransigencia
sectarista quiso dañarla, no existía. El
movimiento intelectual era tenue vibración,
— 155 —
débil estremecimiento. Así, pues, apenas
el germen de la revolución penetró en los
países que el genio de Colón descubriera,
todo fué penetrado por un aliento de vi-
da vigorosa é intensa. Las ciencias na-
cieron, junto con las artes más variadas
y las más atrevidas normas de la demo-
cracia igualataria y libertaria. Pero no
obstante el crepitar de las nuevas doc-
trinas no fué muy amplio. Había que
vencer inveteradas resistencias, había que
aniquilar atavismos de ignorancia y atra-
so, había que extirpar odiosidades de cas-
ta y había que demostrar que nada ha}^
tan noble como el imperio de la inteli-
gencia. Se luchó con esos obstáculos,
alcansando, al fin, un triunfo ni previsto, ni
soñado. La América antes envuelta en las
tinieblas del error y presidida por clases
que oprimían 3' por un clero y una co-
rona que absorbían inavaluable parte
de las ric[uezas naturales, se ilustró, con-
siguiendo, al propio tiempo, la libertad.
Numerosos fueron los hombres que, por
sus cerebraciones brillantes y perdurables
á través de los tiempos, consiguieron una
inmortalidad para sus nombres \^ un
nimbo de gloria para sus patrias. Es
indudable que esos hombres, en el ma3'or
número de los casos, no podrían medir-
se con los de ultramar, tanto porcjue la
cultura en el continente americano inicia-
— 156 —
ba recién su reinado de luz, cuanto por-
que el medio, apenas variado, no podía
favorecer un desenvolvimiento maravillo-
so.
Si es cierto que la Europa, desde
principios del siglo diecinueve, alcanzó l)ri-
llantes progresos en el orden mental, es
tambiém cierto que en América esos cam-
bios saludables eran lentos. La ciencia
no tuvo en este continente la agitación
febril y enloquecedora que ostentara en
las ciudades europeas. Y la razón es
sencilla. En ese entonces el comercio em-
pezaba á favorecer estas regiones; y, por
lo mismo, el contagio y comunicación de
ideas era tan poco activo como lo exigía
la distancia de los centros de cultura.
Estos irradiaban; pero la irradiación lle-
gaba á otras pla3"as débil y paulatina-
mente, sin que, en consecuencia, el cúmu-
lo de sus anhelos salvadores, pudiera flo-
recer con prodigiosa abundancia y menos
con tonos enérgicos y enteramente revo-
lucionarios. El cultivo del intelecto, era
para las olvidadas colonias que España
hizo nacer en América, misión inadecuada
para la vida de servilismo político y de
intolerancia religiosa en que vegetaban.
Merced á leyes sociológicas de fatal cum-
plimiento, la característica de .las nuevas
colectividades sufrió un cambio de fisono-
mía 3^^ de rumbos. Se pensó que el estu-
— 157 —
(lio de las ciencias, por ser indispensable
para orientar a las multitudes en la sen-
da de una innovación racional y saluda-
ble , debía merecer la atención de los po-
deres y la completa devoción de las in-
teligencias, vírgenes atin del beso de la
verdad y del arte. Entonces nació aquel
herbor de las facultades mentales, de las
energías volitivas y de los impulsos es-
pontáneos del corazón: corolario de ese
triple aspecto del alma peruana 3^ del
alma arequipefía, fué el núcleo, varonil,
eminente y glorioso, de grandes intelec-
tuales con que nuestra historia, llena de
justo orgullo, lia iluminado sus páginas
y ha sintetizado sus epope3^as políticas y
mentales.
Por lo mismo c[ue las ciencias no
se presentaron ante los ojos atónitos de
los arecjuipeños con toda su deslumbran-
te belleza y con todos sus infinitos arca-
nos 3^ con tocias sus inmarcesibles conquis-
tas, su florecimiento relativo ofreció apre-
ciables tonos de luz. Las ciencias en
Arequipa tenían una bifurcación mucho
menos amplia que la que ho3^ nos pre-
sentan. Esto de una parte 3^ de otra,
los restringidos Ciue eran los estudios en
los comienzos del enunciado siglo dieci-
nueve, felicitó el encumbramiento de mu-
chos individuos que, tal vez ho3', por el
exorbitante progreso intelectual 3' la gran
— 158 -
zona de materia prima que sirve de me-
ta á las investigaciones, no habrían con-
seguido, una elevación iiiuv eminente ni
muy envidiable. Además, el enciclopedis-
mo cjue devora á las generaciones de los
tiempos presentes, no tenía en esa época
de gestación y de ensayo, la pujanza y
el triste influjo que ofrece en la edad ac-
tual, dominada, desgraciadamente, por la
palabrería retumbante, por el giro audaz
3^ por el prurito de lucir erudiciones pres-
tadas. H03'', la ambición inmoderada que
destroza el espíritu individual, inclina á
éste á la consecución de un contingente
ele conocimientos por demás abrumador:
queremos saberlo todo, penetrarlo todo,
comprenderlo todo. Somos, pues, lleva-
dos por una senda, si sumamente lumi-
nosa y atrayente, terriblemente estéril j
hondamente pesimista. Lejos de conten-
tarnos con ser medianos abogados, pre-
tendemos ser oradores, políticos, sociólo-
gos, químicos y filósofos, y frecuentemen-
te no descollamos en nada y no logra-
mos jamás imponer nuestra personalidad
con relieve púgil j soberano, por lo mis-
mo que nuestra receptividad espiritual es
estrecha y anémica; y más aún, porque
el legado volitivo que heredamos ha ido
perdiendo, lenta y constantemente, la vir-
tud de la energía invencible y del anhelo
nunca satisfecho. En los años pasados, —
— 159 —
cuando las ciencias no lucían las fulgu-
raciones Cjue nos sugestionan ahora y
cuando el enciclojiedismo, á semejanza de
una huracán, no había producido deso-
lación en nuestro medio ambiente, — los
hombres se dedicaban á una ciencia ó
arte, de terminados, concretos, circuns-
critos a un límite conocido. Y la apa-
rición de las verdaderas competencias
dentro de cada norma de conocimientos
no se dejaba esperar largas décadas de
tiempo. Sin afanes por conocer las múl-
tiples, variadas y aún misteriosas manifes-
taciones del universo en sus formas orgáni-
cas, inorgánicas y superorgánicas, cada
hombre, midiendo, como condición previa, la
intensidad de su intelecto 3" la fuerza de su
voluntad, escogía el tema apropiado pa-
ra el triunfo individual, generador de la
apoteosis colectiva. Y la fama, hija de
la gloria y del recuerdo santo, orlaba
sus frentes, — las de los vencedores inte-
lectualmente, — con los laureles cjue sim-
bolizan el sacrificio doloroso 3" la pasión sin-
cera 3' ardiente, siempre vibrante.
5^ — Lr sanidad de costumbres. — Co-
mo una ironía sangrienta 3^ como un
reproche doloroso, se ha establecido por
los eruditos cjue á medida que la civili-
zación avanza las costumbres se pervier-
ten, estableciéndose así una correlación
entre la cultura v la falta de moralidad.
— 160 —
El hombre, inclinado, tristemente, por
sus instintos naturales, hacia una pen-
diente de placeres insanos 3^ perturbado-
res de su desarrollo natural, busca, á
medida cjtie evoluciona, nuevos motivos
de satisfacer, con más lujo, con más de-
rroche de energías, con más voluptuosi-
dad en las sensaciones, los anhelos de
la materia viva, explosiva y ardiente
c|ue constituiré su ser orgánico. Para
excitar su sensibilidad cansada, para es-
timular sus apetitos un tanto adormeci-
dos después de las orgías y después de
las bruscas 3^ horriblemente dañinas im-
presiones que el adelanto contemporáneo
ofrece á. cada momento, el hombre estu-
dia su estructura 3^ la de los objetos ex-
traños para sacar á ella 3" á éstos el
elixir de un goce cada vez más intenso
3^ delicado. La instrucción que ha reci-
bido,— una instrucción pesimista é incu-
badora de los desengaños más demole-
dores,— enséñale, por otra parte, lo des-
preciable que es en sí la vida en sus tres
modalidades: pasado, presenta 3^ porvenir,
despreciable el uno, incierto el otro 3' ne-
líuloso, sombríamente oscuro, el último.
Examinando las costumbres de prin-
cipios de la pasada senturia, para lo
cual habremos de contemplar no sólo las
virtudes que lucían en el hogar domésti-
co, no sólo la seiiedad 3' hermoso respe-
— 161 —
to que eran el distintivo del verdadero
arequipeño, no sólo la diáfana ])ureza \'
singular donaire de las damas, sino tam-
bién la rectitud que se observaba aún en
los asuntos meramente políticos y el sin-
cero anhelo por el bien público, habre-
mos de concluir afirmando que de la com-
paración entre el a^^er y el hoy, resulta
una pérdida, no enteramente despreciable,
en el legado de virtud colonial. A la in-
moderada autoridad paterna, á cu\"o in-
flujo santo debióse esa pureza de cuerpo
y espíritu, ese afán por el cumplimiento
del deber, esa inclinación al estudio, ese
higiénico comportamiento j esa placidez
de las imaginaciones y esa arrogancia 3^
virilidad de las inteligencias, nunca ani-
cpiiladas por la sensación enfermiza y
laxante, — ha sustituídose una independen-
cia que espanta. Merced á ella, las cos-
tumbres han cambiado radicalmente; 3"
ese cambio funesto lia engendrado mul-
titud de trastornos en el orden moral, en
el orden intelectual 3-, lo c[ue es ])eor,
en el desarrollo de la vida. Ya casi no
se estudia. Por el contrario, los mo-
mentos C|ue antes, bien aprovechados,
servían para ilustrar á las jóvenes inte-
ligencias, se disipan en frivolos goces
Así el organismo A^a debilitándose, el al-
ma va degenerando 3^ la raza, sin robus-
tez 3" sin fuerza creadora, ha de declinar
— 162 —
aún más. De esta ]30stración no se le-
vantará si la ecliicaeión moral, religiosa
y civil no acucie con solicitud cariñosa,
con amor ele madre c[ue ve un precipicio
cerca del hijo querido, pronto á abrir sus
fauces devorad o ras.
El amor á la ciencia se eclipsa, el
afán por saber se pierde y el ideal de
vida y esfuerzo y sacrificio, único resorte
que puede dar sentido á la existencia, de-
saparece. Y las gentes que nacen, llevan-
do su organización material un estigma
de degeneración, — locura ó histerismo, —
imbecilidad ó idiotismo, — ofrecen para la
frivolidad y la involución. Las sensa-
ciones j emociones fuertes reemplazan á
todo lo que de hermoso y varonil tiene
la vida y el anhelo de curiosidad j fer-
vor c[ue acompaña al hombre siempre que
los misterios naturales excitan el intelec-
to, es idea pasajera, volátil, incierta. No
luchas por el bien, no combates por la
ciencia, no dolores por el triunfo augus-
to de la voluntad: sólo encantos de car-
ne palpitante, sólo miserias de relajación
moral, sólo manchas de atávicos peca-
dos.
Nadie, poi' cretino que sea, pondrá
en duda, ni aún por un instante, que la
inteligencia exige para su desarrollo de
ima organización material, robusta y vi-
gorosa. Sólo las 1)uenas costumbres cpie.
— 163 —
lejos (le traer degeneraciones naturales,
tonifican el cuerpo y avivan el espíritu
que en él se anida, son eficaces para el
desenvolvimiento progresivo de las razas
y de los pueblos y, por ende, al que se
refiere al adelanto de la cultura literaria,
científica ó artística. El hombre se ha-
lla dotado de órganos de placer 3^ de lu-
jo, ]3ero para que éstos no se perviertan
3^ pierdan su virtud propia, se hace ne-
cesario que el ejercicio, que es función,
sea normal. El exceso, sea en el orden
mental, sea en el físico, sea en el religio-
so, sea en el estético, es signo de hon-
das 3" tenebrosas perturbaciones 3' de tris-
tes anomalías. Mientras tanto cuando
las costumbres son buenas, — en el hogar,
santuario de la pureza 3^ del afecto sin-
cero; en la sociedad, núcleo de prestacio-
nes honradas 3' levantadas; 3" en la hu-
manidad, síntesis c[ue integra harmónica-
mente todas las inclinaciones altruistas
del hombre, — la raza se conserva, física
espiritualmente, robusta y amplia 3^ en
alto grado activa, pose3xndo ensueños en
los que se cristaliza la fuerza expansiva
3^ el anhelo fecundo. La audacia es su
compañera, la energía es su agitación
perenne 3' misteriosa 3^ la voluntad, nun-
ca amilanada, más siempre invencida, es
el eje de todos los cambios sociológicos
que opera á través de la historia. El
— 164 —
progreso de la cultura, entra, Ijajo tales
condiciones, en sn más floreciente génesis.
La corrupción mata las facultades psico-
lógicas y éstas son las únicas que tie-
nen en sí la virtu:! del progreso, la cua-
lidad del porvenir brillante 3^ repleto de
orientaciones positivas.
6^ — La aplicación. — Al cúmulo, casi
exhorbitante, de materias que se ense-
ñan en colegios 3^ universidades, ha teni-
do que corresponder, no un brotamiento
de capacidades salientes 3" superiores, si-
no, más bien, tina esterilidad que anona-
da. Este fenómeno puede explicarse por
falta de bueuos maestros, como piensan
unos, ó por carencia de métodos apro-
piados, como pretenden otros. Pero no-
sotros creemos, gracias á la experiencia,
que aún cuando los maestros 3^ los mé-
todos sean malos, la cultura individual
y colectiva se difundirá con tal de que
los discípulos sean contraídos 3^ serios.
Así, al menos, parece haberlo demostra-
do el renombrado catedrático de la uni-
versidad de Lima, doctor don Alejandro
O. Deustua, cuando, con ocasión del es-
tudio del último libro de García Calde-
rón Re3^, decía que este joven sabio to-
do lo ha conquistado, desde el renom-
bre de distinguido intelectual, hasta la
fama de encumbrado 3^ profundo literato,
merced á su constancia 3- á su talento,
165
indudablemente, ijrodigioso. Prueba de
ello, es que en Arequipa hemos eontado
con verdaderos sabios, antes de tener
grandes maestros. Sólo por la aplica-
ción decidida, por la labor continua 3'
siempre intencionad ¿1, se explica la apa-
rición de eminencias mentales dentro de
un medio que carecía, como todo medio
burdo, de anhelos renovadores. ¿Qué
maestros tuvieron los Luna-Pizarro, los
Ureta, los Paz-Soldán? No debieron su
prestigio 3" las imponderadas dotes de su
intelecto sino a la energía de su volun-
tad, al místico entusiasmo que despertara
en sus almas la verdad j la belleza, el
derecho y la libertad . Era enorme su
fuerza volitiva j virginal y, por lo tan-
to, rica, su virtud intelectual. Los li-
bros eran escasos, el palpitar de la cien-
cia era tenue j el fulgor de la cultura
europea llegaba apenas después de mu-
chos años; pero se asimilaban tan bien
los principios, se establecía una relación
tan estrecha entre el deseo del intelec-
tual y la evidencia que luce siempre la
verdad y el bien, que bastaba un núme-
ro reducido de obras para que las inte-
ligencias superiores de esa época escala-
ran cumbres excelsas. Ho\' existen mi-
llares de libros en los que el adelanto
intelectual de la edad contemporánea se
condensa admirablemente, porción de re-
— 166 —
vistas pregonan el desenvolvimien-to dia-
rio de la humanidad é innumerables pe-
riódicos dan idea del modo de pensar,
diario 3^ constante, de las diversas na-
cionalidades; 3^ sin embargo de tantas 3'
tan favorables condiciones ¿dónde está
el sabio eminente que ])ueda opacar la
gloria, no simulada, sino real ante los
ojos de la Historia, de Rivero 3^ Vigil?
¿dónde alienta el jurisconsulto que surja
y desafíe, con arrogante empuje, la me-
moria veneranda de Ureta 3' Químper?
¿dónde está el verbo sagrado que haga
enmudecer esa fama, ponderada 3^ exal-
tada á través de los tiempos, de Luna-Pi-
zarro 3^ Martinez, inmortales oradores?
Gente equilibrada la antigua, — en sus
modalidades orgánicas, sentimentales, in-
telectuales 3' morales, — la hermosa cuali-
dad del carácter 3^ la circunspección la
informaba. Nada de palabrerías c[ue,
cuando más, dicen ruido ó vaciedad, na-
da de petulancias atrevidas, nada de fan-
farronadas seniles ni de arrogancias im-
petuosas 3^ fugaces: los antiguos eran so-
brios, moderados, serios, activos, lucha-
dores, ardientes en sus anhelos 3^ arrai-
gados, profundamente arraigados en sus
convicciones. Por eso vencieron, por eso
sus noml^res viven en la memoria de los
descendientes 3^ por eso sus virtudes, cual
refulgentes montanas, salvan la pobreza
— 167 —
(le nuestra vida independiente y atraen,
eon impulso irresistible, las miradas de
curiosidad y admiración de los póste-
ros.
7^ — Lr libcrtRcI del Perú. — ^s el prin-
cipal momento de la elevación intelectual de
Arequipa. Sometida, antes, la nación á un
tutelaje que le impidió el adelanto material
3'- moral, la mentalidad no pudo expandir-
se y no pudo tampoco florecer en forma
amplia y púgil, porque le faltaba, preci-
samente, el medio adecuado. Padecía la
colectividad peruana, bajo el nefando régi-
men del coloniaje, una fatal indiferencia
])or todo lo que, en sí ó sus consecuencias,
significara avance, movimiento progresis-
ta: en su mutismo las ftierzas iban sufrien-
do lamentable atrofia. Felizmente, des-
pués de un largo período de laxitud, el
movimiento libertario de la revolución
francesa sacudió, de su secular modorra,
á las razas esclavas 3' las impulsó á la
actividad en forma de lucha armada con-
tra los sistemas de dominación con que
España pretendía ejercer su soberanía en
las colonias. La formidable rebelión fué
santa en sus motivos 3" consecuencias, en
las ideas levantadas c[ue la informaron
3^ en el brío cjue los independientes pu-
sieron de su parte para lograr el triunfo
de aquéllas. Fué sublime, con sublimidad
homérica y fué civilizadora 3^^ redentora,
— 168 —
con cultura j redención manifiestas, por-
que los héroes, — que todos los soldados
lo fueron — conquistaron con su sangre la
independencia y la excelsitud de muchas
patrias, al mismo tiempo que la eleva-
ción de éstas, ya moral, jr social, 3^a
política, jR intelectualmente. A virtud
del estado de sacudimiento, las energías,
antes tranquilas, sufrieron una conmoción
maravillosa, de resultados tanto más fe-
cundos cuanto que, por ellas, operóse la
cristalización de multitud de aspiraciones.
En vez de la intransigencia sectarista, en
lugar del monopolio odioso, en cambio de
la necia y en alto grado desoladora pre-
tensión de restringir los límites de la
ciencia y del arte y en sustitución de
ese régimen de oprobio, fundado en la de-
sigualdad de clases y de castas, que se
implanta.ra en el Perú, tratando de hu-
millar á los débiles, convirtiendo a la so-
ciedad en turba de opresores y de infelices
3^ llevando á los peruanos á los linderos,
]:)or suerte nunca alcanzados, de estable-
cer como doctrina el odio y como evan-
gelio el antagonismo de sangre, vinieron
la libertad de conciencia, con todos sus
atributos demoledores \^ enérgicamente
revolucionarios; el comercio libre que
abarátalos elementos de subsistencia y
que, tra\^endo, de medios más evolucio-
nados las obras é inventos, las artes é
— 169 -
iiidustrias que son el polen de la cultura,
contnbu3^e el resurgimiento de lovS pue-
l)los inferiores ó de caótica civilización;
la brillante soberanía del saber, la tínica
que puede engendrar, entre los hombres,
desigualdades, bastante realtivas es cier-
to; 3^ la democracia, norma política ver-
daderamente humana, a cuyo influjo se
borran, para no reaparecer jamás, las di-
ferenciaciones que el orgullo de alguno ha
c[uerido establecer entre los hombres, sien-
do así que por ser común su origen, una
la labor que les toca en el mundo é idén-
tico el fin de sus desenvolvimientos, la
igualdad se impone. Al oscurantismo co-
lonial sucedió el reinado ele la indepen-
dencia política. Al unísono, las concien-
cias de los antiguos oprimidos se levanta-
ron con bruscas sacudidas. Entonces los
hombres dotados de inteligencia, — y los
arequipeños lo son por virtud natural, —
se pusieron á la cabeza del cambio regene-
rador y determinaron, en consecuencia, el
noble y siempre fecundo apogeo de las ca-
pacidades. La ciencia grande, robusta y
victoriosa, se impuso con soberanía inven-
cida; y el hombre eminente, ya con una
patria, á la que podía dedicar sus esfuer-
zos y por la que debía educar sus facul-
tades, nació, creció y vivió como una en-
tidad superorgánica de relieve imponde-
rado.
— 170 -
8^ — La forma de gobierno. — En la
época del coloniaje la administración pú-
blica era dirigida por el gobierno penin-
sular, el cual, en su deseo de procurar
C|ue los peruanos estuvieran siempre so-
metidos al más funesto tutelaje, al más
inicuo sistema político y (i la miseria in-
telectual más escandalosa j sombría, sólo
ejercía sus atribuciones legales mediante
funcionarios que, ante la idea de la pa-
tria hispana y ante el anhelo de conse-
guir el mayor rendimiento posible, eco-
nómicamente hablando, cometían atenta-
dos de lesa civilización. — Sin esa simpa-
tía c|ue crea, fecunda y vigorosa, la idea
de la comunidad de origen y la identidad
de fines colectivos, los gobernantes espa-
ñoles, ávidos de ricjuezas, c[ue no podían
lograr sino mediante una explotación
cruel, venían al Perú con el ñn de ma-
tar cualquiera iniciativa salvadora que,
espontáneamente y por virtud natural,
])udiera surgir y alimentarse en ese me-
dio. Querían algo más. No sólo el ani-
quilamiento de la conciencia social, no
sólo la destrucción, en germen, de cual-
quiera manifestación de progreso, no só-
lo la muerte de los ideales sociales ó co-
munales: pretendían, también que el es-
fuerzo individual, — 3^a que la existencia
de éste no ])odían im]:)edirla ])or circuns-
tancias comi)lejas, — fuera estéril en re]:íer-
— 171 —
elisiones y en concreciones orientadoras.
Ni el sentir de los pueblos, ni el pensar
de los hombres convenía al sistema inqni-
sitorial c|ue España estableció para el go-
bierno de las colonias. Los peruanos se
hallal3an incapacitados para dirigirse por
sí mismos. Estaban privados de ejerci-
tarse en las faenas de la vida pública, por-
que la metrópoli, mirando sus intereses
estrechos y exclusivistas, pensaba que la
participación de aquéllos en la vida admi-
nistrativa, podía alimentar, en unos casos,
ó nacer, en otros, los ideales de indepen-
dencia.
Libertado el Perú, las condiciones
cambiaron j los medios de ilustrarse, an-
tes tan sistemáticamente ocultos, pusiéron-
se al alcance de todos. La ciencia, sin
restricciones Cjue la deprimiesen, allanó el
camino de vida intensa y hondamente
sentida por donde la nación que acababa
de brotar, después de terribles sacudidas,
conduciría su augusta personalidad auto-
nómica. Y la civilización vano toda ínte-
gra j luminosa. Tiranías religiosas ó po-
líticas, científicas ó libertarias, eran una
aberración en un mundo ihiminado por los
esplendores de la libertad democrática,
del pensar sin cortapisas, del actuar sin
límites convención alistas.
Si esos cambios sociológicos impul-
saron la creación de nuevas modalidades
— 172 -
aún no conocidas bajo el aspecto social
3^ mental, — la forma que las nuevas enti-
dades políticas adoptaron en su existen-
cia independiente, determinó el reinado, no
despótico, sino humano, de los intelectua-
les. Ya no había ante la kn^ clases socia-
les. Ya no existían diferenciaciones funda-
das en legados históricos. Ya no valían los
hombres por lo que sus antepasados, auda-
ces siempre, honrados pocas veces, ha-
bían valido entre sus coetáneos. Cada
])ersonalidad, — actuando en un medio cpue
significal^a lucha diaria 3^ resurgir cons-
tante,— merecía según lo que, orgánica ó
mentalmente, significaba su propio ser.
El gobierno se daba á los capaces. La
soberanía de las inteligencias era una rea-
lidad tangible. Así, pues, los humildes,
á quienes se exigía únicamente sólida pre-
paración, merced al estudio metodizado,
á la experiencia diaria 3' dolorosa 3^ al
talento de rica estructura, se hallaban
en condiciones de elevarse á los primeros
cargos sociales. Esa analidad de la so-
ciedad peruana, á los comienzos de la vi-
da independiente, estimulaban la virtud
individual, haciendo cpie éste fuera fecun-
da para las labores más difíciles 3^ desco-
nocidas en un núcleo, recién abierto á
las tendencias contemporáneas, en el cual,
en consecuencia, se hacían sumamente di-
fícil la introducción de nuevos rumbos pa-
17
o
ra la marcha de la colectividad. Con el
soberano respeto que despertaban, por
doquiera, los cerebros amplios y poderosos,
abrióse, en loeneficio de éstos, magníficas
sendas en las C]ue, fúlgidos y expansivos,
derramaban todas sus energías.
El ideal republicano, por sí y porcjue
trajo el desarrollo de las normas educati-
vas, creó ese innumerable grupo de sa-
bios, filósofos, jurisconsultos j poetas cjue
habían de elevar el prestigio de nuestra
ciudad.
9^ — La robuztez de ¡a raza. — En el
desenvolvimiento de la cultura humana,
en lento proceso histórico y en el perpe-
tuo movimiento de las ideas, la raza la-
tina,— más idealista Cjue pensadora, más
artistas C|ue sabia, más noble que egoísta
3^ más valiente y heroica c[ue calculadora,
— ha tenido parte mu}- enérgica, fecunda
y amplia. Raza incansable, ha luchado
centenares de siglos por imponer el cetro
augusto del Idealismo y por conseguir
Cjue éste, bello en sí y hondamente tras-
cendental, dominara entre los hombres
como luz eterna, como fuente de vida ar-
diente é intensa y como panacea universal.
Sucesora de la civilización helénica, si és-
ta, con legítimo orgullo, ostenta las su-
blimes obras de Esquilo y Homero, si su
magnifidencia crece con las oraciones de-
mosténicas y esquinianas, si su lustre se
— 174 -
abrillanta con las concepciones profundas
de Platón 3^ Aristóteles, de Epicuro y Ze-
non, si su fama es pregonada por el ver-
bo inmortal de Herodoto y Tucídides;
en cambio Roma, conquistadora y justi-
ciera, si no llegó á superar el mérito,
hasta ahora no alcanzado, de los griegos,
tuvo también sabios, artistas, poe-
tas; 3^ tuvo lo que nadie ha tenido: ora-
dores forenses, jurisconsultos y ciudada-
nos. Así si Virgilio, si Horario, si Ovi-
dio, si Séneca salvaron el prestigio de la
raza, consiguiendo imitar, con toda faci-
lidad, el instinto estético 3^, la vez, filosó-
fico de los helenos, Cicerón y Julio César,
cultivando nuevos temas de CvStudio, hi-
cieron ver que el talento de los latinos
era poliédrico 3- notablemente poderoso.
Después de Roma, cu3^o progreso es, bas-
ta ho3^, la admiración de las generacio-
nes, el alma latina, cansada de animar
a un organismo tan hercúleo como lo era
el imperio, se fraccionó, se dislocó, se
rompió en fragmentos. Nacieron enton-
ces Francia, España, Portugal é Italia.
Estas naciones, siguiendo las le3'es genera-
les que determinan la evolución social, no
han podido eliminar de su estructura psi-
cológica el germen del Ideal. Y que han
luchado por él 3^ que sus esfuerzos, á ve-
ces estériles, pero siempre sentidos, se han
dirigido á la consecusión de lo noble 3^
io —
generoso 3^ que la inclinación nativa 3^ es-
])ontánea ha querido traducirse en fórmu-
las de vitalidad y ensueño, pruébalo, — á
quien audazmente, lo ignore, — esa historia
de las edades modernas que luce en sus
páginas los nombres del Galileo 3^ Cer-
vantes, de Racine y Pizarro, de Colón 3^
Descartes, de Miguel Ángel y Yelásquez,
esa historia en cu3^as páginas se ha cris-
talizado el más hermoso fervor por las
libertades y por la cultura, esa historia que
hace ver que la humanidad, á despecho de
hábitos feroces 3" sanguinarios, ha decla-
rado 3'a, como dogma indubitable 3^ sa-
;>'rado, cpie la inteligencia y la verdad,
junto el bien individual 3" colectivo son las
normas á las que, arrebatada, se dirige la
conciencia humana.
Y á esa lucha por el Ideal, ha te-
nido que corresponder un cansancio. La
raza latina, en el colosal fragor de sen-
timientos y de pasiones C[ue se conoce
con el nombre de Revolución Francesa,
agotó casi el elixir maravilloso de su di-
namismo. Los héroes se multiplican,
las campañas se hacen cada vez más san-
grientas, los apóstoles se sacrifican ante
la salvación de los principios; pero, feliz-
mente, la conquista de los derechos es
una realidad 3^ una esperanza. — Luego el
movimierito francés no queda encerrado
dentro de un círculo de hierro, sino que
— 176 —
la espada de Napoleón, humillando á los
soberanos de extirpe, á los re3'^es del de-
recho divino, va sembrando la idea que,
convertida en realidad n^ás tarde, reivin-
dicaría el prestigio de los libres, con vir-
tiendo á éstos en entidades capaces de
contribuir con sus esfuerzos á la rápida
adquisición de la cultura.
Las energías cerebrales, después de
lui prolongado trabajo, generación tras
generación, siglos tras siglos, — si bien pue-
den conseguir el máximum de desarrollo
orgánico, se hallan en la posibilidad de
sufrir una paralización á ñn de conse-
guir un descanso, una tranquilidad, una
inercia salvadores. La raza latina c[ue,
desde tiempos seculares 3^ heroicos, viene
desempeñando un papel de decisiva im-
portancia en la marcha de los aconteci-
mientos humanos, se halla agotada, tal
vez si en plena j triste decadencia: la
virtud de la especie se está acabando, el
carácter impetuoso 3^ soberbio se va ])er-
diendo, el arranque audaz va cobrando
síntomas degenerativos v la inteligencia,
tan creadora y activa de españoles, fran-
ceses é italianos, sufre, desde hace tiem-
po, algo así como una anemia. Se ha
hecho ligera é inestable y superficial; más
(]ue honda y reflexiva, es imaginativa,
artistica, superficial, vaga. Es una raza
heml)ra: la sensibilidad la trastorna v la
- 177 -
atrae con impulsos magnéticos. Y más
que tocio su papel desde hace un siglo
parece C[ue ya uo es el programa de los
humanos. Antes esa raza imprimía orien-
taciones en el mundo estético, político,
moral y religioso. Sus poetas, estadis-
tas, filósofos y sacerdotes dirigían las
elucubraciones y consagraban los adelan-
tos. Ho3^ el latinismo, perdida su fuer-
za primitiva, agobiada su conciencia por
el peso de tantos años, no es estrella que
guíe ni verbo Cjue reclima. Ha pasado
la época en c^ue podían cristalizarse los
sentimientos latinos. La lucha surge ca-
(!a vez con más bríos y más hambrien-
ta. Esa raza soñadora, — ante el concep-
to utilitario del siglo, — va perdiendo su
importancia. Cansada, débil, sin los ins-
tintos c[ue estimulan al combate por la
vida y por la idea, la raza latina va.
ca3^enclo, lentamente es cierto y alumbra-
da por la aureola de luz brillante con
que las edades han orlado su frente in-
maculada.
Así degenerado, y deprimido por la
milenaria y gigantesca lal3or en guerríis
sempiternas, en creación de nuevas 3^ más
intensas civilizaciones, en concepción de
obras de maravillosa estructura 3^ hon-
do, mu3^ hondo concepto científico, en po-
blar inmensos desiertos con su sangre
impetuosa en los climas ibéricos, pero
— 178 —
atacada de laxitud en nuestras yermas
soledades, — fué el contingente étnico que
España mandó á las tierras americanas
para que ''su cultura reviviese en una
inmensa floración de pueblos" (12). Gen-
tes intelectualmente cansadas, homlDres
moralmente desvirtuados, lejos de reac-
cionar contra la terrible enfermedad, vie-
ron aumentar sus estragos con el siste-
ma de gobierno introducido por la mo-
narquía española. Y se juntaron, para
mayor desgracia con los quechuas, ene-
migos del cultivo de las ciencias y de la
visión lúcida de orientaciones redentoras
y liedlos, merced á los imperativos de
la herencia, al despotismo, si paternal,
no por eso menos duro j oprimente, de
los incas. — Los quechuas eran artistas,
tenían notables cualidades para la agri-
cultura, pero, en cambio, la conciencia
individual y mucho menos la colectiva
habían animado su espíritu, sometido á
un perdurable despotismo, ya religioso,
ya político. Las razas se unieron: el
polen de la vida las fecundó 3^ las ge-
neraciones crecieron llevando en el orga-
nismo los hábitos, los pecados y las do-
lencias de las razas madres. Vivieron,
antes cjue la vida del pensamiento y de
la acción y del esfuerzo, la vida calma-
da y ti])ia de las ]3iidistas. La raza, en
ese lapso de tiempo que se conoce con el
— 179 ~
nombre del coloniaje, recuperó, en algo,
sus perdidas facultades: descansó 3^ re-
surgió. Fué entonces c[ue la América
dio el grito de libertad. Los peruanos
se hallaron pictóricos de energías y de
entusiasmos: el despertar se presentaba
maravilloso. La intelectualidad les brin-
daba sus secretos para cjue pudieran ele-
varse como ciudadanos de naciones aún
no enteramente evolucionadas. La vida
política les ofreció los mejores puestos á
condición de que fuesen capaces, — c[ue lo
fueron dignamente, — de desempeñar con
brillo y altura de concepción la misión
c[ue se les encomendaba en las nacientes
sociedades, las cuales, por lo tanto, ne-
cesitaban de hombres superiores educa-
dos en la escuela del deber, experimenta-
dos en todos los asuntos de la vida co-
lectiva, y hábiles para procurar, dentro
de un caótico medio, el resurgir de pasa-
das grandezas y el palpitar de entusias-
mos tal vez dormidos, ó tal vez atrofia-
dos. La libertad, — rompiendo las vallas
que la intransigencia del régimen ante-
rior pusiera, usando así de los recursos
Cjue su instinto de conservación, burdo y
egoísta, le aconsejaba, — les permitió la
adcjuisición de cuanto, factible 3' útil, her-
moso 3' progresista, pudiera tender, con
eficacia, al avance de la cultura v á la
creación del alma nacional, varonil 3' al-
— 180 —
tíva. La raza, que descansó de sus an-
tiguas congestiones y que recuperó sus
fuerzas agotadas é incapaces de generar
la vida, se halló, súljitamente, vigorosa ^
activa, repleta de ideales, animada por
las energías más violentas y audaces y
poseedora de un espíritu entusiasta 3^ le-
vantado; y respondiendo á esa necesidad
orgánica, en cuya virtud los seres tien-
den al goce material cuando vSe encuen-
tran fuertes y expansivos, los peruanos—
Y dentro de esta síntesis internacional,
los arequipeños, — se lanzaron á la con-
quista ele las sugestivas concreciones á
que la humanidad civilizada halDÍa llega-
do ya. Se la exigió que fuer^i intelec-
tual,— invocándose para ello los- intereses
de la comunidad que para su realización
necesitíi»ban de hombres capaces, ele enti-
daeles talentosas y aptas, ele vereladeros
sabios si fuese posible, ele grandes pen-
saelores para e[ue fueran guías ele las
muchedumbres del nuevo mundo, — y las
inteligencias, aprecianelo el mérito y la
trascendencia de la invitación cjue reci-
bían, consiguieron triunfos que aún per-
duran, glorias ejue aún se recuerdan, y
evangelios ele libertad c]ue son aún el ampa-
ro de las garantías inelividuales. Pro-
dujo vereladeras eminencias en el orden
científico, dio á luz oradores de ilustre
recordación, concibió A^ereladeros artistas
— 181 —
de amplio sentido estético y de honda
penetración imaginativa, creó estadistas
tan discretos, serenos y dignos, como
honrados, laboriosos y enérgicos: fné su
apoteosis de madre. Desgraciadamente,
para esta hermosa producción, para este
revivir de pretéritas famas, para este re-
sucitar de pasados méritos, tuvo esa ma-
dre,— la familia arequipeña,— que gastar
toda la fuerza acumulada después de tres
siglos de infecundidad. Nada importa
que la ciudad mistiana, rodeada de poé-
ticos paisajes, colocada á las faldas de
un volcán 3^ beneficiada por la naturale-
za con hermosos dones, se halle inclina-
da, por sus mismas condiciones de ais-
lamiento y por la falta de estímulo pa-
ra las industrias, á la vida intelectual,
si la fortaleza mental de las gentes, gas-
tada ya por haber animado á tantos 3'
tan poderosos cerebros, va declinando á
tal punto c[ue una decadencia psicológica
se viene notando con caracteres irrefu-
tables por lo salientes \" claros. No sig-
nifica esto, como cjuizá se suponga, que
la capacidad genésica del pueblo arccjui-
peño ha^^a desaparecido, tra^^endo, como
consecuencia, la desaparición total de
hombres hábiles, de inteligencias pene-
trantes \^ de intelectos raros. Se cjuiere
decir, únicamente, c[ue una regresión ó
involución, en la norma intelectiva, se ha
— 182 —
impuesto con síntomas fatales. Sin inia
resistencia, — cualidad de los agregados
nuevos, — susceptible de continuidad per-
sistente,— como quieren los psicológicos
modernos para adivinar la presencia de
los característicos, — sin voluntad serena
para la lucha por el Ideal amado, sin
inclinaciones, perfectamente definidas, pa-
ra las tareas científicas, sin estimulantes
poderosos, — ya C[ue el medio ele nuestra
ciudad es horriblemente hosco, — las gen-
tes se han hecho escépticas, ajenas al
trabajo, enemigas de todo esfuerzo c[ue
no se traduzca en adquisición positivista.
Así la vicia intelectual, que es derroche
de sentimientos y de esperanzas, que es
hoguera de cerebros y cristalización de
ideas, ha perdido en Arccjuipa, esa espon-
taneidad, acompañada de fe 3^ de orgu-
llo, C[ue brotara de las almas soñado-
ras de nuestras pasadas grandezas.
No hay sabios porque no existen
caracteres firmes y laboriosos, aparte de
Cjue condiciones económicas 3^ degenera-
ciones orgánicas, ele innegable influjo, no
permiten el estudio meditado 3' tenaz, el
esfuerzo gigantesco é irresistible, genera-
dor de la prosapia intelectual. La lucha
por la vida vSe presenta, cada vez, con ca-
racteres más alarmantes: las inteligencias
especulativas, los modernos idealistas 3'
— 183 —
los artistas por sólo la satisfacción clel
sentimiento estético, perecerán, su obra no
rendirá frutos materiales, si no tienen
el espíritu de adaptación al medio que ro-
dea, ho\' en día, á todas las clases so-
ciales, sean cuales fueren sus inclinaciones
nativas ó sus vagas tendencias adquiri-
das. Deberán amoldarse, mal que les
pese, á ese medio que exige c|ue toda ac-
tividad, c]ue todo ser, cjue todo anhelo
se dirija, sin vacilaciones 3^ ensoñaciones,
á la adquisición materialista, á ese dine-
ro cjue, no obstante el desdén cjue inspi-
ra á las almas superiores, es el substrá-
tum de la vida actual, individual 3- social.
El pesimismo, que se lia convertido
en la racha esterilizadora de las energías,
ha invadido taml3Íén á nuestras masas,
haciéndolas ver que los esfuerzos del hom-
bre, por bi^n intencionados que sean,
por fecundos que parezcan, se pierden en
la noche del olvido, en la destrucción de
la muerte. Cuando en el espíritu del lu-
chador no reviven, á cada momento, el ger-
men de la audacia 3'' la cristalización clel sen-
timiento ardiente y expansivo, á la la-
bor c]ue pudiera ser provechosa 3' bené-
fica, se sustitu3^e la desconfianza en la
acción. Entonces, el progreso de los pue-
blos— careciendo éstos de la conciencia co-
lectiva, que es guía y pensamiento á la
184
vez, — se hace imposible. El pesimismo ma-
ta. La raza pesimista es raza degenerada:
he ahí por qué hemos afirmado, á trueque
de parecer retardatarios y animados del
amor á las edades pasadas, que la raza
peruana, y dentro de ésta al agregado
arequipeño, esta en decadencia. No sólo
ho3^ se estudia menos cjue antes, no sólo
hoy se carece de los ideales que antaño
eran la razón de la vida, no sólo hoy
se nota menos inclinación al cultivo de las
letras y de las ciencias 3^ de las artes,
cultivo que ha dado á Arecjuipa el cetro
de la cultura nacional, sino cjue, desgra-
ciadamente, no somos tan fuertes, orgá-
nica y, por consiguiente, mentalmente,
como lo eran nuestros antepasados, llenos
de vigor, anhelantes de combates, ávidos
de luchas v de hieráticas contiendas. Ni
revolucionarios son siquiera los arecjuipeños
de ahora: han perdido todas sus hermo-
sas cualidades de energía y de empuje ti-
tánico: no son los característicos de la
historia patria, como lo fueran, glorio-
sos y eminentes, en los comienzos de la
forma republicana 3^ libertaria.
El problema de lucha por la vida,
no exige, en la actualidad, que cada ente
se convierta en una sabiduría. A virtud de
las tendencias actuales, la instrucción uti-
litaria, lo más breve, pero lo más coni-
— 185 -
])leta, lo más sintética, pero lo más sus-
tanciosa, se ha impuesto ya como aforis-
mo pedagógico. Los grandes enciclope-
distas á lo Spencer 3^ los geniales filóso-
fos á lo Kant no convienen, en el sen-
tido materialista del momento presente, á
ia felicidad del hombre. Se pide fábricas
3' descubrimientos que abaraten la subsis-
tencia, se ansia la prédica de los socia-
listas para ir educando el modo de pen-
sar de las colectividades 3^ se mira, con
ojos de simpatía, cualquier esfuerzo del
proletario por aniquilar las injusticias tra-
dicionales: sólo se busca, en buena cuen-
ta, el pan, como medio eficaz de satis-
facer las necesidades vegetativas. La so-
ciedad actual se contenta con la existen-
cia de individuos cpie puedan surgir en
la vida 3^ que, en consecuencia, dejen de
ser los parásitos de sus semejantes. Pa-
ra el desarrollo de este evangelio, la ins-
trucción, felizmente, se ha ampliado en la
generalidad de los países cultos. En el
Perú no brillan casi eminencias de com-
pleja organización 3' de estructura cicló-
pea; pero en cambio, la instrucción rela-
tiva, da armas para cpie, pudiéndose
usar de ellas, se logre la victoria econó-
mica. Lo cjue se ha perdido en intensi-
dad, se ha ganado en expansión. La. me-
cánica, fuente de las le3^es sociológicas,
produce tal modalidad.
— 186 —
La sabiduría es planta exótica.
Trátase de extirpar la ignorancia y la
estulticia.
¡Qué grande y qué sublime es toda
labor que encarna justicia y gratitud!
Hacen bien las generaciones presentes en
admirar á los hombres ilustres C[ue Are-
quipa, como madre fecunda y amorosa,
produjera hace ya más de una centuria.
Pero esa actitud que significa reconoci-
miento, ese gesto cjue traduce el más sin-
cero afecto, debe convertirse en recuerdo
santo é imborrable. Algo más aun. An-
te los hombres eminentes y ante los héroes
de la voluntad, las multitudes ignaras es-
tán obligadas no sólo á inclinarse con el
propósito de venerar y de querer. Un
pensamiento más elevado, más hondo,
más humano ha de animarlas: la imita-
ción de las virtudes de los antepasados
y el anhelo, si no de igualar á éstos, por
lo menos la ambición de ser, á mérito de
la pureza de sentimientos 3^ de la noble-
za de las almas, dignos descendientes
suyos.
187
Entonces cnnipliráse, con intcnsíi
repercusión y herniosa fin^ilidad, la frase
aquella de Gustavo Le Bon:
"Los muertos son los maestros indis-
cuti])les de los vivos".
Arequipa, Julio 15 de 1908.
Carlos Chirixos Pachebo.
— 189 —
(1). — Francisco García Calderón Rey.
(2). — Manuel Salas Ferré. — Honis crí-
ticas de España.
(3). — Anales de la Hacienda Publica
del Perú. — P. E. Dancuart.
(4). — El Materialismo Histórico.
(5). — Mariano Prado y Ugarteche. —
Filología Peruana.
(6). — Eugenio C. Sosa. — Breves apun-
tes sobre la enseñanza de las Ciencias
Políticas 3^ Administrativas en la Univer-
sidad de Lima.
(7).— Javier Prado 3^ Ugarteche. —
Discurso sobre el Coloniaje.
(8) — Doctor Don Andrés Martíiiez. —
Célebre discurso sobre Chaves de la Rosa.
(9). — El Culto de los Pléroes.
(10). — Doctor Don Pedro José Busta-
mante.
(11), — Don Ignacio Noboa.
(12). — J. M. Vargas Vila. — Discurso
en el Ateneo de Madrid.
//
piríor ^amirra ñú ^ílhix
(Trabajo que obtuvo el tercer
premio )
Resiéntese el trabajo que piilDlicamos
de varios defectos que somos los prime-
ros en reconocer. A consecuencia de di-
versas circunstancias, entre las cuales no
fué la menor, la estrechez del tiempo da-
do para el concurso del Centro de Ins-
trucción— tiempo invertido en su ma\'or
parte en en adcjuirir datos y fuentes de
estudio — nuestra monografía comenzada
con toda la amplitud necesaria al tema,
tuvo que ser acortada, disminuida \' sin-
tetizada por fin, en las últimas partes,
precisamente en las cjue estudiábamos el
problema propiamente dicho. Y por esto,
asuntos distintos é interesantes, han que-
dado sin desarrollarse como su impoi'-
tancia lo reclamaba, á parte tandoién de
un cierto desorden 3^ falta de unidad que
se observa en nuestro escrito.
II
Hubiera niOvS querido corregir y am-
pliar nuestro estudio, como lo han hecho
los demás autores premiados, pero desis-
timos de este sano propósito, pensando
por nuestro parte, que nuestro trabajo,
como laureado, dejaba ya de estar al al-
cance de nuestra absoluta despendencia,
pudiendo, toda modificación que introdu-
jésemos, aumentar ó también disminuir
su mérito, no correspondiendo entonces
este á la mente del jurado examinador.
Pero aparte de estas faltas que ano-
temos y que pueden ser consideradas co-
mo de detalle, otro orden de considera-
ciones nos lleva á declarar -igualmente y
con toda sinceridad, la deficiencia funda-
mental de nuestra monografia; por más
que se nos imagine que aquella falta no
es exclusiva de nosotros. El problema,
en efecto, por su extenso campo, por sus
variadas faces \^ por stL novedad indis-
cutible, requería serías y delicadas inves-
tigaciones históricas, psicológicas y psi-
quiátricas y con las cuales tau solo se
hubiera resuelto por entero las complejas
cuestiones acerca de la psicología y neu-
ropatía del pueblo arequipeño, que se re-
lacionan tan directamente con el tema
del concurso.
Obligados, por las razones anterio-
res, á dar á la luz nuestro estudio con
todos sus defectos, no nos queda sino supli-
m
car que la benevolencia dellector cubra esas
incorrecciones, por los motivos expuestos
á los que habría que añadirse la conside-
ración de que la presente es nuestra
obra primera: ó sea la de un simple
estudiante que comienza a iniciarse tan
solo, en los amplios y hermosos estudios
histórico — sociológicos, cuyos apotegmas
deducidos por el método positivo y apli-
cados— con las reservas necesarias — al co-
nocimiento y estudio científico del desen-
volvimiento del grupo humano, han ad-
quirido tan grande á la par que lógica
importancia.
Arequipa Octubre de 1908.
H. R. del Y.
Causas por las cuales Arequipa á fines
del siglo XVIII y principios del
XIX, produjo tantos
hombres ilustres.
En un llamamiento hermoso á la
intelectualidad areqnipeña, ha iniciado el
^'Centro de Instrucción" una enquete, en
la que se estudien y diluciden las causas
por las cuales x\requipa, á fines del siglo
XVIII \^ principios del XIX, produjo ese
cúnuilo de hombres ilustres, que, desco-
llando por su saber, admirados por su
ciencia y asombrando por su talento, le
dieran tanta fama v la cubrieran de «"lo-
ria.
. — 198 —
Ante tema tan sugestivo, nos deci-
dimos á tomar parte, más por lo atra-
yente de aquel que por la creencia de
resolverlo; una vez que, dado lo insufi-
ciente de nuestras aptitudes, los múltiples
escollos del problema, la carencia de da-
tos históricos, la complejidad de los estu-
dios sociológicos, en los que no existe lo
que Kant consideraba de primordial con-
dición: ''la orientación del espíritu en me-
dio de las diferentes doctrinas", hemos
de creerlo tan solo hacedero para los
que, poseyendo profundidad de conoci-
mientos, tengan asi mismo exquisito y
sutil talento analítico.
Excluj^endo el cúmulo de historiado-
res que desde Herodoto hasta Oncken,
han narrado los actos humanos, en la
inmensa evolución de los tiempos, sin es-
píritu inquiridor, ha habido también otro
gran número, que sobre la base cierta de
los hechos, han pretendido analizar las
causas de su sucesión, y demostrarlos por
le\TS lógicas explicatorias.
Los hechos de la historia presentá-
banse como los efectos de algo en un
principio desconocido; era pues preciso,
tomándolos por base y aplicando la filo-
- 199 —
Sofía, hallar sus causas y demostrar su
génesis y evolución.
''La historia estudia los hechos, y
estos pueden analizarse bajo dos puntos
de AHsta: 1^ el elemento permanente que
es la idea, el principio, la esencia que el
hecho manifiesta; 2° el hecho mismo, la
determinación de la idea, del principio, de
la esencia mediante la actividad. La de-
termJnación que pasa es el asunto de la
historia. El estudio de la esencia, de la
idea, del principio corresponde á la filo-
sofía. Y como hecho é idea se relacionan
d^'be existir y existe una tercera ciencia:
la filosofía de la historia. La filosofía es
por lo tanto la ciencia de los principios;
la historia la ciencia de los hechos, j la
Filosofía de la Historia la ciencia de los
hechos en relación con los principios.".
(R. Beltrán Rózpide].
Fué Bossuet el primero que anali-
zara la historia, en su famoso "Discurso",
con criterio más ó menos filosófico; pero
deslumhrado ante las manifestaciones de
aquella, sorprendido por las transforma-
ciones de los pueblos los que, naciendo
miserablemente llegaban á un gran pode-
río para desplomarse m¿LS tarde, surgien-
do en seguida otros nuevos, 3^ como no
podía abandonar sus hábitos 3- creencias
religiosas, tuvo que hacer intervenir á Dios
en la historia, para que fuese la causa
— 200 -
que razonablemente explicara "los mila-
gros sorprendentes que han obligado a
la naturaleza á salir de sus leyes más
constantes".
Más tarde Vico, á cj^uien Quinet ca-
lifica como "el primero en asentar las le-
yes universales de la humanidad", en sit
"Ciencia nueva" hizo también actuar a
Dios en la historia, declarando cjue "to-
do viene de Dios, vuelve á Dios y está
en Dios".
Yoltaire, contemplando burlonamen-
te al mundo, viendo sus miserias 3^ ridicu-
leces Y analizando los actos humanos al
través de sus bromas, no pudo concebir
que aquel estuviera gobernado por un Dios
y declaró la ciega casualidad como el
punto de partida tle los sucesos histó-
ricos.
Lentamente, á medida del avance
de los conocimientos humanos, de los da-
tos aislados que : aportaban multitud de
hombres ilustres, se han ido borrando los
conceptos errados y fatalistas que domi-
naban en la historia, en cu3'0 desarro-
llo háse comprendido que no domina un
solo factor, ni una sola idea pura, sino
un cúmulo de circunstancias numerosas y
complejas, que obrando todas en conjun-
to v corresDondiendo á unas, en deter-
minados casos, mayor influjo que á. otras,
varían asimismo, imprimiéndoles su rum-
— 201 —
bo. los sucesos 3^ manifestaciones múlti-
ples y vanadas de las sociedades huma-
nas.
En este punto la Filosofía de la
Historia ha confundídose con la Sociolo-
gía, siendo esta para muchos autores la
misma ciencia más amplia, como cree
Carlos Barth, ó según la opinión de otros
pensadores ''el origen de la Sociología no
es otro sino la Filosofía de la Historia,
siendo esta a aquella lo c|ue la alquimia
á la química y lo cjue á la astronomía
la astrología primitiva" [1].
Considérese la ciencia de Comte, co-
mo subordinada á la Metn física, á esa
Metafísica á la que Ribot ha negado su
carácter científico [2], ó como parte in-
tegrante de la biologia tal como la con-
sidera Spencer, su objeto "no es el fin de
las eosas, sino la extructura y las fun-
ciones del cuerpo social" [3], siendo des-
de luego su método aposteriorístico.
El problema que nos ocupa es un
problema social, y por lo tanto debemos
ocuparnos de los factores C[ue le dieron
(1) A. Fouille. — La ciencia social
contemporánea.
(2) Th. Ribot. — La psicología in-
glesa contemporánea.
(3) A. Fouille.— Op. cit.
— 202 —
origen, estudiando también la génCvsis de
estos y las transforniaeiones que sufrieron
bajo el influjo de diversas condiciones.
En primer término, pues, nos ocu-
paremos, previas ciertas consideraciones
necesarias, de la raza en cpie se desarro-
lló esa transformación social, para lo c{ue
estudiaremos primero la española cjue le
dio origen y la influencia C[ue sufrió bajo
la india, el cambio de medio y momento,
ocupándonos en seguida, lo c[ue se des-
prenderá de lo anterior, como consecuen-
cia lógica, de la cuestión propuesta pro-
piamente dicha.
El problema ele las razas, por la di-
ficultad de resolverlo, las consecuencias
religiosas y sociales que entrañaba, ha
preocupado inmensamente la atención de
los sabios y hasta en nuestros días es
objeto de apasionados j arduos debates.
Aristóteles en una de sus obras sos-
tenía la existencia de razas superiores é
inferiores; en cambio J. J. Rousseau, tan
prolijamerte analizado últimamente por
Julio Lemaitre, sostuvo que la desigual-
dad de las razas provenía de su estado
social [1] y Montesquieu atribuía esa de-
(1) Rousseau. — Discurso sobre la de-
sigualdad entre los hombres.
— 203 —
sigualdad á la acción del medio ambien-
te [2].
Descartando de nuestro estudio las
diversas doctrinas sobre el origen y for-
mación de las razas, c[ue entrañan consi-
go la génesis del hombre 3" las varias
teorías acerca de este punto, desde la bí-
Ijlica, defendida por Cuvier, Ouatrefages,
Pricliard, ó el poligenismo de Agazzis, ó
el trasformismo de Lamarck, Saint-Hilai-
re, y el de Darwin, reformado últimamen-
te por el célebre botánico contemporáneo
Yries bajo la forma de ^'la mutuación de la
especie" y cjue parece confirmado con el des-
cubrimiento del *'Phitecantropus erectus"
que ideara Haeckel, nos ocuparemos tan so-
lo de la importancia concedida por aigunos
sabios, á la influencia de las razas en las
sociedades y los elementos cjue aportan
consigo en la formación de aquellas.
Para muchos sociólogos aún con-
temporáneos, todos los fenómenos del
nnmdo social y manifestaciones de los
asociados humanos, tienen por punto de
])artida la raza. La diferencia de esta im-
plica también la de aquellos. La raza es
el principio generador, la causa determi-
nante de la diversa conducta de los pue-
blos. Ha3^ naciones superiores, porque su
(2). — Montesquieu. — El espíritu de las
lej^es.
— 204 —
raza tiene tanil^ién distintivos 3^ cualida-
des de alto relieve, y pueblos inferiores
porque las razas que los forman carecen
de un cumulo de condiciones necesarias
])ara su ])rogreso.
Convertida la acción de las razas
en un fatalismo, el fatalismo más espan-
toso de todos, ¡Dues, como dice Laurent (3)
la sangre que corre por nuestras veníis
no depende de nuestra elección^ se preten-
día hallar en ella la explicasión de los fe-
nómenos de todo orden, determinando el
destino de los pueblos con un poder irre-
sistible, una vez cjue, como producto de
la naturaleza, se sustraía a toda acción
modificatoria cpie quisiera imponer el hom-
bre.
En un principio los sostenedores de
la acción de las razas basaban las dife-
rencias de aquellas en los caracteres físi-
cos. Ap03^ados en los diversos datos cpie
la Antropología y Paleontología les su-
ministraban de mediciones de distintos
pueblos, adjuntaron á cada raza un con-
junto de caracteres diferenciales. Las ra-
zas cu3^o índice cefálico está por debajo
de 70 °, cu3^o ángulo facial es no menor de
85 ° y que reúnen otras condiciones, son
las elegidas, las únicas capaces de pro-
(3). — Laurent. — Filosofía de la Histo-
ria.
- 205 —
greso y perfección. Y fué de este modo
como apareció el ])redominio exclusivo y
sorprendente que ciertos antropólogos da-
ban á los dolicocéfalos sobre los braqui-
céfalos.
Gobieneau y sus discípulos redujeron
entonces la historia á una simple lucha
de pueblos que poseían esas cualidades,
características, en la cj[ue desde luego,
siempre triunfaban los dolicocéfalos. [1].
En la antigüedad estos estaban represen-
tados por los arios 3^ esa ha sido la cau-
sa del grandioso papel de este pueblo;
y si la India 3' la Galia fueron someti-
das \^ humilladas fué á causa de su po-
blación braquicéfala. Así también la doli-
cocefalia de los ingleses \^ germanos es la
causa de su poderío y explendor.
Pero todo este edificio de la supe-
rioridad de los ]nieblos ])or la sola for-
ma de su extructura cerebral, tan conba-
tido por Juan Finot [2] hubo de de-
rrumbarse al verse que la dolicocefalia
no era tan sola característica de los pue-
blos superiores y que los inferiores no
todos eran brac^uicéfalos; aparte de que
en una misma nación encontrábanse los
[1]. — Gobineau. — Ensayo sobre la de-
sigualdad de la razas humanas.
[2]. — Juan Finot. — El ])rejuicio de
las razas. — Part. I.
— 206 —
más variados caracteres físicos. I avan-
zando aún más en otro orden, se com-
prendió que la superstición aria basá])ase
en datos falsos [3] y que ni aún siquie-
ra los datos físicos bastan para diferen-
ciar las razas. El color de la piel, la
forma y el volumen del cráneo, como 3'a
lo hal3Ía dico Laurent, no dan sino di-
visiones groseras.
Era pues preciso añadir ó sustituir
los caracteres físicos con otros que pro-
porcionacen medios más seguros para la
división y conocimiento de las razas. Se
ha recurrido entonces á la psicología, al
estudio de los fenómenos de conciencia
(4-), que "proporcionan, al decir de Le Bon,
caracteres más fijos que la constitución
anatómica.',
Disminu^^endo la decisiva importan-
cia que algunos autores conceden á la ra-
za, creemos, sin embargo, que su influen-
cia es cierta j evidente. Por un conjunto de
circunstancias que han ol^rado con fijeza
sobre un pueblo, puede este haber adqui-
rido asimismo, tanto una condición físi-
ca determinada, como ciertos sentimien-
tos morales, de que otros pueblos, no
hallándose sometidos á idénticas influen-
[3].— Juan Finot.— Op. cit.— Par. I Y.
[4]. — Toulouse.— Técnica de psicolo-
gía experimental. —
— 207 —
cia.s, carecen ó los poseen en grado me-
nor. Más tarde trasmitidos á través de
la herencia 3" por el ejemplo, á las gene-
raciones sucesivas, se conservan en la ra-
za como estigmas diferenciales.
En los comienzos de la humanidad,
aislados unos pueblos de otros, sin inter-
cambios continuos, obrando la herencia
con todo su rigor, era suponible y sa-
tisfactoria la explicación de que el origen
de sus instituciones se derivara de lo que
para ellos era instinto de raza. Ahora,
en la agitación del mundo moderno, con
las inmigraciones, la educación 3^ tantos
(tros factores, no cabe suponer que la
diferencia de los pueblos sea efecto tan
solo de la diferencia de razas, una vez que,
como han demostrado algunos antropó-
logos, ya no existen ni siquiera razas
cuteramente puras, [1] solamente, por
efecto de variadas circunstancias, unos
pueblos poseen una constitución mental
distinta, por la preponderancia de unos
caracteres sobre los demás.
Con la atenuación consiguiente 3^
tomando la raza como uno de los varios
factores que determinan la evolución de
los pueblos, hemos pues de aceptar las
palabras del famoso autor de la "Psico-
logía del Socialismo":
[1). — Juan Finot. — Op. cit. —
— 208 —
"Los caracteres morales é intelec-
tuales— dice (1) — ,por la asociación for-
man el alma de un pueblo, representan
la síntesis de todo su pasado, la heren-
cia de sus antecesores, los móviles de su
conducta. Se observa comunmente muy
variadas diferencios en los individuos de
una misma raza, pero ki observación
prueba que la mayoría de los individuos
de esta raza, poseen cierto número de
caracteres psicológicos comunes, tan es-
tables camo los caracteres anatómicos
que permiten diferenciar las especies. Co-
mo estos "ultimps, los caracteres psicoló-
gicos se reprocTucen por la herencia con
regularidad y constancia. Este agregado
de elementos psicológicos, observable en
todos los individuos de una misma raza,
constituye lo cjue se llama el carácter
nacional".
Ya dijo Laurent que para compren-
der la evolución de un pueblo, era precio-
so conocer su historia y cpie la explica-
ción del presente se encuentra en el pa,
sado. Esta verdad la explica Le Bon-
hermosa 3- originalmente en las siguien-
tes frases (2): "Puede considerarse la ra-
za como las numerosas células cjue cons-
(1). — Gustave Le Bon. — Lois psico-
logiques de V evolution des ]:)euples.
(2).— G. Le Bon.— Op. cit.—
— 209 - '
titu3^eii un ser viviente. Esas células tie-
nen una duración muy corta, pero la del
ser formado por su reunión es mu\^ lar-
ga; ellas tienen á la vez una vida perso-
nal: la sujv^a, 3^ una vida colectiva: la
del ser cuva sustancia componen. Cada
individuo de una raza tiene también una
vida individual muy corta y una colecti-
va mu3" larga. Esta última es la de la
raza en la que él nace, que contri-
buiré á perpetuar 3' de la que dependerá
siempre."
Pero la raza no solamente está
compuesta de los individuos vivientes, si-
]iO también de la larga serie de muertos
que fueron sus antecesores. Estos-, mucho
más numerosos, son también mucho más
poderosos. Es por los muertos, mucho
más que por los vivos, por los que un
pueblo es conducido. Las generaciones
pasadas no solamente nos imponen su
constitución física, nos imponen también
sus pensamientos. Los muertos son los
maestros indiscutibles de los vivos."
Sentado lo anterior veremos rápida-
mente como se formó la nacionalidad es-
pañola, madre de la peruana, por la reu-
nión de muchos pueblos, cada uno de
los cuales aportaba un contingente dis-
tinto de caracteres; 3'^ que la fusión de
esos pueblos 3^ al cabo de cierto tiempo,
por la herencia 3'' la acción idéntica 3'
— 210 —
continua del medio, se formó un pueblo
con una suma de condiciones morales é
intelectuales distintas y perfectamente de-
terminadas.
Los Iberos que llegaron á Esi^aña
6,000 años antes de la fundación de Ro-
ma, han sido, según parece, los más an-
tiguos pobladores y estableciéronse en
las costas mediterráneas. Mas tarde, 1400
años antes ele Jesucristo, llegaron los cel-
tas, pueblo salvaje, semi — nómade, beli-
coso, que encastillado en las montañas,
conservaba sus costumbres antes de fu-
sionarse con los Iberos, más ocultos á
consecuencia de sus tratos con los demás
pueblos del Mediterráneo. Inmigraciones
sucesivas de Fenicios, sus sucesores los
cartagineses, griegos insulares y asiáticos,
fueron transformando el carácter, costum-
bres y vida de los celtíberos.
Sometida España, apesar de la ruda
resistencia del lusitano Viriato á provin-
cia romana, no pudo, á consecuencia del
carácter altivo de sus habitantes, adap-
tarse al método, orden 3^ rígidas costum-
bres de los que derrotaran á Anibal.
Prueba elocuente de ello sería la corrup-
ción de la lengua latina, que como cau-
sa principal tiene, según Canalejas, el es-
píritu de la raza.
Sin embargo, ni aiin después de la
invaisón visigoda, España formaba una
- 211 —
nación unificada. Esparcidos en su rela-
tivamente extenso territorio, vivían los
diferentes ]:>neblos aislados, tanto por el
régimen de independencia mnnicipal que
les diera Roma, como por el espíritu pro-
pio c|ue habían heredado de los celtas,
indomables al sostenimiento de ningún
Aaigo, é incapaces de perder su autono-
mía individual. Y ni las asambleas visi-
godas, ni la religión c[ue les predicara el
apóstol San Pablo, y á la C]ue se convir-
tiera Recaredo, ]:>udo unificar a aquellos
caracteres opuestos, fanáticos por su li-
lícrtad y terribles en sus pasiones y odios,
en que vivieron los antiguos españoles y
visigodos, odios provenientes de razas y
religiones, que la tardía conversión de su
último rey no pudo contener.
Fué más tarde con los árabes que
llevara el Conde Don Julián, con esos
seres sensuales y ardientes Cjue desploma-
ron el carcomido imperio visigodo en una
sola batalla, mediante los c[ue se efectuó
la imificación, como consecuencia lógica
de aquellas uniones 3^ mezclas de las que
resultaban los mozárabes y mudejares, de
ac[uellas luchas sangrientas 3^ continuas
Cjue duraran ocho siglos, en que se libra-
ron tres mil batallas 3' que terminaron
con la toma de Granada 3' las melancó-
licas lágrimas de Boaljdil.
Fué pues bajo el imperio de Carlos
- 212 —
V, el hijo glorioso de re\'es ilustres, cuan-
do la raza española quedó claramente
determinada. Valiente, herencia de todos
los pueblos C[ue la formaron, en especial
de los celtas, bárbaros, indómitos, que
preferían el suicidio á la perdida de la li-
bertad; tan conocidos de los romanos que
significaban como algo imposible "hacer
volver las espaldas á un cántabro"; au-
daz, codiciosa, cruel, herencia de esos car-
tagineses y fenicios cjue atra vezaban los
océanos en débiles barcas 3^ cjue guiados
por su Dios Melcarte iban en busca del
misterioso Ofir, no trepidando en hacer
perecer á seis mil hombres, abandonándo-
los en Osteocles, la isla solitaria en me-
dio del Océano, donde perecieron ele ham-
bre todos ellos; sensual, imaginativa, he-
rencia de los moros; inteligente, una vez
que cjuedaban en ella rasgos de esos ro-
manos asombrosos, fanáticos por su Cris-
to y su fé, en mérito del deslumbramien-
to que había producido en su psiquis
emo ti vista aquella religión tan llena de
misterios, ele mártires ensangrentaelos 3^
que prometía goces infinitos en mundos
maravillosos; y monarquía por admiración
y gratitud hacia sus reyes que la habían
llevado ele triunfo en triunfo, humillanelo
razas 3^ pueblos.
21^
o
Rápidamente acabamos de bosquejar
el carácter de la raza española, haciendo
abstracción de nn número diverso de fac-
tores que han entrado en su formación,
tanto por hallarse aún poco estudiados,
como por la índole sintética de nuestro
estudio.
En un acto de singular audacia,
mu3" digno de los seres por cujeas venas
corría sangre de los fnndadores de Tiro,
los españoles lanzáronse á los mares en
busca de la fortuna y á la conquista de
la gloria. Y gloria y fortuna consiguie-
ron aquellos cientos de hombres, que, ca-
pitaneados por Hernán Cor tez, derrum-
baron el adelantado imperio Azteca, ó
por Pizarro desplomaron el inmenso j flo-
recient2 Tahuantisu\^o, ó C[ue con Valdivia
lucharon heroicamente en la sujeción de
esos indomables araucanos, en combates
épicos, magistral mente descritos en estro-
fas vibrantes por el gran Ercilla.
Pero el cambio de medio y de vida
que siguió al triunfo, y la plétora de ri-
quezas que como corolario inmediato de
sus audacias consiguieran, unidas á otras
circunstancias, |)rodujeron en ellos inia
transformación bastante profunda y que
es preciso examinar.
Así como en el orden físico y bio-
lógico, para Cjue se conserve un efecto es
condición primera que las causas c[ue los
- 214 -
produzcan contiiuien obrando del mismo
modo, así también en las sociedades, or-
ganismos superiores, según la concepción
original del enciclopédico de Briglion, es
preciso que sus factores se conserven los
mismos al través de los tiempos; esto es
que, entre otr¿is circinistancias, su medio
no se modiíic]ue, pues de otro modo trans-
formaríase el proceso de su evolución,
una vez cjue se desequilibran las fuer-
zas C[ue mantenían la estabilidad.
Ya dos griegos, Hipócrates y Platón,
comprendieron la influencia del medio,
mejor si se quiere c|ue los filósofos del
siglo XVIII, que discutieron este proble-
ma apasionadamente. El prirnero en ima
de sus obras (1) fué el primero en consig-
nar cjue á la naturaleza del país, corres-
pondía la forma del cuerpo y la. natura-
leza del alma. Y adelantando notable-
mente decía, que los asiáticos son menos
belicosos y de iin carácter más dulce que
el de los europeos á causa de las esta-
ciones cjue no tienen grandes vicisitudes
ni de calor, ni de frió sino qtie son cons-
tantemente iguales.
Cuando el famoso fundador de la
escuela de Cóos, rival de la Cnido ha-
blaba de la cobardía de los asiáticos,
(1) Hipócrates. — De las aguas, ai-
res y lugares.
— 215 -
pensaba sin duda en las luchas que sos-
tenían los griegos con los ejércitos de
Jerjes. Pero pasan los años, el valor de
la raza helena se extingue, al paso que
los ]}ersas resisten a las legiones romanas
que han derrotado al Mundo. Preciso
es pues, como cree Laurent, que aparte
del clima, hayan otras causas que influ-
yen en los pueblos. Plipócrates las cono-
ce y acepta también, al decir que las ins-
tituciones pueden hacer nacer en los hom-
l^res la aptitud j el valor para el tra-
bajo.
Aparte de Platón que en uno de sus
diálogos (1) y Bodin (2) que han cono-
cido la influencia del clima y aconsejado
al legivslador "que trate de capitular con
las influencias de la naturaleza que no es-
tán en su mano destruir", el autor que
más nota ha adquirido al estudiar esta
cuestión ha sido Montesquieu, quien redujo
la acción del medio á un solo factor: el
clima, en el cjue encontraba la explicación
de todos los fenómenos sociales, en sus
diversos órdenes (3).
Poseído de ese fatalismo, no trepidó
[1] Platón. — De las IcA^es.
[2] Bodin. — La República.
[3] Montespuieu. — Op. cit.
— 216 —
en asegurar que si en el Oriente la reli-
gión, las costumbres, las maneras, las le-
yes, son inmutables es á consecuencia del
clima. El calor excesivo — dice — enerva la
fuerza, disminu3^e la actividad del cuerpo,
el abatimiento trasciende al espíritu, ha-
ciendo todas sus inclinaciones pasivas y
constituyendo la i)ereza su felicidad. Lo
contrario sucede en los ]3ueblos del Norte,
c[ue habitan en países fríos, siendo los
tínicos que poseen hábitos de libertad y
de trabajo.
Pero esa inmovilidad 'leí Oriente,
que Ballanche consideraba nsc-^saria mía
vez que era "el origen de nuestros desti-
nos progresivos, no debiendo ser move-
dizo el terreno sobre el qus s¿ va á edi-
ficar", no ha sido como dice Laurent
más cpie una ficción sobrepuesta á otra
ficción. En el Oriente han habido luchas
de razas, religiones, pueblos, castas y ac[uel
ha estado sometido al dinamismo que es
ley universal. Aparte también de cjue ese
despotismo en que se cree han vivido los
pueblos del Mediodía, cae desde su base
al considerar que un piie]3lo de esa región,
llevó a los del Norte, el sentimiento de la
lil)ertad, que habían ])erdido no obstante
de ser sus iniciadores.
Colocándonos, pues, en el verdade-
ro punto de vista, consideramos el cli-
ma tan sólo como uno de los factores
- 217 -
que Herdcr (1) encerraba en el amplio
concepto de la naturaleza, 3' que más
tarde ha sido sustituido por el de medio
físico ó sea la ''reunión de circunstan-
cias físicas que rodean una situación ó
estado"; existiendo además un medio mo-
ral que consiste en la influencia de las insti-
tuciones establecidas, la religión, las tradi-
ciones &. &.
Enrique Hipólito Taine, en una de
sus mejores obras (2) en cjue ha analiza-
do las le3^es ele la producción artística,
con ac[uel estilo sencillo 3" elegante que
]^()sée 3^ c[ue cubre pensamientos vigoro-
sos 3" profundos, ha puesto de manifiesto
la influencia clara 3^ determinante del me-
dio, no solamente, en las transformacio-
nes que sufre aquella bajo el cambio de
éste sino en todos los actos 3^^ fenómenos
sociales. Spencer en sus "Fundamentos de
la Sociología", ha demostrado también la
influencia de los medios, que el denomina
factores externos é internos originarios.
Siguiendo esas hermosas teorías, veamos
primeramente, aunque con rapidez, los
cambios que sufrieron la raza 3' civiliza-
(1). — Herder.— Ideas sobre la filosofia
de la historia.
(2). — Taine. — Filosofía del arte. — Véa-
se también "Orígenes de la francia con-
temporánea.
— 218 —
ción españolas, al trasplantarse a Aniériea;
medio distinto, que modificó tanto la ra-
za como las costumbres y vida de aque-
lla.
En tesis general, la temperatura del
Peni es elevada como corresponde á los
países meridionales, y la raza que vino
de misteriosos lugares, abandonada á la
inclemencia de la naturaleza, hubo de su-
frir su acción que la moldeó con caracterís-
tica propia. Bajo un sol abrasador que
debilitaba los músculos, en un país fe-
cundo y rico, donde la vida era fácil y
llevíidera, habieron de vivir los indios
pasiva y trancjuilamente. Más tarde con
la fundación del Tahuantisuyo y sancio-
nado aquél régimen, continuaron su vida
sin grandes sobresaltos, sin intensas emo-
ciones, rara vez modificada por concjuis-
tas de monarcas ambiciosos á las que só-
lo apelaban en tiltimo extremo. Absorbi-
da su personalidad en aquel inmenso co-
munismo, arrastrando una vida rutina-
ria, los indios perdieron toda iniciativa
abrumadas por el peso de las costumbres
y el tradicional estar, y el carácter y la
energía "bajo un monarca cuya misión
— 219 —
se coiisicleral^a como divina" (3), que ve-
lalDa por la conversación de ese estado
social, no atreviéndose á variar sino min-
escasas costumbres ó á dictar disposicio-
nes de orden secundario.
Desde su trabajo metódico y conti-
nuo, su legislación y costumbres Cjue con-
servábanse intactas al través de los tiem-
pos, hasta su arquitectura 3^ miisica mo-
nótonas y sin vida, todos sus actos y
manifestaciones sociales llevaban impresos
el espíritu de la raza. Pero acaso tam- ,
bien por ese modo de vivir pasivo y sin
sobresaltos, la raza tenía un fondo melan-
cólico que se traduce en su poesía triste 3^
carácter contemplativo.
El choque de dos razas tan diferen-
tes, la española 3^ la india, por las con-
diciones especiales en cjue se efetuó, sólo
produjo el debilitamiento ele la primera
y la degeneración 3^ anicjuilamiento de la
segunda. Es un principio sociológico cjue
para c|ue el cruzamiento de dos razas
produzca benéficos resultados, ellas no
han de ser totalmente diferentes 3^ de ci-
vilizaciones demasiado opuestas, pues de
otro modo la inferior será abatida, hu-
millada por la otra, máxime si se enta-
3). — Alzamora. — Historia del derecho
peruano
- 220 -
ulan luchas como en el caso que estu-
diamos.
Esto no obstante, por necesidad, una
vez que los españoles llegaban solos, las
razas se cruzaron, resultando el criollo
americano, producto genuino de ese cruce
qué hasta el mismo Pizarro efectuara.
El clima cálido de la costa, donde
se establecieron los hispanos de lui lado,
y su cruzamiento con los indios, por otro,
determinaron la constitución de los habi-
' tan tes del Perú, que no tienen ni la au-
dacia y el vigor de los conquistadores, ni
la apatía é indolencia incaicas. I esa ra-
za cruzada obtuvo su vijeza con el régi-
men del coloniaje, época desastroza en
todo orden, desoladora en si misma 3"
fecunda en consecuencias desgraciadas.
A las tristes voces de piedad de
Las Casas, vino para suplicar á los in-
dios ya diezmados, una población negra,
de facciones toscas, cabello ensortijado,
que apesar de su constitución de esclava,
penetró profundamente, en determinadas
regiones, en la constitución de la raza
peruana.
Bajo el cúmulo de vicios Cjue traje-
ron en su sangre, de sus numerosos de-
fectos y corrompidas costumbres, los ne-
gros trajeron también alguna cualidad
que quizás es la C[ue he determinado en
parte el espíritu de ciertos pueblos del
— 221 -
Peni. El negro, si Ijien es un ser sensual,
superstieioso, falto de energías para el tra-
bíijo, posee sin embargo á menucio, clara in-
teligencia, frivola, pero no por ello menos
notable. Y quién sabe si acaso á este factor
étnico se debe el carácter limeño, inge-
nioso, superficial la gran ma^^oria de las
veces, T que tan desemejante es con el de
cualcjuier otro pueblo del Perú, una vez
que en Lima fué donde en mayor núme-
ro se establecieron esos seres que arran-
cados de su lejana patria, fueron traídos
á América, para cubrirlos de cadenas.
Desde luego, habría que añadir á la influ-
encia del negro y su resultante el mulato,
el menor influjo en la población limeña
del factor indio, el clima distinto &, &,
Que los negros influj^eron poderosamente
en las masas coloniales, nos lo prueban
multitud de historiadores; entre otros el
General Mendiburú, quien dice en uno de
sus interesantes artículos (1) que: loses-
pañoles libertaron y favorecieron a un
gran número de negras y de sus relacio-
nes con ellas resultó la abundancia de
mulatos, que las familias de Lima acom-
pañaron con entrañable afecto y criaron
en medio del lujo 3^ del engreimiento más
escandaloso. No hay ])or cjué dudar que
asociada la descendencia española, en su
(1) Mendil^urii. — Revista de Lima.
tierna edad, en roce continuo con nna
multitud de domésticos de ambos sexos,
y entregada en gran parte á nodrizas ne-
gras, recibió impresiones dañosas que al-
teraron su carácter 3^ tomó costumbres
de que resultaron más tarde tristes y ver-
gonzosas consecuencias",
Lo que ha sido el coloniaje — cjue X3recí-
sa cpie estudiemos para conocer el medio —
nos lo lian contado multitud de historiado-
res en páginas tristes y dolorosas. Uno de
ellos, el ilustrado Dr. J. Prado y Ugarteche
ha escrito al respecto tni importante traba-
jo (2) en cjue poseído de espíritu socioló-
gico, lo ha anolizado prolijamente, mos-
trando sus llagas é imperfecciones. En
páginas sinceras, saturadas de erudición,
ha puesto de manifiesto la influencia de
numerosos factores que determinaron ese
estado social ''cuya verdadera síntesis es
el que favorecía en religión el fanatismo,
en gobierno una mezcla funesta de debi-
litamiento y extralimitación del poder
civil, en política el sistema de la intriga
V las denuncias secretas; en el orden mo-
(2) J. Prado y Ugarteche. — Estudio
social del Perú bajo la dominación espa-
ñola.
- 223 -
ral contribuía á la perversión de las cos-
tumbres, en el orden económico sostenía
el más funesto sistema de exclusivismo,
monopolio j privilegio, C[ue produjo la
ruina de España, desplomada aún dentro
de las riquezas de América C[ue inconcien-
temente había aniquilado".
I solo así se explica que al través
de la enorme distancia cjue separa al nue-
vo Mundo de España, el monarca siguie-
ra imperando de un modo absoluto sobre
aquel, tanto por esa razón de carácter
general como por la política astuta que
desplegara al colocar en las colonias dos
poderes rivales y ecjuilibrados, como fue-
ron la Audiencia j el Virre}^, que se en-
contraban en continua discordia, Cjue fa-
llaba sienijDre el monarca, teniendo que
l)rociu'ar de este modo las anteriores au-
toridades, hallarse en la mejor armonía con
éste, cjue en iiltimo análisis era "el centro
de la \'iáa j el origen del derecho (1).
Y ni aún así, bajo aquella vigilancia
mutna, en aquel continuo chocar de au-
diencias y virrcA^es, ni el gobierno de la
gran mayoría de estos fué puro, ni la
conducta de acjuellos correcta. El colonia-
je ha sido una época de profunda desmo-
ralización, v^a en e. orden económico ó en
el administrativo, de relajamiento desme-
[1} F. C. Coronel Zegarra.
— 224. —
elido de lavS costumbres, de crueldad inau-
dita para con los naturales del país que
perecían á millares, y de fanatismo reli-
gioso absorvente.
Mal organizado el coloniaje con las
numerosas leyes cpie se encuentran en las
Ordenanzas y Recopilaciones y conside-
rando desde el rey hasta los corregido-
res a la América "como un feudo propio"
pueden comprendei^se los numerosos abu-
sos C|ue practicaran las autoridades codi-
ciosas, con el poder inmenso que poseían
y sin sanción y responsabilidad de sus
actos. Los fraudes, las injusticias de las
que al través de los tiempos nos ha lle-
gado noticia [2] nos dan ligera idea ele
ese estado lamentable de las sociedades
de acjuellos tiempos, en cpie hasta se re-
legaba al olvido, gran número de veces,
las disposiciones j lej^es bien intenciona-
das que dictaran algunos monarcas, po-
seídos tan solo los encargados de cum-
plirlas, del deseo ilimitado de conseguir
riquezas, aunc[ue pisoteando derechos y
haciendo caso omiso del deber.
La necesidad de oro de las cortes
corrompidas de España; para sostener su
lujo v^ boato, la separación de gobernan-
tes y gobernados, el omnímodo poder de
[2] Véase "Noticias secretas de Amé-
rica" por Juan y Ulloa.
— 225 —
»
las autoridades, la ignorancia y el temor
de las masas, fueron las cansas por las
en ales se sostuvo ese estado social c[ue se
caracterizaba por la "explotación de lo
más valioso, por su inmediato resultado
con ex.^lusión de extraños" [3].
En medio de esa sociedad relajada
cu3^a "enfermedad dominante era una hi-
dropesía de riquezas bien ó mal habidas"
el factor religioso na marcado con tintes
sombríos su influencia profunda y deso-
ladoramente dañina.
El catolicismo no solamente es una
institución religiosa, sino también política:
aspira ho}^ como a3"er, a la supremacía ó
principal influencia cerca de las coronas,
y como quiera pue la nobleza tenía igua-
les pretensiones, se estableció una lucha
entre ambos poderes, llevando inmensa
ventaja el primero, por su sello divino,
del C[ue se supo obtener opimos frutos,
aprovechando del fanatismo é ignorancia
de re3^es y pueblos.
Debido, pues, al inmenso influjo de
os religiosos, de sus numerosas premi-
nencias, de su número Cjue pasaba de seis
mil* 3^ del respeto con c]ue eran mirados,
fué lógico cjue ese poder abusase de sus
prerrogativas 3^ degenerando, se convir-
tiese en una agrupación de individuos di-
[3] Prado 3' Ugar teche. — Op. cit'
226
solutos y codiciosos, que sancionaban sus
irregularidades con su omnímodo poder
de origen divino, hasta el punto que el
rey bubo de prevenir "seriamente al Con-
de de Superunda, contuviese los desmanes
de los clérigos Cjue ofendían la jurisdic-
ción real" [1].
La civilización de un pueblo, como
se sabe, depende del progreso de la socie-
dad y del progreso del individuo, El ca-
tolicismo en el Perú impedía el desarro-
llo general de la colectividad y el particu-
lar individual; de acjuí que su infiujo ha-
3"a sido pernicioso y de fatales consecuen-
cias. Al fanatismo y superstición que
desarrolló en los habitantes, hay que aña-
dir la pereza y ausencia de moralidad c[ue
produjo, tanto por el excesivo número de
fiestas j procesiones como por los escán-
dalos con que estas concluían, la falta de
todo movimiento intelectual, entregados
los colegios á los religiosos y la persecu-
ción que hacía á los herejes el Santo
Oficio, el abarrotamiento de las propieda-
des é industrias á consecuencia de las
manos muertas ''c[ue eran causa de que
se encontrase inmensamente abatido el va-
lor de las fincas, el mejoramiento de ellas
y el comercio sobre bienes raíces" (2].
[1] Memorias de virrey-es.
[2] Prado y Ugarteche.— Op, cit.
— 227 —
Viviendo en esa atmósfera eorrompi-
cla Y disoluta, entregados á los placeres
y fiestas que alcanzaban á cubrir medio
año [3] fácilmente se comprende Cjue los
criollos habían de adcjuirir liál3Ítos de
excesiva pereza, Cjue arraigaron en ellos
intimamente. Ricos 6 con inmensas faci-
lidades para conseguir sus subsistencia,
sin estímulo ni necesidad ])ara el trabajo,
ignorantes auncjue de notable 3^ claro ta-
lento, vivían en medio del más deslum-
brante lujo y boato. Entregados por en-
tero á las aventuras amorosas de todo
linaje, que la época y costumbres de los
tiempos les permitían y disculpaban, eran
indolentes, caprichosos é impresionables,
por la acción moldeadora que ejercía la
mujer en el hogar 3^ que no contrarres-
taba ninguna otra educación más seria y
superior.
Y llegamos aquí al punto más ca-
pital é importante: la instrucción en el
coloniaje.
Si se considera Cjue apenas pasados
algunos anos del sometimiento del Peni
a España, se fur.cló á pedido de Fra^-
[3] Mendiburu.— Apuntes históricos.
—Cap. XXIV. (Editados por la Bibliote-
ca Nacional de Lima).
- 228 —
Tomás de San Martín, por real cédula
fechada en YalladoHd, en 12 de Mayo de
1551, la Universidad de San Marcos, con
todos los privilegios déla de Salamanca,
creeríase que la instrucción mereció espe-
cial cuidado de los monarcas 3^ autorida-
des españolas. Pero en ese medio de pe-
reza, de fraudes continuos, no pudo ni
organizarse medianamente aquella, tarito
por la carencia de voluntad, como por
la insuficencia de las rentas C]ue se desti-
naron para tal objeto. Eu medio de al-
ternativas variadas, de cambios continuos,
vivió la Universidad de Lima estéril é
improductivamente, entregada á los reli-
giosos "cuya conducta estaba al nivel de
la de los corregidores'^ (1) y cuyo plan
de estudios se reducía á la enseñanza
dogmática y aristotélica de la Teología,
Prima, Filosofía, Vísperas, Escrituras y
Cánones. (2).
Aparte de la Universidad se instruía
también en los conventos y un historiador
(3) nos ha pintado lo Cjue era ella en los
siguientes renglones:
"La instrucción se atendía por los
eclesiásticos, y en ella, mediante un ré-
(1).— Juan y Ulloa. — Op. cit.
(2).— J. C. Paz Soldán.— Anales Uni-
versitarios.— Yol. I.
(3). — García del Río.
— 229 -
gimen de castigos infan^atorios, que fo-
mentaban la hipocresía y relajaban el ca-
rácter ele los jóvenes, se perdía un tiem-
po precioso en aprender multitud de cosas
inútiles 3' cuestiones frivolas. El latín,
rara vez suficientemente bien aprendido,
era la base de los estudios. Aprendíamos
bajo el nombre de lógica, dice un escri-
tor c[ue filé educado en ese régimen, á
porfiar más que á racionar, á jugar con
la razón más que á fortalecerla. Cual-
quier hombre sensato que hubiera entra-
do á nuestros claustros, habría juzgado
por los gritos descompasados, el fervor
y empeño que se tomaba por el ergotis-
mo ridículo, c[ue se hallaba en medio de
una multitud de locos. El resultado era
que se recargaba nuestro cerebro de entes
de razón, de cualidades ocultas y otras
mil ridiculeces, sólo propias para engen-
drar confusión 3' arrancar toda semilla
de aficción al estudio. La lógica escolás-
tica, tan intitil 3^ fatal para el género
humano, algo de las matemáticas 3^ una
jurisprudencia netamente facciosa, embro-
llada 3^ agena á nuestras costumbres, ce-
rraban la carrera á nuestros estudios.
Un velo impenetrable nos encubría de los
idiomas extrangeros, la cjuímica, la histo-
ria de la naturaleza 3' la de las asocia-
ciones civiles; una sombra oscura nos se-
paraba de la historia de nuestro propio
-- 230 -
país, de nuestro planeta, de la meeáuíca
general del Universo; no teníamos la me-
nor idea de las relaciones qne ligan al
hombre en sociedad y á las sociedades
entre sí.'^
Fácilmente se comprende, pues, qu_'
seméjate sistema de instrucción no había
de producir ning'ún resultado bienhechor
é influencia alguna modificatoria de aquel
estado social. I no de otro modo se ex-
plica la ignorancia de los habitantes 3^ la
improductibilidad absoluta en talentos
que caracteriza el régimen colonial, dejan-
do sin cultivo la inteligencia característi-
ca de la raza española. Y así ha sido,
tan sólo consecnencia de la época, esen-
cialmente poética de Lima en aquellos
tiempos, la causa de la abundancia rela-
tiva de poetas, que con motivo de cual-
quier suceso público aparecían, pero sin
revelar ninguno cualidades muy notables.
Los cerebros extraordinarios de tin Juan
de Caviedes escribiendo el ''Diente del
Parnaso" y de Don Diego de Peralta y
Barnuevo, c[ue al decir de Fe3^jóo, era el
hombre más sabio de su tiempo, no pu-
dieron resultar sino de una instrucción
profunda, que se la dieron asimismos por
su ])ropio esfuerzo, trabajo y constancia^
separándose en lo absoluto de su medio
y sobreponiéndose á su tiempo.
Tal ha sido el virrejmato en el Pe-
-- 231 -
rn ''que descansalja sobre Ijases que con-
dena la ciencia en nombre de la dignidad
humana, de la libertad del individuo y del
i:)rogreso ele las naciones" [1].
Con pocas diferencias ciue modifica-
ban los detalles, sin alterar el fondo, el
coloniaje fué tan desastroso en Lima
como en el resto del Perú. En Arec[uipa
la vida fué, si se quiere, más pasiva 3"
silenciosa, tanto por el carácter del pue-
blo como por el menor número de di-
versiones y fiestas. Ese pueblo, en cuj^a
composición étnica, habían entrado tam-
l^ién la raza española y la india, siendo
mu}^ escaso la negra, y cjue habitaba tm
]iaís hermoso, tuvo siempre un carácter
más profundamente meditativo, un espí>
ritu de análisis mas severo 3" por consi*
guierite más serio. En él palpitaba el ta-
lento indiscutible de esa raza, tan bien
personificada en don Alfonso el Sabio, en
los representantes á las Asambleas Visi-
godas cjue produjeron el famoso Fuero
Juzgo, 3^ más tarde en las famosas Cor-
tes de Cádiz de 1812.
Atenuado ese brusco temperamento
(1). — Prado 3^ Ugarteche. — Op. cit.
— 232 -
español con el indio, más silencioso 3^ me-
lancólico, en nn país bello y c[ue convida-
ba á la la vida contemplativa, pero en
nn medio físico qne desorganizaba sus
nervios, electrizándolos, y qne actuaba po-
derosamente sobre su cerebro, lo predis-
ponía al genio, que como ha dicho Lasé-
gue, es una neurosis. Pero el arecjuipeño
padece de abulia, abulia crónica, la en-
fermedad mortal de toda la raza. Y co-
mo ésta, posee también los hermosos en-
sueños, las aspiraciones idealistas, pero
atenuados y encubiertos bajo la reconcen-
tración y apatía incaicas. Y es sin duda
á la presencia de estos caracteres, á los
que se debe el estacionarismo de la pobla-
ción, cjue permanece intacta al través de
los tiempos, sin ser acariciada por vien-
tos reformadores más c{ue en débil escala.
Y sólo algunos de los habitantes, en úl-
timo caso, cuando es atacada su libertad
que, como los celtas no se resignan á per-
der, sienten que renacen en sus venas, la
sangre de los Riego y Tu pac Amaru y
entonces soñando en quimeras, rompen
eslabones 3^ colocan sobre ruinas 3' enhies-
to sobre cadáveres el pabellón enrrojecido
de sus deseos.
Sea por su medio, ^nedio de cam-
panario" ó por la menor influencia del
negro 3^ la mayor del indio, el carácter
- 233 -
no es ni frivolo ni satírico [1]. Su psi-
qiiis contemplativa lo arrastra á la me-
ditación, ésta al aaalisis, 3^ de aquí su
temperamento y disposiciones para la j)o-
lítica y la ciencia, que también se revelan
en un canciller como José Gregorio Paz
Soldán, 3^ su hermano Mateo, Hipólito
Sánchez 3^ Salazar, enfrascados en serias
discjuisicioiies científicas, el análisis mate-
mático 3^ la investigación del Universo.
De allí también sus escasas disposiciones
]3oéticas, cpie ni las conmociones múltiples
d: su inquieta vida republicana han lo-
grado producir ni un lírico ni épico de
talla considerable, teniendo que reempla-
zanse la poesía, como lo ha indicado el
notable escritor Mostajo [2], por la lucha
periodística, ó sea por la batalla de las
razones sobrepuesta á la fantasía, á la
(1). — El Sr. Francisco Mostajo, que
con el Dr. Carlos D, Gibson, son los úni-
cos que en Arequipa han escrito juicios
literarios netamente científicos, en un ma-
gistral estudio sobre Samuel Yelarde (Ju-
ventud n^ 6] indica c[ue a causa del me-
dio "de aldea", este poeta no desarrolló
su talento satírico, que hubiera impedido
quizás que Juan de Arona se llevara la
palma en ese género.
[2].— F. Mostajo.— Prólogo de "Plie.
gos al viento". [1908].
— 234 —
loca de la c¿isa como la llanial3a Ala-
lebranche.
En el estudio del problema propues-
to, debemos partir pues, de la base in-
cuestionable del talento de los arequipe-
ños. Y no es ni ni un espíritu provincia-
no, ni amor á nuestro terruño el que
nos hace asegurar semejante — aserto; éste
se deduce como consecuencia lógica al ab-
servar las maravillas de ese pueblo en el
orden intelectual, al contemplar descarna-
damente los hechos, aparte de halagado-
res juicios emitidos por extraños.
Al talento indiscutible de la raza
española, hecha meditativa por el cruce
con la india, hay que añadir en Arecpii-
pa la infiuencia dominante del clima, ó
mejor dicho del medio físico. Sea á cau-
sa de la sec]uedad del aire, por efecto de
que su vapor de agua se pierde al atra-
vesar los áridos desiertos de Islay y La
JoA^a, en total una extensión de 80 mi-
llas [1], Y que los vientos del EvSte son
incapaces para contrarrestar, lo c]ue im-
pide cjue la electricidad de las nubes y
la de la tierra estén en completo contac-
to, quedando la atmósfera sumamente
(1). — Dr. J. Dickson Hunter.— Are-
quipa como punto de sanidad. — (El Cos-
mos n" 3).
— 235 —
cargado de aquella [1] ó por efecto del
aumento de los feíiómenOvS de radioacti-
vidad del suelo 3^ de la atmósfera
(2) es lo cierto que, como han demos-
trado distinguidos científicos, existe en
Arecjuipa un estado particular, la '^neva-
da" c|ue se caracteriza, bajo el punto de
vista patológico, ])or un estado atmosfé-
rico cjue ataca á un gran número de ha-
bitantes de la ciudad produciéndoles una
secousse [conmoción] cjue se traduce por
ima depresión del sistema nervioso" [3].
A la causa directa del clima, como
indica el inteligente Dr, Escomel, hay que
(1). — Experimentos hechos por el Dr,
T. Costa demuestran, sin embargo, que la
cantidad de electricidad atmosférica, en los
días de nevada se conserva más ó menos
igual á ki de los días cjue no lo son,
[2] — El autor de esta teoría es el
mismo Dr. T. Costa. No creemos demás
advertir que, en un interesante estudio so-
bre la geología de la provincia de Are-
Cjuipa, hecho por el Br. Emilio Lisson, y
Cjue consérvase aún inédito, se demuestra
que el terreno sobre el que está edificada
la ciudad es de aluvión [ccMiglomerado
torrencial] lo que comprueba en alguna
parte la anterior teoría.
[3] Edmundo Escomel. — Arequipa et
sa phisionomie medicale-climatérique. 1908.
— 236 —
añadir otras varias, como los temblores
de tierra, tan frecuentes en Arequipa, los
cohetes, toques de campana [dobles] Cjue
determinan el carácter '^neuropático" de
los arequipeños, cuya resnltante inmediata
[sabida es la relación estrecha del talen-
to y del desequilibrio] sería quizás su in-
teligencia, por acjuella continua inc[uietud
de su sistema nervioso, anuella movilidad
de su espíritu, en transición variada a los
estados más distintos, cjue lo invitan á
la meditación j abstraimiento, c|ue dege-
nera en tristeza y adinamia, haciéndole
aclc[uirir, como 3^a hemos indicado un ca-
rácter serio, pero sin lograr borrarle los
quijotismos cjue de herencia de su raza
tiene en sí. Los temblores de tierra los
han vuelto impresionables, cre3^entes exa-
gerados hasta fanáticos (1), pues ''los re-
petidos fenómenos seísmicos los ha hecho
volver los ojos al cielo en busca de ima
fuerza superior amparatriz'^ (2).
Pero por más notable c[ue fuera ese
talento reconocido por todos en los are-
(1) Véanselos hechos ridículos que,
bajo el rubro ele milagros sorprendentes,
se relatan en "El suelo de Arequipa con-
vertido en cielo' \ por Travada y ''Tradi-
ciones de mi tierra'' por el señor Francisco
Ibáñez.
(2) F. Mostajo. — Samuel Yelarde.
237
quipeños, un medio como el coloniaje, que
jíi hemos estudiado, era el más inapa-
rente para el desarrollo y cultivo de esa
preciada facultad. Abandonados por en-
tero á los corregidores é intendentes, lle-
vando una vida pasiva, bajn una igno-
rancia absoluta, c|ue a España le convenía
conservar en todo el Perú, los habitantes
de Arequiya vivieron en el más completo
estancamiento de energías en todo orden,
en medio de la religiosidad imperante.
Arequipa, ha dicho un escritor, [1]
fué uno de los lugares del Perú á los que
el Gobierno español consagró menos cuida-
dos. Apesar de haber sido fundada por
Garci de Carbajal en 1540, solamente en
1616, por obligación, como lo prescribe
el Concilio Tridentino, se fundó el primer
colegio, en mérito de hal^er sido erigida
la ciudad en Obispado. Antes y después
de la fundación del Seminario la instruc-
ción se había dado en los conventos, tal
como lo hemos visto anteriormente; edu-
cación c[ue, desde luego, era incapaz de
producir ningún efecto saludable.
Los numerosos obispos que se su-
cedieron en Arequipa, poco se ocuparon
del Seminario, ó si lo hicieron fué "solo
(1) F. García Calderón. — Estado y
progresos de la instrucción en Arecjuipa.
1840.
- 238 —
para la fiel recaudación de las rentas^''^
ningaino introdujo reformas, nadie dejo
gratos recuerdos, "sea porque no tuvieron
tiempo para ocuparse de ello, sea porque
no cre\^eron que era asunto digno de llamar
su atención".
En medio de esa vida de molicie y
letal sopor, c[ue ahogaba toda energía é
impedía todo desarrollo, vivieron los are-
Cjuipeños ''en la antigua noche, pertene-
ciendo al siglo de las c]uimeras" (1). Y
era preciso un excesivo talento natural
que sobrepasara á su tiempo j á su me-
dio para que apareciese una personalidad
de algún relieve, como Diego Martínez de
la Rivera, de cpie habla Cervan-
tes.
Para el que estudia con algún dete-
nimiento el desarrollo de la instrucción
en Arequipa, tiene cj[ue presentársele con
caracteres colosales, la labor ardua, difí-
cil y profundamente bienhechora del Iltmo,
Obispo Mons. Pedro José Chavez de la
Rosa. Es á él, casi exclusivamente, á c]uien
Arecjuipa debe sus hombres ilustres, que
han escrito sus mejores y más gloriosas
páginas. De la reforma íntima cpie efec-
tuó en el Seminario, con paciencia y cons-
tancia benedictinas, arranca todo el movi-
(1) Andrés Martínez. — Elogio del
Iltmo. Chaves de la Rosa.
— 239 —
miento intelectual, toda esa avalancha de
homl3res vigorosos, de atletas intelectua-
les, c(ue reformaron al Perú, le dieron le-
yes 3' lo orientaron hacia mejores regio-
nes.
Aquel varón ilustre, que en Córdova
había dado muestras de su piedad, 3" en la
Universidad de Osuna de su privilegiado
cerebro, no pudo permanecer indiferente
ante el atraso de su gre}-: y emprendiendo
la reforma de la juventud en el Seminario,
cultivó sus inteligencias, educó su volun-
tad con el ejemplo y la palabra 3^ les en-
í eñó á ser virtuosos en aquella sociedad
corrompida. Y después, luchando contra
toda clase de obstáculos, acosado por la
maledicencia 3^ la envidia, rompiendo con
todo prejuicio 3^ odiado por particulares 3^
dignidades con quienes no había entrado
en complacencias, puso un dicpie a la co-
rrupción de su época, un freno á todas
las inmoralidades, 3' im remedio eficaz á
todos los excesos que, bajo la pantalla de
la religión se cometian por docjuier. Es-
tableciendo severos reglamentos para los
oficios de la Iglesia, prohibiendo en lo ab-
soluto vergonzosas prácticas, pudo de al-
gún modo hacer entrar en carril á todo
aquel clero "cu3'0 distintivo no era ni el
fervor, ni la humildad, ni la abnegación
evangélicas. De entonces no se ven ya
— 240 —
dice 1111 historiador (1) ni penitentes en
semana santa, ni banquetes en los atrios,
ni procesiones nocturnas, ni eclesiásticos
omisos en el cumplimiento de sus deberes,
ni párrocos ausentes de sus doctrinas, ni
regulares fuera de sus conventos".
Pero apartándonos de su labor mo-
ral, de la caritativa 3^ benefactora como
la fundación ele la Casa de Huérfanos,
nos ocuparemos tan solo de la reforma
del Seminario. Durante 160 años había
llevado este plantel una vida inactiva,
sin reglamento alguno, sin disciplina ni en
los maestros ni en los escasos alumnos;
reducida su enseñanza al latín mal apren-
dido y á un poco de teología trasnocha-
da. El inteligente obispo que había ob-
servado en Europa el asombroso movi-
miento intelectual, que engendró la revo-
lución de 1789 y c[ue más tarde aplau-
diera las famosas cortes de Cádiz de 1812,
hubo ele emprender necesariamente su com-
pleta transformación.
Mejorando desde el edificio para lo
que hubo de vender una de sus propieda-
des en España, restableciendo el orden 3-
la moral entre profesores y alumnos, dio
un excelente plan de estudios y estableció
normas de conducta que ()rodujeron inme-
(1) M. A. Cateriano. — Recuerdos del
Iltmo. Mons. Chaves de la Rosa.
241
jorables resultados. La enseñanza encasa
é insnfieiente se siistituA^ó por easi todo
lo que constituía el saber humano en
aquellos tiempos; consistiendo en serios
estudios de Gramática latina, castellana,
griega, hebrea, arábiga, filosofía, mate-
máticas, física, astronomía, sagrada escri-
tura, disciplina, historia, ritos, derecho
canónico, civil, natural y de gentes. El
re\^ al aprobar ese plan de estudios, su-
IH'imió los tres últimos cursos, pero no
obstante se continuaron enseñando estos
en el Seminario, educándose asi los futu-
ros juristas de la patria peruana. Esa
transformación fué fecunda en beneficios
Cjue solo ho_y en día podemos apreciar.
Comparativamente, si además se tie-
ne en cuenta la diferencia de épocas, la
instrucción c[ue estableciera Chaves de la
Rosa fué superior á la actual por las si-
guientes ra^-ones: 1^ — Organización más
apropiada, 2^ — Ma^^or estudio, 3^ — Maes-
tros que, cpiizás inconscientemente, fueron
superiores.
La instrucción, que al decir de Leo-
poldo Alas, refiriéndose á las ideas de
ciertos pedagogos, "es un gran descubri-
miento de nuestros días", fué si se quiere
mejor comprendida por el Obispo de la
Rosa C[ue por nuestros educacionistas.
Exceptuando las gramáticas, que desde
hiego ningún alumno las estudiaba todas.
- 242 -
y la historia, í3e vé que en su plan de
estudios ])redominan las ciencias de aná-
lisis, que desarrollan el cerebro sin atro-
fiarlo bajo el cúmulo de datos 3^ lieclios
qae reúne la memoria.
El sabio joven Dr. F. García Cal-
derón Re3% en su libro "Le Perou Contem-
porain", del c|ue el profesor de la Sorbona,
Seailles, dice que "es digno de llamar la
atención por los problemas cpie plantea
y las soluciones c|ue propone", lia estu-
diado entre otros asuntos el de la ins-
trucción en nuestros días y él con su pro-
fundo y extraordinario talento y su asom-
brosa ilustración, nos dirá sus faltas é
inconvenientes [1].
"Los mismos defectos Cjue Le Bou
encuentra en la educación francesa [2],
el culto de la memoria, el olvido de la
observación y de la práctica se encuentran
todavía en la instrucción peruana. Ni
[1]. — El libro en referencia publicado
en París, á principios del año c[ue cursa
aún no lo conocemos. Los datos cpie in-
sertamos, son tomados de la larga expo-
sición y crítica Cjue de dicha obra escribió
el notable profesor Dr. Deustua y cjue fué
])id)licada en "La Prensa" de Lima y en
la Revista de la Universidad de San Marcos.
(2) G. Le Bou. — Psicología de la
educación.
— 243 —
el sentido de la historia ni la lenta 3^ minu-
ciosa observación, ni el elan de nna filosofía
fuerte v profunda existen en los cuadros
monótonos de nna educación bizantina,
que no se separa de los hábitos escolásti-
cos del período colonial, sino que pertenece
en el medio inflexible del clasicismo, de la
retórica envejecida y del filosofismo caduco"
La instrucción dada por de la Rosa
no comprendía, ni los numerosos y varia-
dos cursos que abarca la actual, que can-
san al alumno sin ilustrarlo, ni los defec-
tos memorísticos que hoA^ son corrientes.
Comprendiendo ciencias de análisis y de
discurso formaban en la conciencia y ra-
zón del estudiante hábitos de análisis,
facultad de comprensión viva, al mismo
tiempo que un estudio serio, metódico,
continuado y profundo de las diversas li-
teraturas, lo hacía aptos para la oratoria,
como para la redacción, que también se re-
velan en Luna-Pizarro, Martínez ó Pacheco.
No es este el momento más oportu-
no para demostrar las imperfecciones de
nuestro actual sistema de educación; ellas
se revelan al hojear las ^'Informaciones
sobre la 2^ enseñanza'' (1) en que han
(1). — Editadas por el Ministerio del
Ramo en 1906.
Entre los profesores arequi peños que
han colaborado en dichas informaciones
- ■ — 244 —
colaborado nmchos inteligentes profesores,
los que están unánimes en declarar cjue
ella no corresponde á nuestras necesida-
des, ni á las aspiraciones, de la nación.
Otros factores importantes C|ue determi-
naron la superioridad ele los educados en
el Seminario fueron, como ya hemos di-
cho, el mayor estudio 3^ los maestros que,
inconscientemente, fueron más apropiados.
Caracterizáronse acjuellas épocas por
mía efervescencia intelectual asombrosa.
,Esos cerebros que tenían en sí tantas
energías contenidas, ■ al descorrerse ante
ellos un panorama como el que la instruc-
ción les ofrecía, hubieron de cjuedar des-
lumbfaclos y procurar aprovechar de acjue-
llos iDcneficios. Fué pues, por decirlo así,
upa explosión de energías el florecimiento
intelectual de fines del siglo XYIII y prin-
pipios del XIX. A esta consideración ha3^
que añadir, la de cjue todos esos talentos
salieron, si nó de las clases bajas del pue-
blo, por lo menos de la clase media, esto
es de aquellos cjue sin bienes de fortuna
y sin medios de sobresalir, previeron cjui
zas que el estudio podría contrarrestar
lo que con su nacimiento modesto no ha-
bían adquirido.
se encuentra el distinguido intelectual Dr.
F. Gómez de la Torre, quien presentó un
interes^ante informe al respecto.
— 245 —
A la influencia benenca, tal conio: la
que ejercía Chavez de la Rosn, que j^a-
saba largas Tioras en el Seminario esti-
mulando á los estudiantes, ha^^ que aña-
dir la serÍR disciplina, el medio ar equipe-
ño en esos tiempos apropiado al estudio;
á consecuencia de la sencillez de la vida,
por la falta de diversiones que distraen
la atención de los educados, la conside-
ración que en la ciudad obtenían los pre-
miados y la inñuencia inconmensurable de
los maestros.
El profesor moldeal al alumno; le
impone desde sus ideas hasta sus liabi-
tos; es á él, cuando sabe atraerse á los
discípulos, a cpiien estos respetan y aman
más. Su influencia es, pues, decisiva,
máxime si se trata de niños fáciles de
dominar.
El gran Gu3'au, en uno de sus más
hermosos libros (1) ha establecido cjue la
sugestión debe considerarse conio "medio
de educación j modificador de la heren-.
cia". Eünda su teoría en la semejanza^
de la sugestión con el in^stinto, siéndola*
primera "un impulso cjue empieza a inponer-
se en la voluntad" ó una "voluntad ele-
(1). — Guyau. — Educación }; heren-
cia.
^ 246 -■
mental que se fija en el seno de la vo-
luntad". Esa sugestión desarrollada has-
ta el extremo del instinto, obligará al
individuo á obrar indefectiblemente como
este, le hace criar hábitos, tendencias, in-
clinaciones naturales que lo obligarán á
actuar bajo una norma determinada. El
profesor debe, pues sugCvStionar al alumno,
sugerirle ideas que lo dirijan á determina-
dos fines.
Esta misma teoría desarrollada ba-
jo otra forma y con algunas diferencias,
es la defendida por Le Bon, cjuien sienta
que la educación debe basarse en el si-
guiente principio: ^'transformar lo cons-
ciente en inconsciente". Las voliciones 3^
actos enteramente conscientes, que se obli-
ga al alumno á practicar, deben por di-
versos mecanismos, ser transformados en
instintos, que, desde luego, involumtaria-
mente practicjue aquel. Imbuida la idea
ele un acto debe practicarlo instintivamen-
te, para de este modo librarlo de las
modificaciones varias que pudiera efectuar
la voluntad.
Los profesores de aquellos tiempos
practicaron, como hemos dicho, inconscien-
temente este fenómeno. Deslumhraron a
los alumnos, los sugestionaron, ya por
los secretos que les revelan y jamás ha-
bían imaginado, ya por su conducta ejem-
plarísima ó ya por la palabra y las ideas
— 247 -
que les hacían adquirir, que en aquellos
cerebros dúctiles, caían como gérmenes de
voliciones, pues sabido es como han de-
mostrado psicólogos de la talla de Feré
y otros [1] cjue la idea es el principio
del movimiento y más aún, es el movi-
miento que comienza.
Y solo así se explican dos impor-
tantes fenómenos: aquella pasión por el
estudio de que han estado poseídos esos
arequipeños ilustres, en mérito del ejí^m-
])lo 3^ prédica de sus maestros, 3'' el cari-
ño estrañable que tuvieron por los últi-
mos. Ejemplo de lo primero serían todos
los hombres que descollaron, desde el
erudito Paz — Soldán, hasta Juan Gualber-
to Valdivia, que apesar de sus 88 años
enfermedades y dolores murió con los li-
bros en las manos. Ejemplo de lo segun-
do sería desde las manifestaciones de ca-
riño C]ue le tributaran á Luna Pizarro
sus alumnos, hasta el mismo Valdivia,
que ha muchos años fuera entusiastamente
ovacionado y coronado de laurel, en una
fiesta que sus discípulos dieran en su ho-
nor.
Ho3^ en día, en la ciudad del Rimac,
al rededor de inteligentes profesores, á la
cabeza de los cuales se encuentran c\ Dr.
[1]. — Ch. Feré,— Sensación 3^ movi-
miento.
— 248 - - ^
Alejandro O. Deiistua, k quien uno ele sus.
discípulos, el intelig"entísi,mo autor "De
Literas", califica como el Lavisse peruano,
bajo, su educación y sus enseñanzas está
irgnqéndose toda una juventud, vigorosa,
c[ue -Con facilidades especiales para el es-
tudijO, con maestros orientadores y esti-
mulados por toda la sociedad, está sur-
guiendp deslumbrante, cond,ensado en sí
hermosas esperanzas para la patia perua-
na.^ Semejante á ese florecimiento fué el
c[u^ ocurriera en Arecjuipa,, perp siendo
est,e. más amplio, por las razones que des-
pués expondremos.
, . Con lo didho anteriormente , no es
iitjestro ánimo reducir á la educación su- '
pqínorj relativamente^ las. tínicas causas
d^.. la, procíucción intelectual de la ciudad '
mistiana en las póstremicrías del siglo
XYÍn^:ios albores del XIX.
],., 'Gu3^au, cóliientando, por Fouillé (1),
l^a determinado el verdadei'Q concepto de •
la .educación en' las simientes líneas: "Hav
capacidades c incapacidades nativas, sea
cualesquiera sñ órioen t de ello resulta'
que el cerebro de un niño no es indifini-
daniente, variable v modificable como
jCijeía .lielvécío. La educación ^debe desa-
rrollar arnidniosamente ]as facilidades na-
,.•..'.. ^. (l).-^A. - Fóuillé.— La : moral, la reli-
gión' 3^ ér arte' ^s'egún. Guyau.
~ ^ '^ — 249 -
ti vas del cuerpo y del espíritu, ,sca desde
el punto de vista físico, sea desde el pun-
to de vista moral". En el estudio del pro-
Ijlema. creemos haber diseñado yá la ca-
])acidád nativa de los arequi¡)enos; ])ero
antes de continuar nuestro estudio, debe-
mos' decir algunas palabras sobre el con-
cepto ^ que nos merecen esos hombres,
cu\^as' causas ,c|ue los produjeron se pre-
gunta.
Acaso' por un exagerado amor á Are-
quipa, acaso también por la importan.cia
de esta ciudad en otros tiempos, el mé-
rito dé los hombres notables que produ-
jera ha sido demasiado elevado, conside-
rándolos por algunos, .en los tiltimos tiem-
pos, como talentos excepcionales, poco
menos que genios. Su cictuacíón brillante
en éh foro, la' política, y la ciencia, las
elevadas posiciones á que se encumbraban
no pose^^endo en su origen ninguna ó
mediana colocación social, ni tampoco
bienes de fortuna, por la fuerza tan solo
de su talento, han contribuido á asentar
esos xonceptos. Y hemos dicho que en los
últimos tiempos es cuando se han arrai-
gado esas ideas, 3^ prueba de ello son las
siguientes .frases: de Rajnnondi (1); "En
(1) ' Antonio Raymondi. — El estudio
de las ciencias naturales en el Perú. —
Anales Universitarios. — Yol. I.
— 250 —
el Perú no se tiene fe en los compatrio-
tas, se desconocen sus méritos y no se
aprecian sus trabajos". Parece que los
contemporáneos de esos hombres, mejores
conocedores de estos que cualesc|uiera otros
individuos, comprendieron en su verdadero
sentido, su valor, salvo que esa falta de
reconocimiento, vse debiera á odios perso-
nales, ó enemistades partidaristas, tan fre-
cuentes en aquellos tiempos de profunda
efervescencia política.
Pero ni aún así las palabras de Ra}^-
niondi y también de Paz-Soldán y que
alguna vez emitió conceptos semejantes,
podrían generalizarse. Es evidente que un
Eduardo de Rivero fué mejor comprendido
en Europa que en su país, quizá por la
índole de sus trabajos, pero en cambio
¡cuantos nombres hanse elevado sin me-
recerlo, cuántas glorias baratas ó acaso
tan solo de insignificantes cualidades!
Las generaciones posteriores no miran bien
los hombres: al través de los tiempos y
de muchos detalles, las cosas se idea-
lizan, suaví^anse los contornos y en cam-
bio cualidades insignificantes adquieren
proporciones notables. Ya lo decía el cáus-
tico Brunetiere; ^'para canonizar á los
hombres solo se espera que mueran los
coetáneos que vieron sus miserias". Con
el cambio de escenario, de medio, en pre-
sencia de las consecuencias, y excluja^ido
— 251 —
factores individuales qite no se conocen,
los hechos \' los hombres son pues inmen-
samente difíciles de juzgar.
Refiriéndonos á los arequipeños ilus-
tres, no es posible negar que poseían una
inteligencia nativa, tanto de herencia de
su raza como por la acción del medio
físico, Cjue también los desequilibraba un
tanto, transformándolos en neuróticos (1).
Con esas condiciones naturales, una edu-
cación excelente para su época, surgieron
á causa del medio y momento como va-
mos á examinar.
Una causa de capital importanciat
que se presenta al estudiar el problema
propuesto es la del cambio de estado so-
cial. De todas esas inteligencias Cjue for-
mara Chaves de la Rosa en el Seminario,
hubieran c[uedado, muchas de ellas, anula-
(1). — En una incompleta auto-bio-
grafía que hemos tenido ocasión de ver
del Dr. Pedro José Bustamante, declara
cjue su estado dominante era la melanxo-
lía, siendo además demasiado excitable y
sensible (hiperestesia). Conocidos son tam-
bién los caracteres despreocupados y anor-
males de Martínez, y patológicos de Güi-
ros V otros.
— 252 -^
das, oscurecidas, si el medio ó sea el es-
tado social hubiera continuado siempre
el mismo. Bajo el régimen colonial que
ya liemos descrito, é[)oca de intrigas y de
fraudes, cerrado por completo el camino
á los crilolos, excluidos de todas ]as fun-
ciones públicas, ninguno ó muy pocos hu-
bieran logrado sobrescdir. Pero la ])ro-
funda transformación cjue la Independen-
cia trajera consigo, hubo de producir un
candjio no mer.os notable en los estrntos
sociales.
Sales y Ferré, uno de los mejores so-
ciólogos pue posee España, ha escrito las
siguientes líneas:
"Las transformaciones sociales — dice
— tienen por punto de j^artida el cambio
de ideas y aspiraciones, ó como habría
dicho Gabriel Tarde, de creencia y deseos;
á este cambio corresponde una alternati-
va en el sistema de valores sociales y es-
ta alternativa lleva consigo la sustitución
de clases".
Estas palabras tienen su completa
confirmación en la Independencia del Pe-
rú. Las ideas de libertad que habían ger-
minado, apesar de los esfuerzos de Espa-
ña para contenerlas, produjeron la eman-
cipación 3^ esta trajo consigo la renovación
de clases; á la aristocracia que hasta en-
tonces había dominado, sucedió el gobierno
de los intelectuales, siendo CvSte el momen-
— 2oo —
to en que estos aparecieron 3' tocándoles
á los arequipeños, en un gran número,
ese honroso puesto.
Analizando las vidas de los Mistia-
nos ilustres, se vé en ellas el predominio
absoluto de la política, a la que vivían
entregados por completo. Ese medio mo-
vedizo de nuestra vida republicana ha si-
do su cuna j su ambiente; separados de
éste muchas glorias hubieran caído desde
su base. Pero la intranquilidad de la po-
lítica, sus continuos cambios y modifica-
ciones varias, los hizo surgir, no para
erigirse en caudillos, a lo C|ue los intelec-
tuales rara vez llegan, sino para dirijir
á estos. Prueba elocuente é irrefutable
de ello sería toda nuestra vida republica-
na, desde el Dr. José María Corvacho,
dirijiendo á Orbegozo, Andrés Martínez
como secretario de Salaverry, liasta Gre-
gorio Paz-Soldán y Pedro José Bustaman-
te, actuando poderosamente sobre Castilla,
el primero como ministro y el segundo
como secretario &, &.
Y este fenómeno tiene su explicación
lógica al considerar el predominio abso-
luto del militarismo en aquellos tiempos:
solo se erguían personalidades por el po-
der de las batallas; junto con un candi-
— 254 —
lio triunfante surgían un cumulo de nom-
bres, que después caían arrastrados j^ior
acjuel mismo. Pero como cjuiera cjue los
militares que generalmente escalaban el
l)oder por actos de audacia 3' valor, no
eran los más aptos i)ara el gobierno de
la Nación, llamaban al rededor de sí á
los intelectelectuales, para que los clirijie-
sen tanto por su ciencia como por su
consejo.
Sobre un medio inculto, sobre una
inmensa colectividad C[ue tenía su cerebro
atrofiado j ancjuilosados sus músculos y
que muy lentamente se iba desenvolvien-
do, los intelectuales hubieron de ejercer un
influjo sorprendente, ciue al considerarlo
las generaciones posteriores los ha eleva-
do á alturas desmedidas, sin tener en cuen-
ta la diferencia de momentos.
Y es cjui^rás á esta causa de la in-
fluencia de los arequipeños sobre los cau-
dillos y en la política, aparte de la im-
]3ortancia de Arequipa como ciudad, más
que al espíritu, de la raza como se ha
atribuido, la continua inquietud de ac|ue-
11a sublevándose á cada ]:>aso. Los caídos
V apkivStados por el partido cjue gober-
naba, eran los cjue por medio de la pren-
sa y de la prédica excitaban al pueblo,
que, en líltimo análisis, era tan solo ins-
trumento pasivo. Los verdaderos revo-
lucionarios han sido pues esos intelectua-
— 255 —
les, que eoii el influjo poderoso de su nom-
bre y la palabra, tenían más faeilidades,
para trastornar la repúbliea, encubiertos
por un pueblo que decía celoso y aman-
te de la libertad y de la justicia. Y de
allí cjue la disminución del militarismo,
que traía consigo, la menor influen-
cia de los intelectuales sobre los jefes, ha
traído asimismo, la disminución de las
revoluciones, aparte también ele una relati-
va educación de las masas populares.
Hemos visto ya que muchos arequi-
peños de los llamados ilustres adquirieron
celebridades 3^ surgieron tan sólo por la polí-
tica, pero ¿cómo, habiendo sido el cambio de
estado social, C[ue engendrara esa políti-
ca completo en todo el Perú, el floreci-
miento intelectual se concretó en Arecpii-
pa, siendo sus hombres los que predomi-
naron? Una razón poderosa explica este
interesante fenómeno; la productibilidad
inferior en talentos ó mejor dicho en hom-
bres aptos del resto del Perú, como con-
cecuencia de la instrucción nula ó defi-
ciente.
Al comenzar nuestro tr^djajo hemos
visto que, auncjue lo han pretendido al-
gunos sabios, ni la raza ni el medio so-
los , son los tínicos capaces de producir
— 256 —
lOvS fenómenos sociales; estos son conse-
cuencia lógica de un conjunto ele circuns-
tancias armónicamente combinadas. He-
mos visto también lo cjue fué el colonia-
je, la instrucción de acjuellos tiempos j
C[ue si en Arequipa aparecieron talentos
fué á causa de la instrucción cjue instau-
rara La Rosa, aparte de cierta cualidad
nativa.
Con lo dicho c[uedaría explicado el
anterior fenómeno. Los demás pueblos
de la República, ó continuaron en la ig-
norancia en c]ue habían estado sumidos
ó siguieron recudiendo la al^surda instruc-
ción c[ue se daba en los conventos. Los
cerebros vigorosos que surgieron además
de los arequi peños se formaron asimis-
mos, fueron personalidades individuales.
Unanue, c]ue recibió las primeras leccio-
nes en Arec[uipa, ha relatado los múlti-
ples obstáculos, las trabas insuperables
c|ue había cjue vencer en Lima, para ad-
cjuirir una mediana ilustración. Esas in-
teligencias han sido, pues, excepciones 3-
por lo mismo no pudieron surgir en
junto como las que salieron del famoso
Seminario.
Pero los arequipeños no solamente
dcscolhiron en la [jolítica: en la jurisi)ru
— 257 —
ciencia hubo también fiiguras notables.
La misma causa que originó su aparición
en la política, la originó en la juris-
prudencia.
El Perú era una sociedad en vías
de constitución, en los albores y hasta
pasados muchos años de su Independen-
cia. Iba á constituirse bajo una forma
totalmente distinta de la que antes ha-
bía tenido: todo er¿i confuso 3^ caótico.
De aquí c[ue presentándose individuos co-
mo los arequipeños, ilustrados, conocedo-
res de la legislación y administración de
otros países, aplicaran esos conocimientos
á su patria, Y así se vé en efecto, c[ue
todas nuestras instituciones y le^^es, no
son sino ada])taciones de las de otros
pueblos, na.da ó poco modificadas tan
solo al car¿icter y conveniencias nacio-
nales.
La confusión de nuestras relaciones
diplomáticas, el desconocimiento científi-
co absoluto del país, Cjue eran terreno
virgen de investigaciones hizo encumbrar-
se á individuos que ciertamente poseían
tino é inteligencia, pero muchas de cu-
3^as obras son tan solo de simple paciencia
y observación. Un talento de la talla
de Eduardo de Rivero sino hubiera sali-
do de su país y educádose en Europa,
con la simple instrucción del Seminario,
jamás hubiera logrado dar cima á sus
- 258 -
notabilísimos traljajos, no superados por
nadie todavía en la América del Sur.
Fueron pues los grandes factores
del Medio j del Momento, combinados
con ima cualidad nativa nn tanto nota-
ble 3^ una educación superior, las causas
Cjue han determinado la aparición de
esos hombres ikistres. Hubo algunos ce-
rebros excepcionales y cjue, por lo mis-
mo, se sustraen á toda investigación,
permaneciendo en los misterios biológicos;
las concepciones de Salazar con su ''Gono-
metria'^ y la oratoria de Luna — Pizarro,
no las producen tan solo las circunstan-
cias exteriores: pero en general, para el
gran niimero, fueron esos factores el ori-
gen de su grandeza y encumbramiento.
Al continuar estudiando el problema
propuesto, notamos dos fenómenos inte-
resantes que comprueban lo anterior: el
decaimiento de la instrucción en Arequi-
])a al mismo tiempo que la aparición en
mayor escala de hom])res notables en el
resto del Perú.
Después de la ida de Chavez de la
Rosa, la instrucción continuó en el Semi-
nario por espacio de varios años sin va-
riaciones notables; pero el peruano, como
dice Garcíti Calderón Ren^ posee ima
— 259 —
''energía explosiva," no es la persisten-
cia en sus actos su carácter distintivo.
E\ Seminario fué degenerado, hasta caer
en el más completo abandono, pero esto
no es abstante, de Arequipa siguieron
saliendo notabilidades que eran educadas
en el colegio de San Francisco, regentan-
do por Fray Juan Calienes y en de la
Independencia especialmente en el tiempo que
fué dirijido por D. Juan Gualberto Valdivia.
Pero esas energías concUn^éronse, al mismo
tiempo que extendida la instrucción en
todo el Perú, especialmente en Lima con
D. Bartolomé Herrera, quedó disminuida
la importancia de los arequipeños con el
surgimiento en otros puel^lOvS de cerebros
notables y, sobre todo, más aptos al
nuevo medio.
Hoy en día, aparte de la instruc-
ción, existen otras causas á las que se
debe nuestra inferioridad intelectual: las
dificultades para el estudio como conse-
cuencia del enorme desarrollo 3' diferen-
ciación de los conocimientos hnmanos que
recjuieren para seguirlos amplitud de me-
dios económicos, la concentración de las
energías nacionales en Lima y el consi-
guiente decaimiento de las provincias, el
cambio de medio, momento y, en suma,
la antítesis de las diversas condiciones ya
examinadas Cjue i:)rodujeron el florecimien-
— 260 -
to de fines del siglo XVIII y principios
del siguiente.
Pero esa inferioridad intelectual nues-
tra ¿se explica tan solo por la diversidad
de las condiciones exteriores? ¿acaso po-
dría hablarse de degeneración?
Aunque no liemos analizado los ca-
racteres físicos del pueblo en conjunto,
suficiente nos sería como prueba Norclau
(1) algunos estigmas intelectuales c[ue
hemos creído percibir, para declarar, con
evidente restricciones y reservas la dege-
neración de la raza. El simple fenómeno
de la abulia crónica y su consecuencia in-
mediata la debilidad de la atención, cpie
la incapacita para el estudio, acaso nos
probaría ese aserto (2) del cjue sin
embargo surgen muchas lógicas dudas,
que in:piden cualesquiera afirmación cate-
górica.
Pero cpieremos ser optimistas; c|uc-
remos creer que esa degeneración, no es
más c]ue el fenómeno c[ue ho}^ en día se
observa en toda la humanidad, y en es-
pecial en la raza latina tan gloriosa y
ho\^ ultrajada, como consecuencia de la
[1] Nordau. — Degeneración.— LÍI3. I.
Cap. III. — Diagnóstico.
[2] Nordau.— Degeneración. — Lib. II.
Cap. I.
— 2G1 —
época, que, como dice Giiyan (1) "es un
])enodo de tur1)ación y de inquietud para
los espíritus que no i)oséen la calma un.
poco triste y la fría razón del saljio v
del filósofo".'
Y ¿como lia de tener esa calma esa
raza que "vive de ilusiones" no coPii pren-
diendo "que si soñar es dulce, actuar es
mejor"?.
Una labor strria de la educación de la
voluntad, tal como la que ]3racticaran Smi-
les y Pa^'ot en sus respectivos ]:>aíses, se
impone, y acaso tal vez así, no nos queja-
ríamos de esa dolorosa inferioridad inte-
lectual de Arequipa, en la que si loien
existen varios escritores de cerebros no-
tables, son tan solo personalidades ais-
ladas, formadas por sí solas, en mérito
de idiosincracias particulares, demasiado
superiores al crimulo de los mediocres.
Reformando la instrucción, educando
seria 3' científi-camente las nuevas gene-
raciones, enseñándoles, sobre todo que la
abulia mata y Cjue el dinamismo en nuestras
sociedades es la vida, podría elevarse el bajo
nivel en que nos encontramos, una vez que
[1] Guyau. — Ensayo de una moral
sin obligación ni sanción.
— 262 —
todavía vibra en esas generaciones, el ta-
lento indiscutible de la raza.
Hemos terminado. Sin las elegancias
del estilo, ni la profundidad de pensamien-
to, acabamos de diseñar lo más rápida-
mente que nos lia sido ])osible, algunas
de las causas que han producido el fenó-
meno en discusión. Es el tema tan her-
moso, interesante y amplio que hubiéra-
mos querido extendernos algo más, pero
ni la índole sistética ád nuestro trabajo,
ni el carácter del concurso oromovido
L
por el ''Centro de Instrucción" nos lo
permiten.
Todos los que nos interesamos por
por Arequipa, todos los que Ir amamos,
hemos de sufrir pues intensamente, al ver
sil decaimiento; pero hoy en día parece
que tiende á iniciarse una corriente reac-
cionaria en la dirección C[ue indicamos, que
traería consigo, un renovamiento fecundo de
nuestra indolencia musulmánica. En el en-
tretanto, para poseer energías, tengamos
siquiera esperanzas de que tal suceda,
pues como ya lo ha dicho Guyau, el fa-
moso autor de los "Versos de un filósofo",
melancólicamente muerto en la plenitud de
la edad: "el hombre vive de admiriación
y de amor; pero el que siente admración
— 263 —
y amor tendrá esperanza, y es ésta tan
solo la que liaee posibles la voluntad y
la acción".
HÉCTOR Ramírez del Villar,
Arequipa, Julio de 1908
ídúv %nñxéB Sckwud^
Trabajo que obtuvo el cuarto
premio )
£1 Movimiento Intelectual de Arequipa
á fines del siglo XVIII y prin-
cipios del XIX
Señor Presidente del Centro de Ins-
trucción.
Arequipa
He leído con vivo interés la nioti-
vación de la enquéte que el entusiasta y
trabajador centro de su presidencia aca-
ba de abrir sobre el movimiento intelec-
tual de Arequipa á fines del siglo XYIII,
y principios del siglo XIX.
Me lian conferido ustedes gran ho-
nor al solicitar la exposición de mis ideas
sobre tan importante punto; 3' siento no
poder, por falta de facultades y de pre-
paración, estudiarlo en forma digna de
él 3^ del simpático centro intelectual are-
quipeño.
— 268 -
No es un estudio serio, no es una
opinión documentada y sólida la que pue-
do ofrecer a ustedes. Sin la idea de con-
tribuir en algo al esclarecimiento de la
materia, allá van mis impresiones dirigi-
das más bien como homenaje de sim})atía,
como aplauso caluroso al Centro de Ins-
trucción.
He contemplado esta enquéte en lo
que debe ser. Se trata de esclarecer las
causas de un fenómeno social de importan-
cia. La han inspirado razones de carácter
científico, motivo de aplicación á la histo-
ria de nuestro pueblo, consideraciones ele-
vadas sobre la superior justicia en la
atribución de la fama y del renombre.
Está inny lejos de ella todo móvil de ri-
dículo orgullo regional, de infantil vani-
dad retrospectiva. No pretende ni busca
estudios biográficos ampulosamente lau-
datarios, aislados, inconexos, hechos de
la aglomeración de minucias y detalles
insignificantes. No se va á estudiar á los
hombres desde el punto de vista perso-
nal; sino en la medida en que este estudio
sirva para conocer su acción social y la
trascendencia de esta acción. El proble-
ma es objetivo. Colocarlo en otro terre-
no, es decir en el extrictamente sul)jetivo,
podría decirse que su solución es imposi-
])le \^ no ofrece ningima utilidad.
En efecto, la averiguación de las
— 269 -
cansas cjne, con precinclencia de las ex-
trínsicas ó sociales, determinaron ki efica-
cia de la obra de los hombres célebres,
se escapa á las fnerzas hnmanas. No nos
es dado desgraciadamente conocer el pro-
ceso de la misteriosa gestación de los
privilegiados cerebros. Ni es menos cierto
Cjne mu3^ ^poco ó ninguna utilidad tendría
un estudio de esa especie.
Han tenido ustedes clara visión de
lo que debía ser esta etiquete al calificar-
la de sociológico-biográfica, es decir prin-
cipalmente sociológica. La biografía en-
trará en la parte que sea necesaria para
esclarecer más el aspecto sociológico del
problema.
Plantead c^> ce esta manera la cues-
tión, algún lector suspicaz tal vez diría
que la enquéte no corresponde enteramen-
te á la pregunta precisa en cjue ha sido
condensada. Lo cual no tendría impor-
tancia, desde que claramente se conoce el
espíritu de la enquéte al leer la bien fun-
dada motivación que ustedes han escrito.
Y antes de entrar en materia me V03'
á permitir tratar ligeramente dos puntos
que aborda la invitación. Es el primero
el relativo al del3er de las jóvenes genera-
ciones respecto de la memoria de los hom-
bres Q\\\'c\ fama se trasmite, agigantíuido-
se, de o'eueración en o-eneración. Es el
segundo, la influencia de los hombres cé-
- 270 —
lebres en la historia huiiiana; la conocida
teoría ele los "Héroes'^ que ustedes citan.
Me complazco en manifestarles que
merece todo aplauso la teoría cjue sostie-
nen sobre el deber de las nuevas genera-
ciones respecto de los hombres graudes;
deber que no consiste en recibir como te-
soro infalible la sonora tradición de su
fama y de su nombre; sino en estudiarlos
profundamente para saber si merecen ó
no la celebridad que envuelve su recuerdo.
Esta hermosa teoría inspirada en impulsos
de fuerte libertad mental, ele arrogante
independencia de espíritu, es la condena
vigorosa de acjuella otra, sostenedora de
mentiras convencionales, ciue proclama la
intangibilidad de los ilustres muertos. No;
la memoria de los hombres célebres no
puede ser intangible; ni su nombre tiene
el carácter de sagrado. Hay que sacudir
el yugo pesado de la fama veleidosa, ti-
ránica é injusta.
La necesidad, el deber de reconstruir
con exactitud el pasado, nos obliga á no
aceptar como hechos indiscutidos, sino con
el carácter de simples _v comunes proble-
mas históricos, los acontecimientos y las
obras que sirvieron de pedestal á las feli-
ces reputaciones; auncjue ellos se hallen li-
gados á los más grandes hechos de la vi-
da nacional; aunque ellos hayan entrado
en la formación de lo íntimo de el senti-
271
miento patriótico. El que se sienta ani-
mado de espíritu de historiador, antes de
emprender su Jabor magna, del3ería des-
prenderse de los prejuicios forjados á fuer-
za de repeticiones, de las ideas nacidas
al calor de naturales y espontáneas sim-
patías ó antipatías. Y siu el religioso
temor de las profanaciones halaría cjue
emprender con serenidad j sangre fría la
obra, sacudir el polvo cpie oculta los he-
chos de los grandes y seguir implacables
su huella hasta en los lugares á cpie dio
el carácter de sagrados, la fuerza de la
vida más respetable cjue la sombra de la
muerte. Tres deberes de índole distinta
imponen la conducta descrita en relación
con las memorias célebres. Uno es el que
tenemos para con nosotros mismos; es el
deber de absoluta libertad intelectual, el
deber de no afirmar, ni creer sino acjue-
11o que se ha presentado á nuestro enten-
dimiento con las pruebas de su verdad.
Otro, el deber que tenemos para con nues-
tro pueblo, para la comunidad de cjue for-
mamos parte, ])ara las futuras generacio-
nes cjue reciben por trasmisión tradicional
el conjunto de nuestras ideas 3' la impe-
dimenta de nuestros prejuicios. No debe-
mos dejar solamente himnos laúd atarlos,
sonoros cantos de alabanzas á los gran-
des, á los representativos, á los héroes;
debemos dejar los estudios cpie pongan
— 272 —
de sil relieve su persona 3^ su obra, los
pacientes análisis ele su situación, de su
medio, de su influencia; j en vez del nolli
tangere puestos sobre los sepulcros ó so-
l3re los monumentos de su fama, la since-
ra invitación, el amplio llamamiento á
los hombres futuros para C{ue, á la luz
de otras ideas, con la serenidad de los
tiempos corridos, vajean á apreciar las
obras de los héroes y el juicio de las pa-
sadas generaciones. Tal vez una alma in-
dependiente, un espíritu audaz, un inves-
tigador concienzudo destruj^a mentidos lau-
reles y ponga el sello de la aprobación y
de la gratitud, allí donde otras manos
trazaron el estigma de condena. ¡De este
vaivén eterno, de esta incesante destruc-
ción Y construcción, de esta perpetua in-
quietud, de esta revuelta vorágine de con-
tradictorias corrientes, está hecha la histo-
ria humana!
Y por último, el derecho sagrado de
los que realmente dejaron en la vida huella
luminosa, hicieron su obra benéfica ó de-
rramaron la sangre de los fecundos sa-
crificios; derecho sagrado á cpie su nombre
no se confunda en la arbitraria relación
de la fama con los nombres C]ue enalte-
cieron la casualidad, las j^asiones ó los
intereses de un día, nos impone el deber
de revisar la sentencia que la tradición
nos ha dejado, de comprobar los hechos
- 27
O
y (le aquilatar los méritos, para destruir
falsos ídolos 3^ arrojar con ira rnasiáiiica
a los que asaltaron el templo de la gloria.
No exigirá la memoria de los hom-
bres realmente grandes que en nuestra
labor de justicia empuñemos la picota y
depuremos los panteones que el orgullo
humano levantó para guardarlas cenizas
de los genios; ni que derribemos las esta-
tuas que consagran la fama de mentidos
héroes ó sabios. Poco ó nada vale esta
extereorización material del culto de los
grandes; y bien está conservada en sus
imperfecciones, para que sea la exacta
imagen de las injusticias y errores de la
humanidad.
Pero sí exijirá, con imperioso clamor
la sagrada memoria de los sabios, de los
grandes, de los fuertes, cjue siempre esté
abierto el juicio sobre sus obras 3^ se re-
nueve constantemente el im]:)arcial veredic-
to de las generaciones. Y los bronces 3^
los mármoles silentes 3^ fríos, nada dirán
á las futuras generaciones que no empren-
dieron la obra de conocer á los que re-
presantan en su historia ó en sus hechos,
3^ apenas servirán de interrogantes de la
libre 3^ serena curiosidad de la nueva gente.
Pueblo muerto aquel que no revisa
constantemente su historia, pueblo nuier-
to aquel c]ue no comprueba 3' somete á
frío análisis tradiciones aún más caras,
— 274 —
pueblo naiierto aquel en que las genera-
ciones inertes j soñolientes aceptan sin re-
serva V conservan intangible, el legado
misterioso ele ideas grandes y concepcio-
nes err¿idas, de nobles sentimientos y tor-
cidas inclinaciones, que trasmiten los hom-
bres c|ue pone á los hombres nuevos, en
el orden de la vida y á través del indife-
rente correr de los tiempos.
Felicito vivamente al Centro de Ins-
trucción por su iniciativa. Es necesario
revisar ó hacer por vez primera la histo-
ria de los hombres lustres de nuestra tie-
rra; hacerla con cariño, pero con abso-
luta independencia. ¿Es necesario destruir
estatuas? En buena hora. ¿Es necesario
rebajar pedestales? La justicia lo exige.
¿Es necesario sacar de la sombra un
nombre oscuro? Mejor todavía. La más
hermosa forma de la justicia es la justicia
reparativa.
No sólo un problema de gran im-
portancia general entraña la segunda
cuestión de que les he hal^lado al princi-
])io, y que ustedes tratan en su invita-
ción citando á Carlile: la influencia de los
grandes hombres en la historia humana.
Para el punto que ustedes piensan escla-
recer, la solución de este grave proble-
ma, supone la determinación del punto
de vista desde el cual debe estudiar-
se la materia de la enquéte: la fijación
- 275 —
del criterio que debe informar los tral)a-
jos se emprenda.
¿Es cierta la teoría de Carlile? Es
verdad que la historia humana está con-
tenida en la historia de los hombres cé-
lebres, de los héroes, en el sentido carli-
liano de la palabra. Los grandes movi-
mientos, las grandes agitaciones en la
historia son el simple efecto de la volun-
tad ele los fuertes? — ¿O, i)or el contrario
las pujantes individualidades, han surjido
de esos movimientos, se han revelado y
han sido determinadas por ellas y deben
ser consideradas como su simple exponen-
te? ¿Dónde, en qué cosas reside la fuer-
za ])opulsora del incesante movimien-
to Cjue se llama el correr de la historia?
¿Estriba en la enérgica voluntad de unos
pocos; en la misteriosa virtualidad de las
ideas, de las grandes concepciones; en el
concurso de las pequeñas causas?
Han citado ustedes ini párrafo que
condena la primera de las teorías. I es-
ta cita me trae á la memoria, otras no
menos precisas C[ue condensan las otras
dos teorías; una, sobre fuerza de las ideas
directoras c[ue mantuvieron la vida y la
agitación en los diversos siglos de la his-
toria, otra sobre la imi)ortancia de refe-
rirlo todo al mundo de lo pec|ueño, de lo
infinitisimal, de las causas menudas.
Es la primera del más grande ora-
-~ 276 —
(lor del siglo XIX. 3- la segunda de 110-
velistíi tal vez grande de la época con-
temporánea.
En una de 8us admirables, aunque
á veces ini tanto artificiosas, síntesis his-
tóricas, Castelar señaló la idea determi-
nante, la idea eje, digamos, que resume
los todos hechos y agitaciones en cada
lino de los siglos de la era cristiana. Ei
ideal del siglo XIX. era para él "la
unión de la democracia traída por todas
las revoluciones j la libertad traída por
todas las ciencias"
Nadie con más arte, con más pa-
sión y con más honda filosofía ha que-
rido reducir hasto el último grado la
influencia personal de los grandes hom-
bres en la Historia, que el g'ran nove-
lista eslavo, Tolstoy, pensador profundo,
corazón apasionado; cjue á vivir en otros
tiempos de menor complejidad de vida y
mayor de libertad de alma, sintiendo fue-
go apostólico en sus venas, arrebatado
y absorbido por su doctrina de amor a
los hombres, hubiera recorrido como Pa-
blo de Tarso pueblos diferentes y hubie-
ra encendido el alma ele las turbas con
su verbo inflamado. ¿Cual es la teoría
que se sostiene en Guerra 3^ Paz, al tra-
tar de los acontecimientos cpie se reali-
zaron á principios del siglo XIX, espe-
cialmente de la campaña de Rusia? He
— 277 -
nquí cslas frases qnc escojo del epílogo
(le esa novela, suprimido en las ineomi)le-
tas 3' trancas ediciones castellanas, \' cjue
contiene un estudio filosófico de aliento.
"La vie des, peubles ne se resume
pas par la vie des quelques personages,
car on n' a pas trouuer les lien entre ees
queloques personages et le peuble."
Al principio de [la undécima parte
de la novela dice:
''Por etudier le lois de 1' histoire
nous devons changer tout a' íait V ojet
de r obserbatión, laisser tranquilles le ro-
is, les ministres, les generaux, et étuder
les elments comuns, infiniment petis qui
gtiident les m.ases".
El estudio de los hombres célebres
y de su obra, hecho de ima manera ais-
lada, prescindiendo de los antecedentes
que los formaron; del medio que los ro-
deó, y atendiendo sólo a sus ideas, su
temperamento, su fuerza y energía de vo-
luntad, en realidad no nos puede dar la
clave de la historia.
Un conjunto de hechos anteriores,
un conjunto de circunstancias en las cjue
figuran, muchas veces detalles que ])are-
cen insignificantes y cjue resultan después
de gran trascendencia, determinan la con-
ducta de los hombres que en un momen-
to dado tiercn la dircceicn de la de les
])ueblos ó los medios de irifluir en ella.
- 278 -
Alguien piensa que el medio 3^ los heclios
no sólo inflyen en la eondueta de héroe,
sino que son la. causa de su aparición;
hasta el punto de que, suprimiendo el es-
cenario ó cambiándolo, el héroe con to-
das sus eminentes condiciones subjetivas,
desaparecería ó tennría un papel mu\^ se-
cundario.
Pero es innegable c[ue los hombres
célebres, las grandes voluntades pueden 3^
logran modificar la situación que parecía
determinada por hechos anteriores. Este
ejemplo evidente de reacción del efecto so-
bre la causa que viene á conformar una
vez más la lev de universal reversión no
parece ser desconocido por el mismo
Tolsto3% tan ferviente partidario de la
que podría llamarse el ^^igunJitansmo his-
tórico'\
Hay una enorme diferencia entre la
teoría que atribu3^e todo á los héroes,
que los considera como la causa deter-
minante de los movimientos históricos, 3^
aquella otra pue los considera simples
efectos ó exponentes de esos movimientos,
exponentes c]ue al reaccionar sobre las
causas que los han producido, logran
modificar un tanto su dirección 3^ su fu-
tura trascendencia.
Debemos atender, pues, de todas ma-
neras, á las causas externas, á los hechos
anteriores, al medio ambiente. Pero cuá-
— 279 -
les son esas causas exteriores? — ¿Pueden
ser abarcados? — Pueden ser medianamente
conocidas? — ¿Logran sintetizarse 6 hallar
su expresión en algunos hecho s determi-
nados 3^ de fácil conocimiento ó son irre-
ductibles en su mutiplicidad?
Tolsto\^ se inclina al estudio analí-
tico y detallado de las pequeñas#causas.
Aplica á la historia los principios del cálcu-
lo infinitesimal.
Ved como expresa su pensamiento:
Ce n' est pas qu en prennant pour
notre observation V unité ingniment petite-
les differencielles de 1' historie, c' est á diré
les aspirations uniformes des hommes-et
en acquivant 1' art d' integrer (unir les
sommes de ees infiniment pétits) c[ue yous
pouvons esperer comprendre le lois de V
histoire".
No es del caso entrar en un estudio,
que sería nnu^ difícil, de la teoría del
gran novelista ruso. He creído convenien-
te esbozarla, porcjue ella y la teoría de
Carlile marcan los extremos entre los cua-
les se mueven infinidad de teorías forja-
das para explicar el misterio de la histo-
ria.
No se ha ocultado á ustedes la in-
fluencia de la teoría que se tenga sobre
este punto, en el esclarecimiento de la ma-
teria de la enquéte. La diversidad de las
respuestas se deberá, no á una diferencia
— 280 —
(le apreciaciones en el detalle, sino sobre
todo al criterio con el cual se ha estu-
diado el asunto, a la diferencia de las
teorías generales que se profesan sobre
los factores de la evolución histórica.
Después de algunas divagaciones,
entro en materia.
Es un hecho incuestionable que, den-
tro de nuestra relativa cultura, el movi-
miento intelectual de Arequipa á fines del
siglo XYIII. y principios del XIX reviste
verdadera importancia.
Fuera de otras consideraciones; bas-
tarán ])ara llevarnos á ese convencimien-
to las esclarecidas figuras de Luna Pizarro,
de inteligencia penetrante, audaz, enérgico
á la par que afable, de Melgar, el héroe,
gran poeta por su obra y más gran poeta
por su vida, de Martínez, de universal
talento y arranques geniales, de Valdivia
enciclopédico, trabajador infatigable y
maestro verdadero, de Paz Soldán, Pa-
checo, Ureta, los grandes jurisconsultos,
de Fernández de Piérola, Rivero }' Paz
Soldán Mateo, notables hombres de cien-
cia 3' de tantos más cu va lista necrológica
cierra García Calderón, el jurista de inte-
ligencia robusta, sólida, de visión amplia,
de expresión diáfana y breve.
El nunlio físico de Arequipa, su no
mu\' crecida población, su alejamiento de
los centros i)()lít!cos de la repti1)lica cons-
— 281 -
titin-en factores propicios á la labor in-
telectual, a la aplicación de las energías
del espíritu, al estudio 3' cultivo de la
ciencia y del arte.
Los climas fríos 3' secos, el aire pu-
ro 3^ transparente, la naturaleza plácida,
ssrena 3^ hermosa contribu3'en poderosa-
mente á preparar ese estado de reposo,
cjuietud 3' dominio de sí que es tan nece-
sario en las labores de la inteligencia.
¡Y, que profundamente podemos apre-
ciar todo el valor de las causas indicadas,
k)s C[ue vivimos en climas cálidos 3^ hú-
medos, los que por mía organización de-
fe jtuosa de trabajo, no podemos gozar de
esa envidiable simplicidad de vida, ni po-
demos dar al espíritu, por los afanes co-
tidianos de la existencia, por las múltiples
3' dispersas obligaciones de un medio algo
m.íi complejo, la concentración, el recogi-
miedto que necesita toda labor seria 3'
sentida!
803^ mi convencido de la influencia
poderosa del clima. Creo firmemente que
el aire de montaña seco y frío, conserva
mejor las energías, despierta la actividad;
provoca un saludable 3' provechoso ner-
vosismo en la acción, que se traduce luego
en fecundo entusiasmo y en una marcada
acentuación de la personalidad en cuanto
se haga. En los medios geográficos des-
critos, todo es más definido, más perfilado,
- 282 —
más enérgico; el hombre y la naturaleza.
En cambio en los medios cálidos y húme-
dos, el hombre es menos dueño de sí, sus
nervios están laxados, sus energías aflo-
jadas y se siente venir después de ejerci-
tada la actividad, desagradable y penoso
enervamiento. Y la naturaleza, ó es pobre,
falta de calor, de vida y de relieve, ó es
de una exul3erancia cahótica, de una pu-
janza desordenada y dominadora; 3^ el
hombre en presencia de ella se siente so-
metido y anic[uilado.
Contemplad por un momento el cua-
dro Cen c[ue la naturaleza sin llegar a la
exuberancia de los trópicos, es variada y
rica; el cielo despejado, la atmósfera lím-
pida 3^ transparente. El hombre ejercita-
rá mejor sus energías, se podrá estable-
cerse entre él 3" la naturrdeza, comunica-
ción misteriosa, podrá experimentarse la
sensación de la tierra, la más grata, la
más honda de las sensaciones. La visión
profunda del medio físico, la colocación
reposada dei espíritu solare un pedazo de
tierra 3' de cielo, es la mejor de las pre-
paraciones para dirigir luego los ojos con
acierto al medio social v al mismo espí-
ritu. Parece que el ])0(ler de observar;
que la facultad de visión es una é indivi-
sible; el que sabe observar bien en la na-
turaleza, |)0(lrá oljservar l)ien en su csi)í-
— 283 —
ritu. Es artificiosa y falsa la diferenciación
entre subjetivistas \' objetivistas.
Arequipíi. posee, pues, un verdadero
tesoro en su hermosa naturaleza, en su
fuerte y vigorizante clima. Este hecho po-
dría esplicarnos los caracteres comunes á
la intelectualidad arequipeña, fogosa, enér-
gica y entusiasta; fanática de exaltacio-
nes místicas ó radical de ímpetus jacobi-
nos. Este hecho ])()dría d¿irnos la clave
de las cualidades y defectos de la menta-
lidad de nuestro pueblo. Existe la energía,
existe la fuerza, lo Cjue convieriC es encau-
zarla y educarlíi.
Deben las nuevas generaciones apro-
vechar las ventajas de ese medio físico, y y
siguiendo el ejemplo de los hombres cu\'a
acción ho3' deseamos conocer, dedicarse
con fé, con entusiasmo, con modesto re-
cogimiento, a la labor intelectual, y pro-
vocar por el conocimiento de las culturas
avanzadas, la labor de encauce, de justa
ponderación de las secretas energías avi-
vadas y exitadas por una naturaleza enér-
gica.
No pretendo 3^0 esplicar el movimiento
intelectual de Arequipa á fines del siglo
XVIII, y principios del XIX. ¡íor las ven-
tajas de su medio físico y las no menores
ventajas de su medio social y político.
He aludido á estos factores que actuaban
en esa época, como actúan hoy; porque
- 284 —
al tratíir de un fenómeno realizado en nn
medio; no se puede j^reseiudir del estiidi(;
del medio desde los puntos de vista que
he indicado. Luego, habría que fijar las
causas determinantes vdel mismo fenómeno;
punto más difícil y que exige maA'or es-
tudio.
Y después de tantas divagaciones
paso á indicar, según mi parecer las causas
del movimiento intelectual de Arequipa á
fines del siglo XVIÍl. 3^ principios del XIX.
Hs necesario reconstruir la vida in-
telectual de Arequipa á fines del siglo
XVIIL y principios del XIX,
Es necesario reconstruir la vid¿i in-
telectual de la colonia. He tenido opor-
tunidad de revisar algunos documentos
relativos á la historia de la Universidad
de Lima, y ellos me han dado una idea de
lo que fué en el Perú la intelectualidad du-
rante la dominación española.
En casi todo el siglo XVIIL domi-
naba por entero la escolástica. Las ideas
se hallaban momificadas, híis inteligen-
cias debían vivir envueltas en el letargo
de la repetición de sutilezas y bizantinismos.
No asomaba por ninguna parte una
idea renovadora, un movimiento de vida,
ima agitación augadora de progreso. El
lamentable atraso, la denigrante decaden-
cia de las instituciones intelectuales de
España, teni¿i que trascender á América.
— 285 —
Y sin llegar á las cxag'cracioncs de Faw,
])()denios afirmar que la intclcctiialidi'd de
la América colonial valía bien poca cosa.
Nos bastaban á remediar ese estado la
labor Y brillo de una que otra individua-
lidad aislada.
Es fácil imaginarse el sombrío cua-
dro de la mentalidad de Arequipa en ple-
no siglo XYIII. No existía allí ningún
centro de instrucción universitaria. x\3^a-
cuclio 3^ Cuzco teriían universidades de se-
gundo orden. La enseñanza debía correr
á cargo de los jesuitas que en casi toda
América habían monopolizado la instruc-
ción.
Más á fin. es del siglo XVIIT tras-
cendieron á España ideas revolucionarias.
Realízase en 1767 la expulsión de los je-
suitas. Prepárase la reforma de la Uni-
versidad de Sevilla. En América laJuPita
de aplicaciones de los bienes de jesuitas,
presidida ]3or el virrey Amat, traspasan-
do su misión económica y administrativa
prescrita un plan de reforma de la Uni-
versidad de Lima, j)lan inspirado en las
nuevas ideas. Se introducía la enseñanza
del Derecho Natural y del Derecho de Gen-
tes de Heineicio; el estudio de las ciencias
físicas, las ideas de los nuevos métodos. —
La Universidad continuó no obstante cu
su atraso. Pero se fu.nda el Convictorio
de San Carlos; llega el j^adre Cisneros al
— 28Ü —
Peni é introduce his obras de los encielo-
])edistas; la enseñanza en San Carlos entra
en el nuevo camino, del)ido á los esfuerzos
de su ilustre rector D. Toribio Rodríguez
de Mendoza.
Las nuevas ideas, encarnadas ya en
una institueión, como el Convictorio, o[)e-
ran la gran revolución.
Esta corriente produjo el movimien-
to intelectual Cjue tuvo su ex|)resión en
''El Mercurio Peruano", llegó á Arequipa
con la fundación del seminario por el
obispo Chávez de La Rosa. Las viejas
y sombrías ideas escolásticas, recibieron
el embate de las nuevas doetrinas. Los
espíritus jóvenes se abrieron á la vida,
en un ambiente intelectual purificado y re-
novado. I fué un espléndido florecer de
nuevas inteligencias. La novedad, el hon-
do sentido de las doctrinas introducidas,
vinieron á despertar de su letargo, fuer-
zas 3' cualidades, encadenadas, aprisio-
nadas en los antiguos ríg'idos moldes.
El movimiento intelectual de Are-
quipa en el siglo XYIII, tuvo, pues, por
causa la fuerza innovadora de las ideas
filosóficas que lograron penetrar á Espa-
ña, que vencieron en Lima y que se in-
trodujeron por ñn en la ciudad mis-
tiana.
Las agitaciones en hi vida intelec-
tual son tan necesarias, como las agita-
- 287 —
cioii'js y inoviniiciitos en el miiiido físieo.
Ciencia que no sj renueva, que cons-
tantemente no se revisa y rectifica, es
ciencia muerta 3' engendradora de muer-
te. Las ideas nuevas no solo producen
el l^eneficio de adoptar más elementos á
la mentalidad de un pueblo ó á¿ un indi-
viduo; vienen á realizar una especie de
higiene intelectual, á proporcionar á la
inteligencia nuevas fuerzas v nuevas ener-
gías 3' á darle el incesante giro, la agi-
tación continua de la vida.
Realizan un beneficio más; so n dina
mógenas, si se me permite el término;
prjdurcMi la aplicación y el ejercicio de
facultades ignoradas, de energías ador-
mecidas. I esas energías, ejercitándose, se
revelan, se enaltesen y forman las cele-
bridades que después admiramos.
Lanzad una corriente i)3derosa de
nuevas ideas; \' veréis que pronto surgen
los cerebros que se las asimilan, Cj[ue les
encarnan 3^ que producen luego su obra
duradera.
Basta el choque de las ideas refor-
madoras que, aunque atenuadas, pene-
traron en nuestro antiguo medio intelec-
tual, para explicarnos ese maravilloso
despertar del siglo XYIII.
Y en el siglo XIX, las ideas refor-
mistas dieron su fruto, prepararon el me-
dio. Acontecimientos joolíticos originaron
— 288 —
en concurrencia con ellavS, seductores idea-
les que vienen á determinar el niaj^or es-
tado de atención a los espíritus, el ma-
3^or grado de fervor en las almas, la ma-
3^or pujanza de las inteligencias 3' de las
voluntades.
Las ideas reformistas del siglo XYIII,
engendraron primero el ideal de la pa-
tria americana cjue se traducía en aspi-
ración á la ¿lutonoinía respecto de Espa-
ña. Los ideales de los hombres grandes,
al llegar á las masas, al llegar al cora-
zón de las multitudes, se agigantan, cre-
cen, se traspasan así mismas. Del ideal
de la autononiía surgió el ideal déla In-
dependencia, de la libertad, de la vida
republicana. Este ideal absorbió los es-
píritus, despertó todas las energías, pro-
dujo en la ])rimera mitad del siglo XIX,
la agitación j el movimiento 3^ que debía
traducirse en el estudio y en la dicusión
de las más encontradas corrientes políti-
cas y económicas. La moderna teoría
sobre naturaleza de la sociedad, la que
ha sustituido á la doctrina orgánica; la
teoría síquica, que considera á la socie-
dad como un todo psíquico; han v^¿.nido
á robustecer la ciencia en la fuerza efecti-
va, en la Lcunda virtualidad de los idea-
les en la marcha de la Historia. Los
ideales mantenidos en un momento his-
tórico, junto con los factores del aml)ien-
— 289 —
te y de la tradieióii hereditaria, ex}3llean
todos los fenómenos sociales. Los ideales
de Independencia y libertad actuando
con fuerza irresistible en los espíritus su-
])eriores, exiguiendo nia^^ores conocimien-
tos, nuevos datos, nuevos horizontes,
despertaron el espíritu de investigación y
de estudio en nuestro país en el siglo
XIX.
Se puede decir, pues, que el movi-
miento intelectual peruario, no sólo are-
quipeño, á fines del siglo XVIIÍ, y prin-
cipios del XIX, tuvo por causa, el cho-
que renovador las ideas reformistas, pri-
n. ero, y después la fuerza de los ideales
de Independencia y de organización republi-
cana y la lacha c[ue sostuvieron esos ideales
para definirse y encarnizarse.
Pero no basta indicar esta causa
p.ira ciar, por resuelto el problema; falta
lo principal, lo más importante, el estudio
Cjue, precindiendo del enunciado de vagas
teorías generales, entra en el terreno de
los hechos precisos v^ de los trabajos que
pueden revestir verdadera originalidad.
¿Cómo actuaron las causas que hemos in-
dicado?—¿Cuál fué su piroceso? — ¿Cuál su
iniciación, cuál la ley de su desarrollo,
cuál el grado de su trascendencia? Para
dar respuesta á estas tiltimas preguntas
Cjue son el nervio de la enquéte, hay que
realizar un profundo estudio histórico, una
- 290 -
cocienzuda investigación docnnientaria. He
ahí lina hermosa tarea para el Centro de
Instrucción; he ahí tina bella manera de
imitar en sus grandes virtudes la laboriosi-
dad Y de elevada dedicación á la ciencia, a
los grandes, á los sabios que hoy c[ueremos
conocer. Emprended pues jóvenes compañe-
ros del Centro esta tarea vosotros tenéis los
elementos en las manos, escudriñad los Ar-
chivos j las bibliotecas j revelad á nuestro
pueblo los secretos ele la historia de sus hi-
jos preclaros cjne es también parte de su pro-
pia historia.
Ese estudio contiene una enérgica invi-
tación a una labor grande y de él se des-
prende una noble enseñanza.
El horizonte intelectual de un pue-
blo debe hallarse abierto a todas las ideas,
á la renovadora corriente de todas las doc-
trinas. Jícíj que suscitar ideales que, al lu-
char por incorporarse al medio, enaltezcan
la vida.
Ir. i. IBEM IDMi
S'A'u ^-ák^^ :r^Jkc,2- .-^.ál^-- _^^.i
.j^mt^-ám^^cG'&i^, (?áígiífe Gím¥^
>TríL Derecho Internacional, ciencia relativa-
'^^^^ |íl mente nueva, ciencia de gran impoi-
^^$ A tancia para la vida y prosperidad de
'^sY los pueblos: presenta cuestiones y pro-
' '^ blemas en extremo arduos y llenos de
enmarañadas dificultades.
Más á medida que las ciencias adelantan y
las naciones se enriquecen con la luz de los prin-
cipios, el Derecho de Gentes tendrá que ser la
Constitución universal de los Estados y en donde
éstos verán el modo de zanjar sus conflictos, sin
recurrir al asolador medio de las armas.
Hace cerca de tres siglos que Grocio con
su ''Derecho de la guerra y de la ¡xiz'' ha hecho
cambiar por completo la bienhechora faz del de-
recho que nos ocupa : al Derecho europeo, como
se llamaba antes, tal cual salía de las inspira-
ciones de la religión y de un conjunto de usos
particulares, le ha precedido el Derecho universal
de las naciones.
Hugo Grocio que á la edad de 8 años com-
ponía versos en latín; á los 15, sostenía tesis en
e»
el mismo idioma sobre filosofía, matemáticas y
jurisprudencia; j á los 17 defendía una causa
como abogado, ante los tribunales; no podía, no
debía dejar de ser el apóstol defensor de los pue-
blos.
Ahora bien, dando cumplimiento á uno de
los mandatos de este centro de instrucción, de
esta Universidad, voy á ocuparme de la extradi-
ción; punto que, como dice Calvo, es más político
que judicial y que depende de la razón de Esta-
do más bien que de las reglas de la ley.
Trataré, pues, de investigar, el fundamento
de la extradición, las personas y delitos que pue-
den ser objeto de ella, y por último, la forma
exterior, ó sea el procedimiento.
Ante todo, veamos, que se entiende por ex-
tradición.
Algunos autores hacen derivar esta palabra de
extra-ditio, que significa potestad fuera del terri-
torio, pero tal sentido no parece conforme, porque
se haría suponer que el derecho que estudiamos
implica jurisdicción sobre país extranjero. Con-
formándonos con los verdaderos principios y con
la opinión generalmente aceptada, la palabra ex-
tradición se deriva de tradltio-ex que expresa re-
mesa de soberano á soberano. En consecuencia
y aceptando la definición que da Fcelix decimos,
que la extradición, es el acto por el cual un go-
bierno entrega d un individuo perseguido por un
crimen ó delito á otro que lo reclama^ á fin de juz-
gare y castigarle por haberlo perpetrado.
La extradición y el asilo son términos corre-
lativos, supuesto que la extradición arguye el de-
recho de exijir la entrega; y el asilo, la facultad
de ampararle y protejerle denegando la entrega
de su persona : aquella establece un derecho en
Í3
la Nación que reclama; éste, en la que deniega
la entrega reclamada.
Hagamos una lijera reseña histórica de la
extradición; pues ella brindará puntos en auxi-
lio de este trabajo.
Desde muy antiguo los pueblos han recono
cido este derecho, ya para salvar cuestiones per-
sonales, ya como pretexto de guerra.
En efecto : el capítulo XX del libro de los
Jueces habla de la venganza que tomaron las on-
ce tribus de Israel contra la de Benjamín por
el insulto hecho á un levita por los vecinos de
Gabaá, que la tribu de Benjamín no quizo en-
tregar.
Los lacedomonios declararon la guerra á los
menesios; porque denegaron la entrega de un
asesino.
Los arqueos pidieron les fuese entregado un
cierto número de sus comj)atriotas por Esparta,
amenazando rompar toda alianza con ésta sino
se les entregaba dichos indi\áduos, culpables de
haber devastado un lugar.
Los atenienses declararon que entregarían á
los macedonios á cualquiera que hubiese aten-
tado contra la vida de Filipo.
Aníbal se dio la muerte previniendo la extra-
dición que le amenazaba por las intrigas de Pla-
minino y la debilidad de Prusias.
Los galos reclamaron la extradición del en-
viado Fabio que los había atacado.
Los anteriores pasajes nos dan á conocer el
derecho, aunque imperfecto, que las naciones te-
nían á la extradición.
Más si de los tiempos antiguos pasamos á
los modernos, los encontraremos muy dignos de
tomarse en consideración y en donde los trata-
dos toman una parte decisiva. En la época pre-
cedente : las circunstancias políticas, las relacio-
nes de vecindad, los vínculos de parentezco en-
tre los soberanos, eran los móviles poderosos pa-
ra conceder la extradición; en ésta, los crimina-
les políticos ya no tienen razón de ser, han hui-
do presurosos á refugiarse en los estrados que-
ridos de la patria.
Un ejemplo muy notable de una extradición
concedida por el poder ejecutivo y á petición de
las autoridades de otro Estado, en la cuestión
Arguelles entre las autoridades de la isla de Cu-
ba y el Ministro español en los Estados Unidos
de Norte América.
Narremos :
Arguelles era un empleado del gobierno Es-
pañol, que ocupaba un puesto importante en uno
de los puntos de la isla mencionada. Este fun-
cionario había dado cuenta de un cargamento de
esclavos de que habían logrado apoderarse las
autoridades locales, poniéndoles inmediatamente
en libertad, entre ios cuales decía haber muer-
to 140, atacidos de viruela. Las autoridades su-
periores de la isla de Cuba se enteraron, al po-
co tiempo, de que los 140 esclavos habían sido
vendidos, haciéndose uso de documentos falsifi-
cados por Arguelles; y ést^, para eludir la acción
de la justicia fugó á Nueva York, El capitán Ge-
neral de Cuba y el ministro de España, entera-
ron del hecho al ministro de relaciones exterio-
res de los Estados Unidos de América, y pidieron
la prisión y entrega de Arguelles, fundándose
no sólo en lo horrible del delito, sino en que la
presencia del delincuente era necesaria en Cuba,
para poner en libertad á los hombres que había
vendido. El Ministro Mr. Seward, con consen-
timiento del Presidente, mandó arrestar al fugi-
tivo, que fué entregado á un agente especial
del gobierno español y conducido á Cuba. Esta
extradición efectuada sólo en virtud de una or-
den del poder ejecutivo dio origen á que en el
Senado de los Estados Unidos se interpelara acer-
ca de lo ocurrido y de la autoridad que la ha-
bla decretado. El Presidente de la República dio
á conocer las reclamaciones de las autoridades
españolas, y después de algunos debates, termi-
nó la cuestión sin consecuencias ulteriores.
Ludovit de Virvend, natural de Francia, come-
tió el delito de parricidio dando muerte á su ma-
dre Armandina L. v. de Virvend en la noche
del 29 al 30 de Junio de 1884. El tribunal de Asi-
sias de Taru, lugar en que aconteció este deli-
to, prenunció sentencia, condenando al delincuen-
te á trabajos forzosos perpetuos en la Guayana
francesa. Más el homicida, estando cumpliendo
su condena, fugó á la capital del distrito fede-
ral de Méjico en donde creía encontrar amparo;
pero el Ministro Plenipotenciario en esta Kación,
se dirijió á la Secretarla de Relaciones Exterio-
res solicitando la detención provisional y extra-
dición de Virvend. En este estado de cosas, in-
terpuso el querellante juicio de amparo ante el
Juzgado 1? de Méjico, contra el acuerdo de di-
<iha Secretarla que dio por accedida la solici-
tud hecha por Francia; para ello su defensor, opu-
so las excepciones de prescripción, por llevar el
reo 14 años de sentenciado; de ser las penas per-
petuas en Méjico, contrarias á la Constitución y
á las leyes, y otras; pero el Tribunal combatió
todas esas excepciones y la Corte Suprema de
Justicia, hasta donde fué la causa en apelación,
confirmó la sentencia anterior, declarando : "Que
la Justicia de la Unión no ampara ni proteje á
Ludovid de Virvend, concediendo su extradición
al representante de la República Francesa".
Esta causa que conmovió profundamente á la
sociedad de Francia, nos manifiesta : 1 ? que el
delincuente no debe atenerse á las leyes de la
&
nación que le sirve de refugio; y 2? que en los
delitos revestidos de gravedad, la extradición se
justifica por sí sola.
Por último, el Ecuador acaba de consentir en
la entrega solicitada por nuestro gobierno, del cri-
minal Melchor Bustamante, por el asesinato co-
metido en la persona de Faustina Arredondo,
acaecido en 1897 y que la sociedad de Lima su-
frió hondamente.
En cuanto á tratados, nuestro gobierno los
tiene no sólo con las naciones vecinas, sino tam-
bién con las de Europa. Y aún más, con fecha
10 de Octubre de 1874, celebró también con la
China.
Entre las naciones europeas, podemos citar
á Italia en su tratado de extradición con el Pe-
rú. Anteriormente á 1873, se reglamentaba es-
ta materia, por el convenio de amistad, navega-
ción y comercio; pero desde esta fecha, subsis-
te un especial tratado, en el cual se hallan es-
pecificados los delitos siguientes : asesinato — pa-
rricidio— infanticidio — envenenamiento—homicidio,
cuando se castiga con pena de muerte — viola-
ción— rapto— ocultación, supresión, sustitución y
suposición de niño — bigamia — lapto — asociación
con malhechores — extorsión — incendio voluntario
— robo calificado ^ — sustracción — falsificación de
moneda — introducción y emisión fraudulenta de
moneda falsa y papel moneda — modificación y fal-
sificación de actas del Gobierno, de los sellos,
contrasenas ó marcas, y de escrituras públicas
— testigo falso — falso peritaje — calumnia — banca
rota fraudulenta — destrucción ó deterioro, con de-
signio, de una vía férrea ó de aparatos telegrá-
ficos— baratería é insurrección de la tripulación
de un buque.
El Perú, en materia de tratados, ha tenido que
atenerse á la siguiente comentada ley, que fija
los principios generales :
lO
^^AISDRES A. CACERES
Presidente Constitucional de la República.
Por cuanto el Cong-reso lia dado la le}^ sig-uiente:
El Congreso de la Eepúblua Peruo^na.
Considerando:
Que es necesario fijar los principios generales á que
debe sujetarse el Poder Ejecutivo en los tratados que se
celebren de extradición;
Ha dado la lev siguiente:
Art. Ip — El Poder Ejecutivo podrá entregar á los
g-obiernos de países extrangeros, con la condición de reci-
procidad, á todo individuo acusado ó condenado por los
Juzgados ó Tribunales de la Nación requirente, siempre
que se trata de un crimen ó delito de los especificados en la
siguiente lej^, y que se hubiesen cometido en su territorio ó
aguas territoriales, buques mercantes en alta mar, y los de
guerra, donde quiera que se encueiitren.
Art. 2? — Pueden dar lugar á la extradición todos
aquellos delitos á que sean aplicables las penas de muerte,
penitenciaría, presidio, trabajos forzados ó prisión, que no
baje dedos años conforme á las leyes del Perú.
Art. 3? — No se concederá en ningún caso la extradi-
ción:
1 ?— Cuando el individuo reclamado hubiese sido
ciudadano peruano por nacimiento ó naturalización antes
del hecho que motive la solicitud de extradición. Se ex-
ceptúa el caso en que se trate con naciones limítrofes, en
el que podrán sujetarse los pactos que se celebren respecto
á los nacionales, á las concesiones que recíprocamente se
otorguen, y que, por ningún motivo podrán ser agravadas
relativamente á las que en esta ley se establecen para los
extrangeros.
2? — Cuando los delitos cometidos tuvieren ajui-
cio del Gobierno de la República, un carácter político, ó
se hubiesen perpetrado en conexión con ellos.
3p — Cuando con arreglo á las leyes del Perú,
hubiese prescrito la acción por el delito que dá mérito á la
demanda de extradición.
4 p — Cuando el reo reclamado hubiese sido iuz-
gado y sentenciado en la República por el mismo delito ó
por otro igual ó mayor.
11
Art. 4p — Si el individuo reclamado fuese esclavo,
la extradición no se concederá sino en el caso de que la
nación que lo solicite, se comprometa á juzgarlo como
hombre libre y considerarlo siempre como tal.
Art. o 9 — Si al juzgarse el delito que motivó la ex-
tradición, se descubriese que el reo lo es de otro distinto
y más grave, comprendido también en el tratado de ex-
tradición ó en esta ley, el gobierno requirente podrá ha-
cerlo juzgar por este último delito, participando algobierno
del Perú. Al concederse la extradición se estipulará que
no se imponga al reo la pena de muerte, debiendo el go-
bierno exigir contal fin al hacer la entrega del reo, que se
le comunique la sentencia definitiva pronunciada contra
éste.
Art. 6? — En el caso deque, con arreglo á lo pres-
crito en el inciso 1? del artículo 3? , el gobierno no deba
entregar á los delincuentes solicitados, éstos podrán seV
ji7zgados y castigados conforme á las leyes déla Repú-
blica, comunicándose la sentencia al Gobierno que los hu-
biese reclamado.
Art. Ip — Si dos ó más Gobiernos solicitaren la ex-
tradición de un mismo individuo, toca al del Perú deci-
dir según las circunstancias, á cual de ellos debe ser en-
tregado.
Art. 8? — La demanda de extradición podrá hacerse
directamente por los Gobiernos, por la vía diplomática
ó por cualquier funcionario suficientemente autorizado;
debiendo estar aparejada:
1? — Con la sentencia condenatoria ó principio
de prueba que, según las leyes del Estado en que se haya
cometido el delito, sea bastante para justificar la captura
y enjuiciamiento del reo;
2? — Con todos los datos necesarios para acre-
ditar la identidad de la persona requerida; y
3? — Con una copia de las disposiciones legales
de la nación requirente, aplicables al hecho que motiva la
solicitud.
Art. 9? — En casos urgentes podrá decretarse la de-
tención provisional del inculpado, si el Gobierno reclaman-
te lo solicita por medio de comunicación telegráfica ó pos-
tal; debiendo cesar el arresto cuando en el término de tres
meses contados desde que se verificó, no se formalice la de-
manda, de la manera que establece el artículo precedente.
Art. 10.— Cuando haya lugar á la extradición, los
papeles y demás objetos que tengan relación con el delito
y sus autores, se entregarán á la nación requirente, bajo
i a condición de devolverlos, terminado que sea el juicio,
si alguna persona alegara derecho sobre ellos.
13
Art. 11. — El Gobierno, podrá autorizar el tránsito,
por el territorio de la República, de los reos extraídos por-
las naciones vecinas siempre que ellos no fuesen ciudada-
nos peruanos, haciendo que las autoridades proporcionen
los medios necesarios para impedir la evasión.
Art. 12.— Presentada la solicitud de extradición, el
Ministro de Relaciones Exteriores, la pasará á la Excma.
Corte Suprema, la que, previa audición del Ministerio
Fiscal, emitirá su informe sobre la legalidad ó ilegalidad
de la reclamación conforme á esta ley. En virtud de dicho
informe, el Presidente de la República resolverá, con acuer-
do del Consejo' de Ministros, la demanda de extradición.
Art. 13.— El Poder Ejecutivo desahuciará á su venci-
miento, todo los tratados de extradición que no estén ajus-
tados á la presente ley.
Comuniqúese al Poder Ejecutivo para que disponga
lo necesario á su cumplimiento.
Dada en la sala de sesiones del Congreso en Lima,
á 17 de Octubre de 1888.
M. Candamo, Presidente del Senado.— Manuel, M.
DEL Valle, Presidente de la Cá^nnra ne Diputados. — José
V. Arias, Secretario del Senado. — Teodomiro A. Gadea, Se-
cretario de la Cámara de Diputados.
Por tanto: mando se imprima, publique, circule y se
le dé el debido cumplimiento.
Dado en la Casa de Gobierno en Lima, á 23 de Oc-
tubre de 1888.
Andrés A. C áceres.
Isaac Ahamora . ' '
I.
^;Cuál es el fundamento de la extradición?
En esto parte los autores están muy divididos.
Gado uno piensa ver en su doctrina, como sucede
casi siempre, al verdadero título jurídico; más,
parece que cuatro son las opiniones que se dispu-
tan el triunfo.
Unos hallan su fundamento, independiente-
mente de todo tratado, en los principios mismos
que sirven de base al derecho de castigar; otros
le han negado por completo toda base, todo ci-
miento, dando por razón principal que un Esta.
13
do no podría privar de la libertad al extrange-
ro que no ha causado ningún daño á la Nación
que le sirve de asilo; algunos, que en las con-
veniencias de utilidad social, se puede encontrar
su fundain.ento; y otros, en fin, del hecho de que
la extradición se halla regida por tratados espe-
ciales, fundan en dichos tratados, el principio
jurídico de la obligación de entregar á los mal-
hechores.
Oigamos como se expresan.
Grocio, Wattel y Fiore consideran la extra-
dición no sólo como un derecho basado en los
pactos, sino como un deber absoluto y obligato-
rio para los Estados; fundándose en el interés
general de la sociedad, en la necesidad de en-
tregar á los delincuentes y en lo peligroso que
sería ofrecer asilo fácil y seguro, á criminales
que pueden impunemente repetir sus ataques á
la justicia y á la seguridad de los Estados y de
los individuos. — Bluntschli, reconoce también el
mismo principio, pero sólo por delitos graves:
siempre que el Estado que la exija, ofrezca sufi-
ciente garantía en imparcialidad y civilización.
"El interés general - dice - exige que los asesinos,
grandes falsificadores y ladrones, sean castiga-
dos."^— Bello se afilia á los publicistas anteriores
cuando nos enseña : "que si el soberano cuyas
leyes han sido ultrajadas, reclama los reos, se
le deben entregar para que haya justicia en ellos;
porque en el teatro de sus crímenes es donde
pueden ser más fácilmente juzgados, y porque la
Nación ofendida es á la que más importa su cas-
tigo." — Nuestro compatriota Pando, en su obra
postuma de Derecho Internacional, se expresa y
sienta los mismos argumentos que Andrés Bello
y hasta en los mismos términos, lo cual demues-
tra que Pando se dedicó á copiar la doctrina de
aquel, no aduciendo, por supuesto, su parecer
en la materia. — De la misma manera piensa Diez
i^
^l£a.tii_ie;l Je^s^^JJ.fe9 iVlLotzi Linea
de Medina, pues dice : "que teniendo en cuenta
que hay delitos que ofenden á la humanidad en-
tera, y los hay que sólo alcanzan á herir dentro
de los límites de una sociedad determinada, pue
de establecerse por punto general, y á falta de
tratados, la plena lejitimidad del derecho de ex-
tradición," (Primer sistema.)
Puffendorf, Martens y Ferreira niegan al de-
recho que nos ocupa el carácter de absoluto y
obligatorio, reconociendo en las naciones comple-
ta libertad para concederlo ó no á su arbitrio; y
se apoyan, en que no violando los delincuentes
ni el orden público y ni las leyes del Estado que
les dio asilo, no es justo que éste los persiga;
y que el Derecho Penal es esencialmente terri-
torial.— Sapey se expresa así: '"'¿Porqué la tierra
de Francia no salva al reo que lo suplica, de igual
manera que dá libertad al esclavo que entra en
ella? ¿Sería tan lamentable acaso, que el terri-
torio de cada Nación hecho sagrado, fuese un
asilo, en la antigua y religiosa acepción de esta
palabra? ¿Si hace falta un castigo, no basta
con el destierro?" — Aspiazu en sus Dogmas de
DerecJio ínter nacional , nos enseña que: 'la Na-
ción no tiene derecho de castigar ni está obliga-
do á entregar á los extranjeros que se hayan
refugiado por delitos cometidos en otro territo-
rio, si no es por crímenes atroces, 6 por aquellos
que constituyen á sus perpetradores en enemi-
gos del género humano. No tiene derecho de
castigar, porque la justicia penal es esencial-
mente territorial. Tampoco está obligado á en-
tregar, porque por el hecho de haberse refugia-
do el delincuente en otro país debe quedar ex-
crito de pena, y porque la expatriación ó la fu-
ga puede estimarse como una expiación ó pena
del delito. Pero sí puede concederse por críme-
nes atroces, porque esta clase de delitos inte-
resa á todos los pueblos." — ^Neumann sostiene
que la justicia penal de un Estado, no se aplica
más que á las infracciones cometidas en su te-
rritorio por nacionales y extrang-eros, ó |)or sus
nacionales en el extranjero, ó aun por un ex-
tranjero fuera del país, sí se trata de atenta-
dos contra su existencia ó de su Constitución;
pero en principio ningún Estado tiene obligaciún
de prestar asistencia á otro para el ejercicio de
su jurisdicción penal ó la extradición del delin-
cuente fugitivo. (Segundo sistema.)
Heffter exclama : "que en faltando tratados,
la extradición debe subordinarse á las considera-
ciones de conveniencia y utilidad recíprocas, de-
jando al gobierno requerido en plena libertad de
negarla ó nó. ' ' — Foelix prorrumpe también de la
misma manera, cuando sostiene : ''toda extradi-
ción está subordinada á consideraciones de con-
veniencia y utilidad recíprocas." — Tal es también
la opinión de Dalloz, cuando señala que : "el mis-
mo interés general debe determinar al Sobera-
no de un Estado, á abandonar á un culpable en
interés de la seguridad de su vecino; y hay otro
segundo interés no menos evidente, que es el de
la reciprocidad." — De igual manera se lee en Hans,
que dice : "el gobierno á quien se ha dirijido la
demanda tiene interés en acceder á ella, porque
rehusando la extradición, se despojaría del dere-
cho de reclamarla, á su vez, en el caso que és-
ta fuese necesaria." (Tercer sistema.)
Woolsey siguiendo á Philimore razona del
modo siguiente : "aunque algunos autores son
de opinión de que la obligación de entregar á
los malhechores es absoluta, el número de tra-
tados de extradición tiende á demostrar que se-
mejante obligación no se halla en todas partes
reconocida. ¿Cuál sería, en efecto, la necesidad de
los tratados para especificar los crímenes que
dan lugar á la extradición?" De todo lo anterior
saca como consecuencia, el pubhcista citado, que
le
las Naciones tienen una obligación limitada de
prestarse recíprocamente asistencia en la admi-
nistración de justicia y que esa obligación no
puede ser definida sino por tratados que regu-
la-n las intenciones de los contratantes. — Calvo
nos enseña : "que estudiada prácticamente la cues-
tión, puede decirse que en el estado actual de
las relaciones internacionales, la extradición de
criminales se funda sólo en los tratados celebra-
dos al efecto, y no puede ser legalmente exijida
donde no existen, y que si las naciones consien-
ten sin existir dichos tratados, es sólo de pura
cortesía internacional." (Cuarto sistema.)
Tales son los cuatro principales sistemas
que á grandes rasgos os he presentado. He pres-
cindido de otras muchas doctrinas: porque ellas
-aunque con algunas variantes -pueden refun-
dirse en los sistemas apuntados. Y he procura-
do sacar textualmente sus ideas, para salvar las
desvirtuaciones y ver claramente la importancia
que tienen.
Las doctrinas antes mencionadas no son del
todo inaceptables. La escuela de la convención de
Rousseau, la utilitaria de Benthán, la expiatoria
de Rossi y la sentimentalista de Smith en^ cuan-
to al derecho de castigar, tienen también sus
errores; más no por eso debemos del todo dese-
charlas.
Ahora bien, los del segundo sistema al de-
cir que si la extradición es buena en sus resul-
tados es ilejítima en su principio, sostienen : que
un gobierno - por una parte - no tiene jurisdic-
ción sino sobre su territorio, y cuando se trata
de extranjeros, sólo por hechos cometid^os en su
país y que el gobierno que solicita la extradi-
ción no tiene derecho sobre el criminal, puesto
que éste se halla fuera de su imperio; y por otra,
que el gobierno á quien la extradición se pide,
tampoco tiene acción, puesto que el hecho cri-
minal no se cometió en su territorio; y en de-
finitiva, el Estado que prestó protección, puede
expulsarle, pero nunca conceder la entrega al
que lo solicita.
I^ es admisible este sistema; porque si no
tiene acción para el castigo, ni la nación violada
ni la protectora, se deduce claramente la impu
nidad del delito, impunidad que conducirla á la
más deplorable barbarie; y porque el autor de
un delito no lo purga por el solo hecho de fran-
quear las fronteras del país en que delinquió,
puesto que la nación ofendida conserva sobre él,
por razón de su crimen, un derecho cuyo ejer-
cicio puede ser paralizado por respeto debido al
Estado vecino ó por cualquiera otra excepción,
pero que en sí es un derecho absoluto. Supon-
gamos, en efecto, que un criminal se refugia en
un lugar en el que nadie ejerce soberanía, en
una isla desierta, en un barco, por ejemplo, na-
die negará que la nación á quien haya ofendido
tiene derecho lejítimo y perfecto de apoderar-
se d( él; luego si el Estado en que el mismo de-
lincuente vá á refugiarse, renuncia á esa excep-
ción que solo él puede alegar y hacer valer, acep-
ta la delegación y en definitiva, restituyendo ó
entregando al criminal á sus jueces naturales,
nada hace que no sea perfectamente lejítimo,
nada que ofenda á los principios inmutables y
consoladores de lo justo. El Marqués de Pasto-
ret ha dicho : "el Derecho de Gentes no es pro-
tejer un Estado á los malhechores de otro, sino
ayudarse mutuamente contra los enemigos de la
sociedad y de la virtud."
Así mismo rechazamos la doctrina de los que
con Heffter, Foelix y otros, creen, que en la con-
veniencia y utilidad recíprocas de las naciones,
se encuentra su fundamento; porque si interesa
18
á los Estados la entrega de los delincuentes só-
lo por utilidad, claro es que desapareciendo esa
conveniencia, esa utilidad, desaparecería también
el derecho, y por tanto: fuera justicia, puesto que
donde hay obligación hay derecho.
Además, el principio utilitario es muy rela-
tivo y entendido por las naciones de muy diver-
so modo, según su índole, sus circunstancias y
demás accidentes que generalmente rodean á las
demandas de extradición. Así, habrían naciones
que por delitos leves, por faltas, la utilidad los
arrastraría á cometer atropellos los mas enor-
mes; que por utilidad, hasta tendrían que atacar
la soberanía de los Estados, dando como conse-
cuencia necesaria, la ruptura de la paz y el des-
moronamiento del edificio social.
Aparte de este atentado, se violaría también
los sagrados derechos del hombre, toda vez que
estarían á merced de ambiciones más ó menos
encontradas de los pueblos. Por eso dice San-
tistevan : "O se niega al hombre la posibilidad
de su rehabilitación ó hay que negar todo dere-
cho de extradición."
Más aún - como veremos después - la extra-
dición sólo se concede por delitos atroces y con
la utilidad, todo caería apresado bajo su yugo.
Si el castigo de los delitos políticos interesa á
la nación ultrajada, ¿porqué no ha de conceder-
se la entrega del criminal? ¿No interesa tam-
bién á los pueblos, la reprensión de los que tur-
ban la tranquilidad de sus moradores, ultrajan
los poderes constituidos y tratan de derrocar al
Jefe Supremo del Estado?
Todas las consideraciones antes mencionadas,
manifiestan que el sistema utilitario es insufi-
ciente, vago y de consecuencias perniciosas, en
materia de extradición.
Los sostenedores del cuarto sistema, ó sea-
de los tratados, lejos de ver en ellos la regulá-
is
11^ í?i «2íz?<:t:x^aciic:;icí>i-^
rización del deber jurídico existente entre los
pueblos, no se aperciben que con su teoría dan
á los gobiernos la facultad de disponer de la li-
bertad de los particulares; y á los criminales hui-
dos, el derecho de pedir al Estado en cuyo terri-
torio se encuentran, asilo inviolable contra toda
persecusión relativa á delitos no previstos en el
tratado; y la fuga, en estos casos, hace adquirir
un derecho privilegiado de protección, de defensa.
Si es verdad que la existencia de los trata-
dos se hace necesaria, ya para especificar los de-
litos por los cuales se obligan las naciones con-
tratantes á entregar á los culpables, ya para in-
dicar el procedimiento y demás circunstancias
anexas á él; no lo es que sirvan de principio,
porque antes del edificio está el cimiento.
Además, sus defectos se manifiestan por las
absurdas conclusiones que claramente se dedu-
cen. Citaremos como ejemplo, la siguiente deci-
sión .del Consejo privativo de Inglaterra :
Un chino refugiado en Hong-kong (colonia
inglesa), asesinó en alta mar al capitán de un
navio francés; acusado y reclamado por su país
al gobierno de Inglaterra y sometida la deman-
da al Consejo privativo, se declaró que no debía
concederse la extradición. Este acuerdo se apo-
yaba en un artículo del tratado existente entre
ambas naciones y que textualmente dice lo que
sigue : "serán entregados por Inglaterra los chi-
nos refugiados en Hong-kong y acusados de crí-
menes ó delitos contra las leyes de la China."
El Consejo, fundándose, pues, en el texto del
convenio, dedujo que se debían entender como
previstos por éste, los crímenes y dehtos ordi-
narios cometidos por un chino en su país y re-
primidos por la ley china; pero no los previstos
P'jr leyes entrangeras. Por lo tanto, el asesina-
to cometido en alta mar sobre el navio francés,
constituía un crimen contra las leyes de Fran-
;2 0
cia, pero no contra las de la China. Es muy de-
plorable que el tratado haya sido causa suficien-
te para que se niegue la extradición en circuns-
tancias tan difíciles.
Por nuestra parte reconocemos que el fun-
namento de la extradición, es el mismo que el
del derecho de castigar.
Brusa asi nos lo enseña, cuando dice que :
"la extradición de criminales está fundada en el
mismo principio que el del derecho de castigar, "
Becaria cree lo mismo el decir : ''el lugar del
delito debe ser el de la pena.*'
Razonemos.
Es evidente la existencia de esa institución
jurídica que se llama Estado, cuya misión es
realizar socialmente el derecho, promoviendo el
desarrollo armónico de todas las diversas clases
de personalidades. Si, pues, el Estado tiene es-
te derecho, tiene también el de restablecer el or-
den cuando sea perturbado y garantir su esta-
bilidad; luego cuando la perturbación emane de
algún acto humano, éste caerá bajo el dominio
de su acción. Más, el delito supone la existen-
cia de un ser inteligente, que en vez de contri-
buir á la armonía social, se mofa de ella, po-
niéndose en pugna con el derecho; luego la ac-
ción de la sociedad no sólo debe reparar el or-
den perturbado por el delito, sino ejercerla so-
bre el culpable para que vuelva al sendero del
bien. Hé aquí la pena con su doble fin : el so-
cial, ó sea la restauración del orden perturbado;
y el individual, ó sea la corrección del delincuente.
Ahora bien: si la sociedad tiene derecho de
castigar, para ser lógicos debemos concluir sos-
teniendo que, el individuo que después de come-
ter un delito en un Estado se refugia al terri-
torio de otro, la Nación en cuyo seno lo come-
tió, tiene perfecto derecho de reclamarlo, para
imponerle la pena merecida.
21
I-^e». ^:?c;-tx-^ciic3icf>j-ii
II.
¿Qué clase de delitos deben ser materia de
extradición?
Antiguamente lo eran todos, y hasta con el
fin de resguardar los intereses de los príncipes
y de castigar á los culpables de felonía y alta
traición. Muchos ejemplos de esta clase nos
muestra la historia. Así por el tratado entre En-
rique II, rey de Inglaterra y Guillermo, rey de
Escocia, en 1174; acordaron que los acusados de
felonía que se refugiasen de Inglaterra en Esco-
cia, debían ser arrestados y juzgados por los tri-
bunales escoceses ó entregados al gobierno Inglés.
Más hoy con los progresos de las ciencias y
la concepción más completa de delito, ha hecho
cambiar la austera faz del individualismo : los
soberanos ya no son los dioses objeto de adora-
ción, y las simples faltas cometidas contra la
persona de éstos, nó constituyen delitos pena-
dos con tormentos salvajes é inicuos.
Por lo tanto los delitos políticos no entran
en el dominio de la extradición; y para ello ocu-
rrimos á la autoridad de Faustín Helie partida-
rio acérrimo de esta doctrina, cuando sostiene
que: "los crímenes políticos suponen más auda-
cia que perversidad, más inquietud en el espíri-
tu que corrupción en el corazón, más fanatismo
que vicio." El delito político turbando al orden
establecido por las leyes fundamentales del Es-
tado, no puede ni debe confundirse jamás con
los simples atentados, que no tienen de él sino
el nombre.
Generalmente, el delito político, no es efecto de
unaimpulsión criminal, sino de convicciones since-
ras y generosas; y su ejecución se verifica en cir-
cunstancias muy difíciles de apreciar.
Lios delitos de piratería y de trato de negros
2;2
no son tampoco materia de extradición. Los po-
líticos los desechamos, porque atacan sólo los
fueros de la Nación ofendida, y la fuga de los
delincuentes, en este caso, puede considerarse y
hasta en algunos Estados se considera, como el
castigo necesario y suficiente de tales infraccio-
nes. Por eso, nuestro Código Penal, castiga los
delitos políticos con la expatriación y el confina^
miento. Los de piratería y trato de negros, son
por el contrario, infracciones que afectan á la
humanidad entera y por lo tanto, deben ser cas-
tigados sus perpetradores dondo quiera que los
cometan. Corroborando Bonfils lo que decimos,
sostiene en cuanto á los piratas que : "están de6-
naturalizados y no pueden reclamar la protección
de pabellón alguno." Más la piratería algo vá
desapareciendo, pues los mares de la China, Ja-
va y Sumatra, sufren todavía las consecuencias
de este delito.
Italia ha colocado la piratería en el número
de los delitos que dan lugar á la extradición, en
los tratados que ha celebrado con el Brasil, Mé-
jico, Perú, Estados Unidos, Inglaterra y Fran-
cia; porque estas Naciones designan bajo el nom-
bre de piratería, no al delito que el Derecho In-
ternacional califica de tal, sino al que se desig-
na con el nombre de baratería ó delito contra
la propiedad.
El trato de negros ó sea, el tráfico escanda-
loso de esclavos, también vá desapareciendo. El
Congreso de Viena declaró en 1815 que : "había
llegado el día de poner término á la plaga que
por tanto tiempo había desolado el África, de-
gradado á Europa y aflijido á la humanidad. " La
conferencia de Berlín en 1885 y la antiesGlavistica
reunida en Bruselas, han establecido distintos
medios para reprimir este comercio.
No entrando, pues, en su dominio, ni los po-
líticos ni los de piratería y trato de negros, es-
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tá fuera de duda que los llamados comunes ocu-
pan la preferencia. El delito común, aunque vá
directamente á la persona, la sociedad tiene obli-
gación de hacer reparar el mal causado; y por
lo tanto, solicitar la extradición del delincuente.
Al delito común se ha mirado siempre con
terror, en todos los tiempos y en todos los pue-
blos; así mismo, se ha condenado como verdade-
ros delitos, el asesinato, el robo, el estupro, &.:
pero las opiniones fluctúan mucho en cuanto á
los políticos. La rebelión, por ejemplo, que an-
tes se castigaba con mucha crueldad, ha llega-
do, según = muchas doctrinas, hasta desnudarse
del carácter de delito.
Además, si la extradición es de Derecho de
Gentes, es claro que no debe aplicarse sino en
interés general de los pueblos. Por eso el mal-
hechor es considerado como enemigo del género
humano y todo el mundo se interesa por que su
delito no quede impune; mientras que el hom-
bre, por una ambición culpable en ocasiones ó
por razones meritorias en otras, trata de cam
biar, por ejemplo, la forma de gobierno de su
país; será enemigo de ese gobierno, pero nunca
lo será de la Nación protectora.
III.
¿Todas las personas caen bajo el dominio de
la extradición?
Muchas publicistas deniegan la entrega de
nacionales, ó sea de aquellos que habiendo co-
metido un delito en un Estado se refugian en
su territorio. Alegan para ello, que cada cuidad
tiene deberes para con sus miembros y les de-
ben protección y defensa. Dicen, también, que
si el ciudadano se somete á las leyes y al Juez
que debe aplicarlas y por otro lado, la ciudad le
promete defenderle y ampararle; es claro que el
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Estado debe cuidar que sean respetados sus de-
rechos. — (Tittman. )
Como una ofensa á la dignidad nacional, con
sideran otros, la remisión del subdito á la po-
tencia extrangera: y por eso un gran escritor
ha dicho: "Un loable sentimiento de nacionalidad
se impone á nosotros, al pensar que un francés
sea entregado por su gobierno á la jurisdicción
de los tribunales extrangeros. " — (Le Sellyer.)
Consideraciones morales han inducido á
Pescatore sostener la misma teoría y que la re-
producimos aquí, por estar llena de fraces tier-
nas, dulces y conmovedoras, pero que en el fon-
do es inaceptable. He aquí las palabras del Mar-
qués : "En los casos ordinarios si un agente de
seguridad pública después de haber descubierto
y alcanzado al culpable, lo pone en manos de los
magistrados y si este mismo culpable es conde-
nado y castigado, la conciencia pública manifies-
ta su satisfacción. Pero si á falta de agentes ó
testigos extrangeros, una madre desnaturalizada
llevase á la justicia á su propio hijo y diese so-
bre él un testimonio que lo conduciría al cadal-
so, se elevaría un grito terrible : el grito de la
cólera moral que no sufre ninguna relación en-
tre su ley absoluta y un miserable interés hu-
mano. De igual manera no podría pedirse á la
patria que es nuestra madre común que entre-
gase á sus hijos."
Más nosotros creemos que la justicia debe
ser administrada de una manera imparcial y
la jurisdicción, determinarse según la naturaleza
de las cosas y las razones jurídicas; que la na-
cionalidad del delincuente no podría tener por
objeto justificar una diferencia en la aplicación
de la pena y hacer derogar el principio de que:
el criminal debe sufrir el castigo allí donde co-
metió el delito; y que la extradición universal,
satisface los intereses de justicia y los del acu-
as
sado, porque es evidente que el país asiento del
delito, está en mejores condiciones, que ningún
otro, para aprovecharse de todos los medios 7
recursos conducente á la apreciación del crimen
y castigo del culpable : la instrucción del proce-
so, la tramitación de los elementos de prueba
y la audición de testigos, se hace más rápida,
más segura, cuando el hecho delictuoso se pro-
cesa en el territorio ofendido.
Y no se diga que la entrega del nacional im-
plicaría un sacrificio á la dignidad del Estado,
pues el ejemplo dado por Inglaterra y Estados
Huidos en lo concerniente á la extradición de sus
propios súlditos, demuestra, que puede darse una
demanda de esta clase; sin perder prestigio al-
guno en las relaciones exteriores; y nótese que
esta entrega en tanto mas notable, cuanto que
en aquellos países se profesa el más profundo
respeto á la libertad individual, y que se tiene
en mucho la dignidad del ciudadano.
Está fuera de duda que los Estados deben
garantir á sus subditos; pero esa garantía no
debe ser tan exagerada, denegando por completo
su entrega, porque precediéndose así, vendría la
ruina, el desplomamiento de la administración de
justicia.
Con esteno queremos sostener, que el nacional
deba ser entregado siempre que se solicita; sino
que sus jueces deben examinar si el subdito re-
clamado lleva verdadera culpabilidad, y si esa cul-
pabilidad lo arrastra necesariamente á su entre-
ga. Si estas condiciones se cumplen, ¿existe al-
gún obstáculo jurídico para negar todavía la en-
trega de nuestro compatriota?
Pescatore á mirado la cuestión por diferen-
te faz, nos toca las fibras sensitivas del cora-
zón, nos habla de la ternura de la patria con sus
propios hijos. Pero ¿qué hijos tan desnaturaliza-
dos son estos que atacan inicuamente á su pro-
^Je;«r^TLJfc;l J «¿seques JN<J eíoi ii id
pia madre? ¿No sería justo, racional, conforme,
su entrega? ^
Mucho podríamos hablar al respecto, pero el
temor de fatigaros hace que ponga punto final á
estn parte.
IV.
Por último, ¿qué procedimiento debe seguir-
se pira una demanda de extradición?
No podemos aquí dar reglas fijas, porque los
trámites corresiDonden al régimen interior de ca-
da Estado. Con todo, el procedimiento se inicia
con la demanda del Estado que pide al criminal
y se cierra con la ejecución ó negativa.
Es práctica generalmente aceptada, que los
pedidos de extradición se entablen entre los
Agentes diplomáticos de ambas naciones, y que
los Cónsules y Vice-cónsules no tienen ingeren-
cia alguna. Sin embargo, cuando los Agentes
diplomáticos se encuentran ausentes, pueden los
cónsules, y sólo en este caso, tomar parte en la
demanda.
Los diplomáticos de la Nación mediadora, in-
terponen también la demanda, siempre que en-
tre los gobiernos se hallen interrumpidas las re-
laciones y cuando consienten en la mediación.
Siguiendo esta regia, el gobierno italiano se ne-
gó á conceder al ex-gobierno pontificio la [extra-
dición de un tal Lucidi por encontrarse rotas
sus relaciones; extradición que fué hecha por
medio del cónsul inglés.
Los documentos que pueden servir de base
á la demanda son: el auto de prisión, la orden
de captura y la sentencia condenatoria. Debe asi
mismo darse á conocer con precisión al indivi-
duo reclamado y con una buena filiación que-
dará satisfecho el objeto; es también indispensa-
X_^ea- ti3<zt jr^eidlciic^ t X
ble indicar su nacionalidad, expresar el deli-
to, la fecha de la perpetración y demás condi-
ciones que manifiesten plenamente la autentici-
dad del hecho y el delincuente.
Si dos Estados piden la extradición del mis-
mo individuo, se preferirá á la Nación ultrajada
más gravemente; y en igualdad de circunstan-
cias al que solicita primero la demanda.
En cuanto á los gastos que ocasiona la en-
trega, es corriente que, sean hechos por el Es-
tado demandante y demandado. Este debe cu-
brirlos hasta que salga de su territorio y aquél
todos los demás.
He concluido este mal delineado trabajo; en
él no encontraréis nada de nuevo, pues sólo he
estudiado las doctrinas modernas al respecto de
una manera rápida; hay mucho, muchísimo que
decir; para otros cerebros mejor conformados
traslado la cuestión. Las lagunas que en él en-
contraréis, creo serán disimuladas y los escollos
con que á cada instante he tropezado son con-
secuencia necesaria de mi escaso talento y de
la naturaleza del asunto.
Creo, pues, llenado mi objeto, sentando las
siguientes conclusiones: 1?. que el fundamento
de la extradición es el mismo que el del dere-
cho de castigar; 2 5? que sólo debe concederse
por delitos comunes; 3 5: que todos los individuos
quedan sometidos á ella sin distinción de nacio-
nales ó extrangeros; y 4 9. que los Agentes di
plomálicos son los que deben entablarla.
Arequipa, Mayo 14 do lÜúU.
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